Londres me recibió con lluvia.
No una lluvia dramática de película, de esas que te empapan en segundos y te obligan a correr buscando refugio. Era una lluvia delgada y constante, casi invisible, del tipo que no te mojas del todo pero que al cabo de diez minutos te das cuenta de que estás completamente húmedo sin saber cuándo ocurrió.
Andy dijo que muy frío.
Mamá dijo que era típico.
Yo me quedé mirándola desde la ventana del taxi sin decir nada, pensando que quizás era una buena forma de llegar a un lugar nuevo. Sin fanfarria, sin bienvenida exagerada. Solo lluvia, una forma metafórica de limpiar todo lo que duele.
El vuelo había durado casi once horas. Las últimas tres las pasé con el cuello torcido en una posición imposible y Andy usando mi hombro como almohada sin pedirme permiso, lo cual era coherente con toda su personalidad. Cuando aterrizamos en Heathrow, mamá exhaló despacio, como si llevara meses aguantando la respiración y recién ahora su cuerpo le hubiera dado permiso de soltarla.
Yo entendí ese suspiro. Lo sentí también, aunque no lo dejé salir.
La abuela nos esperaba en la terminal con un cartel hecho a mano que decía Bienvenidas a casa con letras de colores y un dibujo de lo que supuse era un avión pero que se parecía más a un pájaro con ruedas. Andy se lanzó hacia ella antes de que el cartel tocara el suelo.
— ¡¡Mi niño! — Mi abuela lo presionó con esa fuerza que solo tienen las abuelas, la clase de fuerza que no tiene nada que ver con el tamaño. — ¡Dios mío cómo has crecido, ya me llegas a los hombros!!
— Abuela me estás aplastando. — Se quedó Andy, aunque no hizo ningún intento real por soltarse.
Mamá y la abuela se abrazaron en silencio un momento largo. Vi cómo mi abuela le acariciaba la espalda con la palma abierta, despacio, con esa clase de gesto que no necesita palabras porque ya lo dice todo. Mamá cerró los ojos y por un segundo pareció más joven, menos cansada, como si el abrazo le devolviera algo que había estado guardando durante mucho tiempo.
Luego la abuela me miró a mí.
No dijo nada. Solo abrió los brazos.
Fui hacia ellos sin pensarlo, como si mis pies supieran el camino antes que el resto de mí. Olía a lavanda y algo horneado, probablemente flan, y ese olor me tocó de una forma que no esperaba, directo al centro del pecho, en ese lugar donde uno guarda las cosas que creía haber olvidado. Se me hizo un nudo en la garganta que tragué rápido antes de que se convirtiera en otra cosa.
— Ya estás aquí. — Murmuró cerca de mi oído. —Ya estás en casa.
No respondí porque si abría la boca no iba a poder controlar lo que salía. Así que me quedé quieta unos segundos más de lo necesario, dejándome sostener, permitiéndome eso al menos.
Era lo mínimo. Y también era bastante.
La casa de la abuela estaba en un vecindario tranquilo, en una calle con árboles altos y casas de ladrillo rojo que se repetían con pequeñas variaciones, como si alguien hubiera construido el mismo modelo una y otra vez añadiendo detalles distintos para que no se sintiera tan uniforme. Había macetas en casi todas las entradas. Puertas de colores distintos. Una señora mayor regando sus plantas bajo techo, con una tranquilidad que yo encontré inmediatamente admirable, esa capacidad de seguir con lo tuyo sin importar que se esté cayendo el cielo.
El taxi se detuvo frente a una casa esquinera con una puerta azul marino y una ventana en el segundo piso desde la que se veía parte del vecindario. Esa ventana, descubriría después, era la de mi cuarto.
Andy salió corriendo antes de que alguien le dijera que podía bajar. Mamá y la abuela bajaron despacio hablando en voz baja. Yo me quedé un momento más dentro del taxi, mirando la casa desde adentro, como si necesitara un segundo para prepararme para una nueva etapa de mi vida.
Una cosa era saber que venías a empezar de nuevo. Otra era estar parada frente al lugar donde eso iba a ocurrir.
Respire hondo.
Mamá se quedó un momento a hablar con mi abuela, mientras Andy y yo buscábamos nuestras habitaciones.
— Noa, ¿cuando veremos a papá?— Preguntó con temor a mi respuesta.
Andy era muy inteligente para sus siete años. Mamá le había dicho que pronto hablaría con papá, pero Andy no quería hablarle, quería verlo.
— Pronto lo sabremos, ya verás que cuando menos lo esperes, verás a papá. Pero por ahora hay que quedarnos con la abuela. ¿Te gustaría que te ayudara a decorar tu cuarto?
— Está bien. — Suspiró. Andy parecía molesto, decidió ver su cuarto e ignorarme.
Eché un vistazo a mi nuevo cuarto. Mi abuela lo tenía decorado como si yo tuviese doce años. Había tres repisas con muchas barbies, peluches y plantitas. Todo muy rosa, muy de niña pequeña. Una cama matrimonial sola para mi, recién comprada. Un closet con muchos vestidos que probablemente donaría o se los dejaría a la bebé. En la mesita de noche había una foto de mamá, mi abuela y yo en lo que parecía un parque de diversiones.Yo tendría unos seis años y llevaba un helado de dos bolas que se estaba derritiendo sobre mi mano sin que yo me diera cuenta. Me quedé mirando esa foto un momento más de lo que pretendía. Recordaba ese día. O creía recordarlo. A veces no sé si recuerdo las cosas de verdad o si recuerdo las fotos de las cosas. Frente a mi cama, había un tocador antiguo que al parecer era de mi abuela pero lo habían pintado de blanco. Pero lo mejor del cuarto, lo único que me ganó desde el primer momento, era el sofá pegado a la ventana. Bajo, ancho, con un cajón debajo lleno de libros apilados sin mucho orden. Un sofá pensado exactamente para leer, o para mirar por la ventana, o para las dos cosas al mismo tiempo. Me acerqué y me senté en él con cuidado, probándolo, y miré hacia afuera.
El vecindario desde arriba se veía diferente. Más ordenado, más tranquilo. Las casas de ladrillo con sus puertas de colores, los árboles mojados por la lluvia que seguía cayendo despacio, un gato naranja durmiendo en el porche de la casa de enfrente sin importarle absolutamente nada el clima ni el mundo en general.