Tiempo atrás
~ Rodrigo ~
Llevaba varios minutos mirando la hora.
Estaba ansioso.
No porque tuviera algo importante que hacer en el trabajo.
Simplemente estaba esperando a Daniela.
Después de todo lo que habíamos vivido, todavía me parecía increíble que ahora pudiéramos estar así.
Juntos.
Sin discusiones.
Sin aquella distancia que durante semanas había existido entre nosotros.
Finalmente escuché que llamaban a la puerta.
—Pasa.
Daniela entró.
En cuanto la vi, sonreí.
—¿Lista?
Ella asintió.
—Sí.
Pero había algo diferente en ella.
Parecía nerviosa.
Sus mejillas estaban ligeramente rojas y evitaba mirarme durante demasiado tiempo.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió rápidamente—. Solo estoy un poco nerviosa.
Sonreí.
—Te ves muy linda cuando estás nerviosa.
—No te burles.
—No me estoy burlando.
Ella bajó la mirada y sonrió.
Nos fuimos juntos a casa.
Durante el camino hablamos de cualquier cosa, aunque podía notar que seguía un poco inquieta.
Cuando llegamos, Daniela sacó una pequeña sonrisa.
—Antes de entrar, necesito que hagas algo.
—¿Qué?
Se acercó y me cubrió los ojos con las manos.
—No puedes mirar.
—¿Por qué?
—Porque es una sorpresa.
—¿Y si me caigo?
—No te vas a caer.
—No confío en ti.
—Pues tendrás que hacerlo.
Me tomó de la mano y me guio hasta la casa.
Después de unos segundos, sentí que se alejaba.
—Ya puedes mirar.
Abrí los ojos.
Y me quedé completamente sorprendido.
La casa estaba diferente.
Había preparado la mesa con mucho cuidado, había pequeñas luces alrededor y todo estaba perfectamente acomodado.
No era algo exagerado.
Era sencillo.
Pero podía notar cuánto esfuerzo había puesto en hacerlo.
La miré.
Ella estaba esperando mi reacción.
—¿Te gusta?
Sonreí.
—Daniela...
—Todo esto es para ti. Lo hice con mucho amor.
Me acerqué a ella.
—Me encanta.
La besé suavemente.
Ella sonrió contra mis labios.
—Sabía que te gustaría.
—No sabes cuánto.
Nos sentamos a cenar.
Durante toda la noche no pude dejar de mirarla.
Ella también me observaba de vez en cuando y sonreía.
Era una de esas noches tranquilas que parecían detener el tiempo.
Hablamos.
Nos reímos.
Recordamos algunas cosas que habíamos vivido juntos.
Y por un momento olvidé todo lo demás.
Después de cenar, Daniela comenzó a recoger algunos platos.
La ayudé.
—No tienes que hacer eso —me dijo.
—También es mi cena.
—Pero yo la preparé.
—Y yo puedo ayudarte.
Terminamos rápidamente.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos.
Daniela sonrió.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —respondí—. Solo estoy feliz de estar contigo.
Ella negó con la cabeza, aunque seguía sonriendo.
Después nos quedamos hablando durante un rato, recordando algunas cosas de aquel día y disfrutando de la tranquilidad de estar juntos.
Era extraño pensar que, después de todo lo que habíamos pasado, finalmente habíamos llegado a ese punto.
Ahora estábamos juntos.
Y por primera vez, sentía que todo estaba exactamente donde debía estar.
Me acerqué y la besé.
Ella correspondió al beso y rodeó mis brazos con los suyos.
El beso se volvió más lento, más íntimo.
No tuvimos que decir nada.
Aquella noche simplemente nos dejamos llevar por lo que sentíamos.
Entre besos, abrazos y algunas palabras que solo quedaron entre nosotros, terminamos compartiendo una intimidad que hizo que aquella noche fuera todavía más especial.
No necesitábamos hablar de lo que había pasado después.
Para mí, lo importante era despertar al día siguiente y saber que ella seguía a mi lado.
—Gracias por esta noche —susurré.
—Gracias a ti.
La acerqué un poco más a mí y apoyé la cabeza junto a la suya.
Y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente desperté mucho más tarde de lo habitual.
Miré el reloj y me sorprendí.
—¿Qué hora es?
Por unos segundos no recordé dónde estaba.
Entonces recordé la noche anterior.
Sonreí.
Había sido una de esas noches que sabía que no iba a olvidar.
Me levanté, fui a bañarme y después bajé al comedor.
No tenía intención de ir a trabajar.
Quería quedarme con ella.
Cuando llegué a la sala, encontré a Daniela sentada en silencio.
—Buenos días.
Ella levantó la mirada.
—Buenos días.
Pero algo no estaba bien.
La sonrisa que me había regalado la noche anterior había desaparecido.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Me acerqué.
—¿Segura?
—Sí, Rodrigo.
Pero esta vez no le creí.
Me senté a su lado.
La observé durante unos segundos.
Estaba más pálida.
Tenía la mirada perdida y parecía estar intentando esconder algo.
—Daniela...
—¿Qué?
—¿Te pasa algo?
Negó con la cabeza.
—No.
Pero apenas terminó de decirlo, bajó la mirada.
Entonces lo noté.
Su mano temblaba ligeramente.
—No estás bien.
—Estoy bien.
—No tienes que mentirme.
Ella permaneció en silencio.
Me preocupé.
—¿Es por anoche?
Daniela negó rápidamente.
—No. No tiene nada que ver contigo.
Aquella respuesta consiguió preocuparme todavía más.
—Entonces dime qué pasa.
Ella respiró profundamente.
Parecía estar luchando consigo misma para encontrar las palabras correctas.
Y en ese momento entendí algo.
Había una razón por la que durante tanto tiempo había visto momentos en los que Daniela parecía distante.
Una razón por la que a veces se quedaba pensativa.
Una razón por la que parecía tener miedo de hablar conmigo de ciertas cosas.