Valentina llegó un miércoles a las tres de la madrugada.
No fue el nacimiento dramático de una película donde todos corren al hospital con tiempo justo y el médico dice algo importante en el último segundo. Fue más bien mi abuela sacudiendome el hombro en la oscuridad de mi cuarto diciéndome que me levantara, que las contracciones de mamá habían comenzado y que ya habían llamado un taxi.
Me levanté con los ojos medio cerrados, agarré lo primero que encontré que resultó ser una sudadera que me había traído de mi padre que me quedaba enorme, y bajé las escaleras tropezando con el último escalón como siempre.
Andy dormía todavía. La abuela decidió no despertarlo porque Andy con sueño y en un hospital a medianoche era una combinación que nadie necesitaba.
— ¿Vas bien mamá? — Le pregunté en el taxi.
Ella tenía los dientes apretados y respiraba de esa forma que te enseñaban en las clases de preparación al parto que yo había visto practicar en la sala durante semanas.
— Perfectamente. — Dijo entre dientes.
No parecía estar así de perfecta como ella decía, veía como clavaba las uñas en el asiento y se mordía los labios haciendo muecas que solo haría una embarazada.
Esperé cuatro horas sentada en una silla de plástico del hospital con mi abuela, las dos en silencio, compartiendo una bolsa de galletas que alguien había dejado olvidada en la sala de espera y que ninguna de las dos preguntó de quién era antes de abrirla.
— Andy estará bien. — Pregunté masticando de los nervios.
— Si no te preocupes. La señora Anderson es un amor, seguramente le dejará comer dulces o algo así. — dijo con toda tranquilidad.
Mi abuela rezaba en voz muy baja. Yo miraba el techo, movía mis piernas con toda la ansiedad que me invadía y a veces pensaba en qué mi padre se había perdido el nacimiento de Valentina, por que claro, siempre algo pasaba y su vuelo se atrasaba.
Dejé ese pensamiento a un lado y seguí navegando en mi mente. Pensaba en cosas sin sentido, como suele pasarme cuando estoy esperando algo importante y el cerebro decide ocuparse de cualquier otra cosa para no ponerme nerviosa. Pensé en el proyecto de geografía que teníamos que entregar la siguiente semana. En que Andy iba a alucinar cuando viera a Valentina por primera vez. En que mi mamá llevaba nueve meses cargando a otra persona dentro y eso me parecía simultáneamente increíble y agotador.
A las siete y cuarto de la mañana el médico salió a decirnos que todo había salido todo bien. Valentina estaba bien, mi madre agotada y dolorida pero estaban ambas bien.
Mi abuela cerró los ojos un segundo y luego los abrió relajando por fin su entrecejo. — ¿Puedo verlas? — Pregunté.
— En unos minutos. —Dijo el médico.
Esos minutos fueron los más largos de toda la noche.
Mamá estaba recostada con Valentina en brazos cuando entramos. Tenía el pelo pegado a la cara y los ojos de alguien que no ha dormido y que tampoco piensa en dormir en los próximos años pero que en este momento no le importa absolutamente nada de eso.
Valentina era pequeñísima. Eso fue lo primero que pensé. Pequeñísima y completamente seria, con esa expresión de profunda concentración que tienen los bebés recién nacidos como si estuvieran procesando una cantidad enorme de información nueva.
Seguramente ella pensaba en qué demonios hacía en este mundo, en quién éramos nosotros y porque la veíamos como un bicho raro. Aunque eso sería en la perspectiva de ella. Nosotros estábamos tan emocionados que la mirábamos como si fuese un rubí.
— Hola. — Le dije en voz muy baja sin saber muy bien a quién le estaba hablando, si a mi mamá o Valentina.
Mamá me miró y sonrió de esa forma que hacía que todo lo demás desapareciera por un momento, los juzgados, el divorcio, los tres años difíciles, las llamadas sin contestar. Todo eso existía todavía y seguiría existiendo mañana. Pero en ese cuarto de hospital a las siete de la mañana con Valentina en brazos, mi mamá se veía simplemente feliz.
— ¿Quieres cargarla? —Preguntó.
Asentí antes de pensarlo demasiado.
Me senté en la silla de al lado y mamá me pasó a Valentina con mucha delicadeza. Pesaba menos de lo que esperaba. Olía a algo nuevo que no sabía describir.
Me miró. O hizo algo que se parecía a mirarme, con esos ojos que todavía no enfocaban del todo pero que igual encontraron mi cara.
— Hola Vale .— Murmuré. — Soy Noa. Tu hermana mayor. Bienvenida a este desastre de mundo.
Mi abuela soltó una risa corta desde la puerta.
Mamá me miró con los ojos brillantes.
Yo seguí mirando a Valentina que seguía con su expresión de estar procesando demasiadas cosas al mismo tiempo y que honestamente me parecía la reacción más razonable del mundo para alguien que acaba de llegar.
Andy la vio esa tarde cuando volvimos a casa.
Se quedó parado en la puerta del cuarto de mamá mirando a Valentina en la cuna que la abuela había comprado semanas antes y que había estado ocupando espacio en la esquina esperando este momento.
— Es muy chiquita.
— Si. Es una pulga. — Concorde.
— ¿Va a quedarse así de chiquita? — preguntó preocupado.
— No. — Reí. — eventualmente crecerá.
— ¿ Y ya puede hablar?— La miró más de cerca.
— Si,eventualmente.
— ¿Y mientras tanto qué hará?
— Llorar principalmente.
Andy procesó esto en silencio durante unos segundos.
— Bueno. — dijo al fin con la resignación filosófica de sus siete años. —Supongo que está bien. — Sonrió.
Se dio la vuelta y fue a su cuarto a seguir con sus videojuegos como si acabara de resolver un asunto de menor importancia.
Mamá que había escuchado todo desde la cama se tapó la boca para no reírse fuerte y despertar a Valentina.
Fue la primera vez en mucho tiempo que la escuché reírse así, desde adentro, sin ningún esfuerzo.
Las semanas siguientes la casa funcionó diferente.