Presa De Invierno

Capítulo 1 — El olor a nieve nueva

El mercado nocturno huele a grasa quemada, a cuero mojado y, debajo de todo eso, a mi propio miedo. Llevo tres años aprendiendo a disimularlo, y todavía no lo consigo del todo.

Camino entre los puestos de tela remendada mientras los vendedores gritan sus últimas ofertas antes del toque de queda: pan duro a mitad de precio, velas de sebo, mantas que ya no calientan pero que igual alguien comprará porque el invierno no perdona a quien no tiene con qué cubrirse. Un niño pasa corriendo entre mis piernas persiguiendo a un perro flaco, y por un instante casi sonrío. Casi.

Ajusto el pañuelo sobre mi nariz y avanzo despacio, con la cabeza baja y los hombros encogidos, como si el frío me importara más que los hombres armados que vigilan la entrada norte. Llevan el emblema del Censo bordado en la manga: una balanza partida por la mitad, símbolo de un orden que decide quién pesa y quién no. Cuento tres guardias esta noche, uno más de lo habitual. Alguien está buscando algo. O a alguien.

El supresor que me tomé al anochecer empieza a perder fuerza; lo noto en la forma en que el aire se me pega a la piel, en cómo cada olor llega más nítido de lo que debería. Sable me lo advirtió: esta partida es más floja que la anterior. Dura menos. Cuesta más.

No importa. Necesito la medicina de todos modos, y solo aquí, en el último puesto antes del callejón de los curtidores, hay alguien dispuesto a vendérmela sin preguntar mi nombre.

—Lo de siempre —murmuro, dejando las monedas sobre el mostrador de madera astillada.

El vendedor, un beta viejo con las manos manchadas de tinta, ni siquiera levanta la vista. Empuja hacia mí un paquete envuelto en papel encerado y se guarda las monedas con la misma indiferencia con la que las recibió. Así es como sobrevivimos los que no existimos: por gente que decide no ver, y por gente que cobra bien por esa ceguera.

—La próxima partida tardará más —masculla, sin dejar de acomodar frascos en su estante—. Los proveedores del sur están más nerviosos que de costumbre.

No pregunto por qué. En mi mundo, preguntar demasiado equivale a firmar tu propia sentencia. Asiento apenas y guardo el paquete bajo el abrigo, contra el pecho, donde el calor de mi cuerpo evita que el frasco de cristal se quiebre contra las costillas.

Me doy media vuelta.

Entonces lo huelo.

No es un olor cualquiera. Es denso, oscuro, con un fondo de hierro y algo más que no sé nombrar todavía. Cada músculo de mi cuerpo se tensa antes de que mi mente termine de procesar lo que significa. Alfa. Uno fuerte. Uno de rango.

Levanto la vista apenas un segundo, lo justo para confirmarlo, y ahí está: al otro lado de la plaza, con el abrigo negro de la Casa Draven y la insignia del Cazador cosida sobre el pecho. Alto, de hombros anchos, con el pelo oscuro recogido y una expresión que no delata nada. No mira hacia mí. Todavía no.

Mi cuerpo, sin embargo, ya decidió por mí. El corazón me late en la garganta, y las piernas se mueven solas hacia el callejón más cercano.

No corro. Correr llama la atención. Camino rápido, con la cabeza gacha, contando los pasos como si eso pudiera calmarme. Uno, dos, tres. El callejón de los curtidores tuerce a la izquierda y desemboca en la parte trasera del barrio donde Sable guarda uno de nuestros refugios. Si llego hasta allí, estoy a salvo. Si él me sigue, no lo estoy.

Giro la esquina y me permito, por fin, mirar atrás.

No está.

Suelto el aire que llevaba conteniendo sin darme cuenta y apoyo la espalda contra la pared helada. El frío me atraviesa el abrigo, pero lo prefiero al calor que sentía hace un momento, ese calor traicionero que me sube por el cuello cada vez que el olor de un alfa fuerte se me mete bajo la piel. El supresor debería bloquear eso. Debería.

—Deberías cambiar de proveedor —dice una voz a mi espalda.

No es la voz de Sable.

Me giro tan rápido que resbalo en el hielo, y solo la pared evita que caiga. Él está ahí, apoyado contra el muro opuesto del callejón, como si llevara siglos esperando, como si el tiempo no existiera para alguien que puede moverse sin hacer ruido incluso sobre nieve fresca. La luz de la única lámpara que sobrevive en este tramo del barrio le dibuja media cara en sombra.

—No sé de qué habla —respondo, e intento que mi voz suene firme. No lo consigo del todo.

—El viejo del mostrador —continúa él, sin moverse—. Lleva semanas bajo vigilancia. Cada omega sin registro que compra ahí termina en mi lista antes de que termine la noche.

El frío que sentía se convierte en algo más filoso, más íntimo. Listas. Nombres. Yo no tengo nombre legal, pero sí tengo cara, y las caras también se archivan.

—Entonces debería arrestarme —digo, porque a veces la única defensa que me queda es no parecer asustada, aunque lo esté—. ¿A qué espera?

Por primera vez, algo cambia en su expresión. No es sorpresa exactamente, sino una especie de curiosidad contenida, como quien encuentra algo que no esperaba en un lugar donde ya creía haberlo visto todo.

—Interesante pregunta —murmura, y da un paso hacia mí.

Retrocedo instintivamente, aunque ya sé que no tengo dónde ir. La distancia entre nosotros se reduce lo suficiente para que su presencia me llene el pecho de una tensión que no logro nombrar del todo: mitad terror, mitad algo más incómodo de admitir.

—¿Cuánto lleva vigilando el puesto? —pregunto, intentando ganar tiempo, intentando que mi voz no delate el temblor que me sube desde las rodillas.

—Semanas —responde él, con una franqueza que no esperaba de un Cazador—. Suficiente para reconocer a quienes vuelven cada luna nueva, cuando el efecto de los supresores empieza a fallar.

—Entonces sabe demasiado sobre nosotros.

—Sé lo justo —corrige, y algo en su tono suena casi a disculpa—. Lo suficiente para hacer mi trabajo. No más de lo necesario.

—¿Y su trabajo es qué exactamente? ¿Cazar personas como si fuéramos ganado extraviado?




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