Nunca imaginé que una mudanza pudiera sentirse tanto como una despedida. Quizá porque, en realidad, eso era exactamente lo que estaba haciendo: despedirme de todo lo que conocía. Desde el asiento trasero del auto observaba cómo la ciudad iba desapareciendo poco a poco detrás de nosotros. Las calles que durante años habían formado parte de mi rutina se convertían en simples recuerdos mientras mi padre conducía cada vez más lejos. Había intentado convencerme de que no era para tanto
Que solo era una mudanza
Que seguiría teniendo mi celular, mis fotos, mis recuerdos y las personas que quería, pero sabía que no funcionaba así. Hay lugares que terminan formando parte de uno sin que siquiera nos demos cuenta, la cafetería donde mi madre y yo solíamos desayunar los domingos. El parque al que iba cuando necesitaba estar sola. La escuela donde conocía cada pasillo, cada profesor y cada rincón en el que podía esconderme cuando no quería hablar con nadie.
Todo eso estaba quedándose atrás, y yo no estaba preparada para aceptarlo.
—¿Estás bien? —preguntó mi madre desde el asiento delantero. Levanté la mirada.
—Sí
Era una mentira
Una de esas mentiras pequeñas que decimos para evitar preocupar a las personas que queremos. Mi madre me observó a través del espejo retrovisor durante unos segundos, pero decidió no insistir.
Se lo agradecí
No quería hablar
No porque estuviera enfadada con ellos, aunque una parte de mí todavía lo estaba. Simplemente no sabía cómo explicar lo que sentía. Mis padres habían decidido que necesitábamos un cambio. Decían que Pinewood era un lugar más tranquilo, que la nueva casa era perfecta y que empezar de nuevo podía hacernos bien.
Quizá tenían razón.
Pero ellos no eran quienes tenían que empezar desde cero, no eran ellos quienes tendrían que entrar a una escuela donde nadie conocía su nombre. No eran ellos quienes tendrían que sentarse solos durante el almuerzo mientras todos los demás ya tenían su grupo de amigos, no eran ellos quienes tendrían que aprenderse nuevas calles, nuevos lugares y nuevas caras.
Yo sí
Por eso, cuando finalmente aparecieron las montañas, sentí una mezcla extraña de curiosidad y tristeza, eran enormes. Mucho más grandes de lo que había imaginado. Sus cumbres parecían perderse entre las nubes y los árboles cubrían prácticamente cada parte de ellas. El pueblo apareció poco después.
Pinewood
Era pequeño, tranquilo y completamente diferente a la ciudad de la que veníamos. Las casas estaban separadas por árboles, las calles eran estrechas y había pequeños negocios a ambos lados de la carretera. Todo parecía moverse más despacio, como si allí el tiempo tuviera otra forma de pasar. Cuando llegamos a nuestra nueva casa, bajé del auto y me quedé unos segundos observándola.
Era bonita
Tenía dos pisos, un pequeño porche de madera y grandes ventanas que dejaban entrar la luz. Pero no era mi casa, todavía no. Tal vez algún día lo sería.
Entré y pasé las siguientes horas rodeada de cajas.
Ropa
Libros
Fotografías
Objetos que había guardado durante años
Cada cosa que sacaba de una caja me recordaba un poco a la vida que había dejado atrás. Encontré una fotografía antigua y me quedé mirándola durante varios segundos, en ella aparecía yo mucho más pequeña, sonriendo frente a mi antigua casa.
Por un momento sentí ganas de llorar, no lo hice
Guardé la fotografía en el cajón de mi escritorio y continué desempacando. Cuando finalmente terminé de organizar mi habitación, ya había oscurecido, me acerqué a la ventana. Fue entonces cuando vi la montaña. Desde mi habitación podía distinguir un camino que subía entre los árboles. Le pregunté a mi padre qué había allí.
—Un mirador —respondió
Aquella palabra se quedó dando vueltas en mi cabeza
Un mirador
No sabía por qué, pero sentí curiosidad inmediatamente. Quizá porque necesitaba encontrar algo que pudiera sentir mío, algo que no estuviera relacionado con la mudanza. Algo que no me recordara constantemente que ya no estaba donde quería estar.
Así que, unas horas después, decidí subir. No tenía un plan, solo quería caminar.
Necesitaba aire
Necesitaba pensar
Y, sobre todo, necesitaba escapar durante un rato de las cajas, las paredes desconocidas y esa sensación constante de estar fuera de lugar
Me puse una sudadera negra y salí de casa. El aire nocturno era frío, mucho más de lo que esperaba. Mientras caminaba por las calles de Pinewood, comencé a notar detalles que durante el día no había visto. Las luces amarillas de las casas, el sonido de los árboles moviéndose con el viento, algún perro ladrando a lo lejos.
Era extraño
En la ciudad siempre había ruido
Aquí, en cambio, el silencio parecía formar parte del paisaje
Cuando llegué al inicio del sendero, miré hacia arriba. El camino parecía interminable, aun así, comencé a subir. Cada paso me alejaba un poco más del pueblo. Y, de alguna manera, también de todo aquello que me preocupaba. El cansancio comenzó a aparecer después de varios minutos, pero no me detuve, sentía que necesitaba llegar hasta arriba. Como si encontrar el mirador significara encontrar también una pequeña respuesta a todo lo que estaba sintiendo.
Cuando finalmente llegué, me quedé sin palabras, Pinewood se extendía debajo de mí. Las luces del pueblo parecían pequeñas estrellas sobre la oscuridad, las montañas rodeaban el lugar y el cielo estaba completamente despejado. Había más estrellas de las que recordaba haber visto en mucho tiempo. Me acerqué a la baranda de madera y respiré profundamente, por primera vez desde que habíamos comenzado la mudanza, sentí que podía respirar sin tener un peso sobre el pecho.
Quizá podía acostumbrarme
Quizá Pinewood no era tan malo
Quizá...
—¿No crees que es un poco tarde para estar aquí? —La voz detrás de mí hizo que me girara. Y entonces lo vi.
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Editado: 21.09.2026