¿qué somos?

Ruido de fondo.

No sé exactamente cuándo Nicolás decidió que podía sentarse a mi lado sin avisar. Eso era algo que no hacía nunca, yo entendía que a él le gustaba su espacio personal, pero desde ese momento, ya no le molestaba sentarse a mi lado.

Simplemente empezó a pasar.

Un lunes llegué a la biblioteca a repasar para el examen de historia y ahí estaba él, en la silla de al lado, con su cuaderno abierto como si llevara allí toda la tarde. No preguntó si podía sentarse a mi lado. No dijo nada en realidad. Solo llegó, se sentó y empezó a escribir como si fuera lo más normal del mundo.

Yo seguí con mis apuntes fingiendo que no había notado nada.

Estuvimos así casi cuarenta minutos en silencio hasta que él empujó su cuaderno hacia mi lado de la mesa sin decir nada. Bajé la vista. Había dibujado algo en la esquina inferior de la página, un garabato pequeño que tardó un segundo en identificarse.

Era una chica con rizos leyendo un libro con cara de concentración absoluta.

Levanté la vista hacia él. Él seguía escribiendo como si nada.

— ¿Eso se supone que soy yo? —Susurré.

— No sé de qué hablas. — Respondió sin levantar la vista.

— Nico.

— Estoy estudiando Noa. — Fingió estar concentrado.

— Eso es alguien haciendo nada, existiendo nada más.

Empujé el cuaderno de vuelta a su lado. Él lo recibió con esa media sonrisa suya sin decir nada más.

Me giré hacia mis apuntes intentando no sonreír y no lo logré del todo.

— Oye, tengo una pregunta existencial. — se giró hacia mí.

— Déjame ver si te puedo responder. — Cerré mis libros y le puse atención.

— ¿Qué piensas de la felicidad?, digo, ¿es algo que realmente prevalece una vez la encuentras o solo es un estado de ánimo que sucede en ocasiones?

Me quedé un momento procesando y analizando una pregunta tan profunda como esa. Me quedé pensando si yo alguna vez he experimentado felicidad o solo era alegría, algo que era distinto a lo otro.

— ¿Es para una tarea? — enarqué la ceja.

— Una tarea de la vida. No sé, ¿te has puesto a pensar en eso?

— La verdad, no creo en la felicidad como un momento en la vida en qué la encontrarás y serás feliz para siempre. Pienso que existe la plenitud, la paz y todo eso lo consigues trabajando en una buena vida y es algo que debes mantener porque siempre inevitablemente te sentirás triste, enojado o a veces deprimido, eso si son ánimos pasajeros, quizá la plenitud hay que trabajarla toda la vida.

Nicolás se quedó totalmente en silencio, pensativo y algo confundido.

— ¿Tú sientes que eres feliz?, o plena.

Pensé en momentos bonitos, mi menté me llevó a recuerdos viejos, pero pesaban más los recuerdos tristes que había vivido a mis cortos dieciséis. Mis padres discutiendo, mi padre en su etapa alcohólica golpeando a mi madre. Los tiempos donde recibí bullying en la escuela por personas que creía eran mis amigas. Haber dejado un chico que me quería y la traición de una familia paterna que me dio la espalda para defender a un abusador.

— No conozco aún la plenitud, estoy en busca de ella. — tragué con fuerza. —¿Qué hay de ti?, ¿eres feliz? — Esperé su respuesta muy atenta. Nicolás soltó una sonrisa burlesca.

— Creo que si, un día fui feliz, pero ya no recuerdo como se siente. — Suspiró.

— Bien, debo irme. — Se levantó llevando su mochila a la espalda y salió de la biblioteca sin mirarme.

Me quedé pensando si Nicolás al igual que yo tenía un pasado triste o solo era yo la que lo tenía y no podía olvidar.

La semana siguiente fue más de lo mismo pero diferente.

Diferente porque Nicolás había añadido algo nuevo a esa costumbre suya de aparecer sin avisar, que eran los comentarios. Pequeños, inofensivos, del tipo que uno no sabe muy bien cómo responder porque no son suficientemente serios para tomarlos en serio ni suficientemente tontos para ignorarlos.

El martes que llegué al salón con el cabello más alborotado de lo normal porque había llovido y Londres y mi pelo tenían una relación complicada, Nicolás que estaba sentado en su silla me miró un segundo y dijo en voz muy baja, solo para que yo lo escuchara:

— Parece que tuviste una conversación muy intensa con el viento.

— Gracias Nico, muy útil. — Respondí sentándome.

— No era crítica. — dijo. — Tu cabello se ve bien hoy, te ves… rebelde. — Se encogió de hombros.

Me giré a mirarlo. Él ya estaba mirando al frente haciéndose el tonto, como si no hubiese dicho nada.

Melody que había escuchado todo desde la silla de atrás me pasó un papelito doblado que decía: ¿Eso fue un cumplido?, mm

Lo arrugué y lo guardé en el bolsillo sin responderle.

El jueves fue diferente por otras razones.

Estábamos en el recreo, los cuatro en las bancas del campus, Dereck contando algo sobre su primo de Manchester que cada vez que aparecía en una historia resultaba ser más desastroso que la vez anterior. Melody lo escuchaba con esa mezcla suya de incredulidad y fascinación. Yo tenía un sándwich a medias y el sol de Londres haciendo una de sus apariciones esporádicas que todo el mundo aprovechaba como si fuera la última vez.

Nicolás estaba sentado a mi lado.

No era la primera vez esta semana. Había algo en esa nueva costumbre suya de ocupar el espacio de al lado que yo no había procesado del todo todavía. No era incómodo. Era más bien lo contrario y empezaba a querer jalarme los pelos por sentir que era un problema tenerlo cerca. No sentía lo mismo si Dereck se acercaba, me daba igual, éramos amigos ahora y eso no diferenciaba a Nicolás de Dereck. Entonces ¿Por qué me sentía extraña con Nicolás?

Dereck dijo algo que hizo reír a Melody con ese escándalo suyo que no podía controlarse aunque quisiera. Nicolás sonrió por las tonterías de Dereck y miraba al frente, simplemente observando a su alrededor. Yo estaba a punto de decir algo cuando sonó su teléfono.

Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y algo cambió en su cara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.