La oscuridad que invadía ese cuarto frío, donde todos los días me refugiaba esperando que el día terminara, me estaba asfixiando más que nunca. Todo era silencioso a excepción de las gotas que caían del lavabo del baño, cada sonido de gota se intensificó como si casi estuviese cerca de mi. Mi cuerpo temblaba e inevitablemente se balanceaba de adelante hacia atrás, estaba hecha un ovillo del miedo, más cuando empecé a escuchar un silbido muy particular, un silbido que había escuchado cuando la historia de terror comenzó, seguido de pasos pausados detrás de la puerta de mi habitación.
— Noa. — Susurró detrás de la puerta. — Sal a jugar cariño. — soltó con tono perverso y burlesco.
Los pasos iban y venían, los silbidos se intensificaban y mi cuerpo se tensaba con el ir y venir de sus pasos. Sentía que mi pulso en cualquier momento se iba a detener y aguantaba la respiración para no ser percibida.
De pronto, todo se volvió silencioso nuevamente, ya no había pasos, no habían silbidos y hasta las gotas del baño habían cesado. Solté lentamente la respiración intentando calmar mi sistema nervioso, intenté ponerme de pié pero había una fuerza mayor que impedía que mi cuerpo se relajara, estaba llena de terror, mi cuerpo estaba tenso y no quería desbloquearse.
Y empezó todo de vuelta, escuché su respiración detrás de la puerta seguida de forcejeos del pomo de la puerta que giraba y giraba desesperadamente.
— ¡Noa sal a jugar! — ordenó con tono irritante. — vamos a divertirnos un rato. — todo esto mientras el pomo lo forcejeaba y mi corazón nuevamente empezaba a palpitar con fuerza.
Mi ojos se empezaron a llenar de lágrimas, temblaba y me aferraba a mis piernas con fuerza tratando de ignorar su voz y el sonido de la puerta.
— ¡Noa! — Abrió de golpe mostrando su rostro lleno de satisfacción. Una sonrisa completamente malévola y llena de sed. Sus ojos oscuros llenos de ojeras profundas me miraban de arriba hacia abajo.
— ¡No, no. Aléjate de mí! — grité con desesperación.
— Noa. — Una voz lejana me empezaba a llamar repetidas veces. — Noa. Empecé a sentir como me alejaba rápidamente de aquella escena de terror. Su rostro se fue desvaneciendo, la habitación parecía derretirse y los sonidos del exterior se hicieron más vívidos sacándome de aquella pesadilla que estaba volviéndose real.
— Vas a llegar tarde. — Escuché la voz de mi madre que me hizo al fin despertar en su totalidad.
Tenía la frente sudada, las manos húmedas y mi corazón bombeaba como si hubiese corrido una maratón.
— ¿Estás bien? — Ella se notaba preocupada.
— S- si, yo, iré a bañarme. — Me levanté con rapidez metiéndome a la ducha.
Pensé que todo había terminado, de verdad creí que era una historia superada. Creí que había dejado todo eso atrás en San Francisco, con el psicólogo. Pero ese sueño, había sido tan vivido, sentía que me iba a morir que era mi fin, ver su rostro de nuevo tan claramente, me había dejado en shock.
Pensé que había logrado empezar desde cero, pero esos recuerdos no me querían soltar, no me querían dejar vivir, no querían que fuera libre. Lloré en silencio en la ducha, aun con el corazón desbocado, tapandome la boca para no alarmar a nadie, lloré lo más que pude, intentando olvidar ese rostro que tanto odiaba y que deseaba borrar de mi mente, pero el pasado estaba amenazando con volver, al menos en mis sueños.
Intenté olvidar lo ocurrido y hacer como si nada de eso me hubiese afectado, en poner toda mi atención a las clases, a mi momento en la escuela y me enfoqué en él, no sé porqué pero prefería mil veces poner atención a mi compañero a sus comportamientos e interacciones, de esa manera podría concluir mi día con tranquilidad.
Empecé a poner más atención a Nicolás, él tenía la costumbre de llegar tarde a clases. A veces calculaba el tiempo y llegaba segundos antes que cerraran el portón de la entrada. Pero otras veces llegaba dos minutos tarde de la hora y entraba sin ningún problema.
Hoy había sido uno de esos días en los que había llegado tarde a la clase de geografía pero la maestra era piadosa con sus estudiantes, así que los dejaba pasar.
Desde la última vez que nos hablamos por el pleito de Cassandra y Mel. Habíamos empezado a coincidir más. No de forma planeada, simplemente pasaba. Empezó apareciendo en la misma banca del campus en el recreo, se metía en las conversaciones de Melody y mías con tranquilidad y ambas sin hacer que todo pareciera raro, nos quedamos platicando con él.
Empecé a poner más atención a sus interacciones. Como cuando algo le hacía gracia de verdad primero sonreía con un lado y la risa llegaba después. Que los martes y jueves desaparecía en el recreo y nadie preguntaba adónde iba. Que su almuerzo era puras papas, sandwich y su respectiva soda de limón.
Información inútil, me decía. El tipo de cosas que uno aprende de cualquier persona con quien comparte un salón durante meses. Se había acercado de forma inesperada a la banca donde esperaba que Melody llegara con unos frappes que había comprado para nosotras.
— ¿Te molesta si me siento contigo? — Traía una soda en sus manos y una corta sonrisa.
— El banco es público. — respondí viendo hacia la nada. Nicolás se sentó a mi lado y durante unos segundos estuvo en silencio.
— Te ves preocupada. llevas rato con el ceño fruncido. — dijo observando la cancha de fútbol.
Rápidamente relajé mi entrecejo y tomé un largo respiro acomodándome en la banca e intentando comportarme de forma normal.
— Gracias, no me había dado cuenta. — sonreí con desánimo.
— Ahora te ves más relajada. Me pasa lo mismo, a veces olvido que mi cuerpo está rígido o que aprieto los dientes de forma automática y de alguna forma me obligo a recordar que me debo relajar.
— Oye, por poco y no entras a clases. — decidí enfocarme en él nuevamente.
— Mi despertador no sonó, típico de mi. — No sonaba convincente.