Las semanas siguientes a lo ocurrido con Melody y Cassandra, el salón se sentía medio tenso y yo siempre que podía vigilaba los pasos de Melody. Cassandra siempre intentaba crear una pelea para que a Mel la expulsaran, pero si yo podía impedirlo, eso no iba a pasar.
En casa había cierta tranquilidad. Mi mamá ya estaba trabajando pero era algo precipitado, estaba a solo dos meses de tener a la bebé. La abuela seguía con su ritmo de vida normal, cuidando sus plantas, haciendo lo que más le gustaba que era cocinar y cuidar de Andy que empezaba a adaptarse mejor a nuestro nuevo hogar.
Y yo, pasaba aburrida en casa, intentando adoptar un nuevo hobbie como la escritura, pero aun así, me sentía atrapada en mi casa sin poder salir. De la casa a la escuela, de la escuela a la casa, todo esto me estaba deprimiendo, necesitaba salir, distraerme, conocer, pero mi mamá parecía ser la guardia del castillo que ella misma había creado.
— ¡Noa! — Llamó mi abuela desde la sala. Bajé a ver que necesitaba cuando de sorpresa me topé a Charlie sentado en el sofá hablando con mi abuela. Mi abuela estaba entre risas con él y al acercarme Charlie se levantó del asiento.
— Mira quien te vino a visitar. — Sonrió mi abuela.
— Hola Noa, vine a pedirle permiso a tu mamá para dejarte salir un rato conmigo a la feria que hay en el parque, pero al no estar ella, le pedí permiso a tu abuela. — dijo sonriente.
Mi abuela me quedó viendo con una sonrisa pícara, parecía agradarle mucho Charlie. No se que tramaba pero se le veía muy tranquila.
— Tu mamá llegará a las nueve. Tienen suficiente tiempo para ir a la feria, pero te quiero en casa a las ocho y media. —Sentenció.
Estaba que daba saltitos de emoción, era viernes y no quería dormirme temprano. Corrí a abrazar a mi abuela. Le pedí a Charlie que me esperara para arreglarme y al salir le prometí a mi abuela que llegaría puntual.
— Oye, lo siento por lo de la otra vez. Mi mamá puede llegar a ser radical.
Íbamos caminando hacia el parque, la tarde era fría, el viento golpeaba mi rostro con fuerza y mis manos estaban húmedas por el clima de Londres.
— No te preocupes, mis padres son peor con mi hermana menor. La cuidan demasiado pero sé que es por buenas razones. Tu mamá solamente se preocupa por ti y tu seguridad.
Se veía que Charlie venía de una familia educada, fría y razonable. Aunque para ser de familia Rusa, él se veía muy amable, alegre y divertido.
La única vez que conocí a un chico ruso, fue en San Francisco y no era para nada agradable, daba miedo la frialdad con que hablaba, se movía y expresaba sus emociones.
Al llegar al parque había una pequeña feria, un puesto de palomitas, la heladería hoy tenía el especial de chocolate con menta, puesto de pizza y hamburguesas, unas cuatro atracciones como las tazas giratorias, la rueda de la fortuna, el carrusel y el juego del barco.
— ¿Cómo era tu vida en San Francisco? ¿Por qué decidiste vivir aquí? — Charlie se veía muy interesado en mi pasado.
Nadie más que mi familia sabía lo que había pasado, ni siquiera Melody sabía que había sido de mi vida en San Francisco y seguiría así por mucho tiempo más, no es algo importante que mis amistades necesiten saber. Y yo quería enterrar aquel incidente, contarlo sería volver a revivir esa pesadilla.
— Bueno, odiaba mi escuela, llena de niñas bien, que se hacían amigas de otras por estatus, por quién tenía carro, bonitas mochilas y cuadernos ese tipo de cosas. Por sus historias de vacaciones en la playa y amores que francamente me daban igual. El grupo de "amigas" que tenía allá eran horribles, me odiaban, me hacían bullying y un día no soporté más. Así que me vengue de ellas.
— Bueno, eso es un buen comienzo para un cuento corto. — ambos nos soltamos a reír. —¿Puedo saber que les hicistes? — preguntó curioso.
— Ellas eran muy de tener novios y restregarselos a las demás como si fuera un trofeo. Entonces les di en su debilidad. Un chico guapo. Busqué la foto de mi primo, que aunque era mucho mayor que ellas, había fotos de él cuando tenía quince años.
— Interesante, creo saber hacia dónde va esto. Pero sigue. interrumpió Charlie.
— Un día, me llevé la foto de él a la escuela, la puse en mi cuaderno de historia y una de ellas cayó tan fácil en pedirme apuntes de la clase. En cuanto vió la foto, se quedó flechada de mi primo de quince años. Todas se acercaron a ver la foto y me preguntaron quién era y si se lo presentaba. Lo cual, al morder el anzuelo, proseguí a hacer de las mías.
Charlie y yo comenzamos a caminar hacia los juegos, nos montamos a la rueda de la fortuna y así seguimos hablando de mi maléfica venganza contra mis compañeras de primaria.
— En los próximos meses, les hice creer que mi primo le enviaba a cada una, una carta diciéndoles que deseaba conocerlas y que yo había hablado mucho de ellas.
— ¿No sé dieron cuenta de que era tu misma letra? — preguntó sorprendido.
— No sabes lo bien que se me da falsificar firmas y hacer diferentes tipos de caligrafía. Mi letra era muy limpia así qué pensé. Un hombre escribe con pereza y sin tanto esfuerzo. Les envié cartas a cada una de ellas por casi un mes, hasta que una vez decidieron llamar y hablar con mi supuesto primo que vivía conmigo. — reí.
— Pero tu primo sí existía, ¿no? ¿Vivían juntos?
— ¡Claro! Pero mi primo tenía dieciocho años y no le interesaba ninguna niña de mi edad. Pero decidió ayudarme con las llamadas, le conté lo mal que la estaba pasando y lo horrible que habían sido ellas conmigo y no se negó a darles un escarmiento. Así que Gabriel me ayudó con las llamadas, hasta que un día no pudo estar en una y yo intenté imitar su voz.
Charlie empezó a carcajearse como nunca lo había escuchado carcajear en mi vida. Parecía estar fascinado con mis travesuras en San Francisco.
— ¿Te creyeron? — preguntó con mirada divertida.
— Creí que sí, que sí me habían creído. Hasta que caí en mi propia trampa. Un día, me dijeron que habían visto a mi primo en el centro comercial y que se lo habían topado unos segundos. Yo como pendeja y porque estaba distraída con la clase de historias, les dije un simple: ¡Qué bien por ustedes! A lo que luego se me cayó la ficha y me atraparon en mi vil mentira. Todas me llamaron mentirosa y me odiaron aún más. Pero no sabes cómo disfruté de decirles que mi primo era mayor que ellas y que no existía un Gabriel de quince años, hasta les dije que tenía veinte y que no le interesaba en lo mínimo conocerlas.