Cristóbal:
Estoy frente a su casa, la casa donde la comencé a observar sin saber exactamente cuándo ni cuanto tiempo he estado aquí, pero estoy aquí, viéndola tanto que he perdido la cuenta. La he visto, la he observado, aun cuando ella creía que no, siempre lo he hecho, incluso aun cuando yo me negaba mi subconcinete no, mi subconsciente decía que lo hacía, que la vigilaba. Pero me negaba a creerlo o mejor dicho a aceptarlo, porque de hacerlo, de aceptarlo solo significaba una cosa. Que me había enamorado, algo que no me podía permitir, pero ahora… Ahora todo es diferente, no solo admito estar enamorado, sino que admito amarla, adorarla y añorarla.
La vi junto a la ventana. Estoy aquí desde hace horas, sin el valor suficiente para salir y llamar a su puerta, podría hacerlo, podría bajar y llamar a su puerta incluso rogar porque me habrá, el problema es con que excusa puedo llamar a su puerta.
¡Exacto!, no hay excusa o razón que pueda usar para bajar y tocar a su puerta. Sería un completo cínico al tocar y preguntar ¿Cómo estás? ¿Estás bien? O mejor aún ¿Necesitas algo? Cuando se perfectamente cual será la respuesta, cuando lo sé, porque fue lo que provoque. Se de bien y de sobra las respuestas que obtendré
¿Cómo estás? Está mal.
¿Estás bien? Obvio que no está bien.
No después de que yo la rompí, fui yo quien la lastimo, fui yo quien la hirió y fui yo quien la destruyó.
Fui yo, y solo yo quien destruyo lo más hermoso y maravilloso de su vida y de paso en la mía también.
Si, lo sé, soy un maldito miserable, un gran desgraciado. Que no merezco nada ella, no merecí su corazón, su tiempo, su compañía, nada. Pero heme aquí haciendo lo mejor que se hacer cuando se trata de ella. Soy tan egoísta, que no puedo dejarla ir, no así. Pero tampoco se como hacerlo bien, no sin arruinarlo como lo hice ya, una segunda vez seria demasiado.
Egoísta soy porque después de dañarla y romperla, sigo aquí, en su puerta, casi, a un par de pasos de ella, rogando por verla, añorando una mirada suya como las que me solía dar, extraño su compañía, la extraño y añoro solo a ella y no puedo dejar de decirme que soy un imbécil, un imbécil que ha dejado ir a lo mejor de su vida. Y que, por causa de mi estupidez jamás volveré a tener.
La veo sentarse junto a la ventana, uno de sus pasatiempos favoritos. Una sonrisa triste que no llega a mis ojos, se asoma por mis labios, apenas una curvatura de manera involuntaria pero a la vez demasiado dolorosa y demasiado real como para ser ignorada. Veo como el dolor está presente en ese bello rostro, hermoso y frágil a la vez, preguntándome.
¿Cómo puede caber tanta belleza y tanta fragilidad, y a la vez tanta resiliencia, tanta valentía y tanta fortaleza en un solo ser?
En ese pequeño cuerpo de 1.65 cm con un inmenso ser. Que durante los últimos tres meses era lo primero que veía al despertar, y lo último que veía al anochecer. Que dio luz a mi vida como nadie más lo había hecho, me dio dirección y propósito. La dirección de que yo era y soy el único capaz de hallarla. El hermoso propósito de amarla. Y solo como única promesa me pidió fue que no la soltara, que no la dejara, con lágrimas en los ojos aquella promesa resonó entre los dos como algo más que una simple promesa, era un grito de auxilio, de un alma herida que había pasado por tanto en su corta vida. Aquel momento frágil y vulnerable. Bajo todas sus defensas derribando sus muros y sus miedos, permitiéndome pasar a una fortaleza impenetrable, para los demás, pero no para mí, me abrió su corazón, me mostro sus miedos y su mayor temor. El abandono.
El recuerdo de aquella tarde me azota fuertemente. Los dos yacíamos junto a la tumba de sus padres, mis suegros, cruelmente asesinados por la irresponsabilidad de un ebrio al volante.
Aquella vez la vi como lo que era, no como la huérfana de la que una vez me burle.
Sino como la joven que es lidiando sola contra el mundo entero desde los diecisiete años, con una vida arruinada y tres almas perdidas. Que no tuvieron el privilegio de ver un día más. Y ella, lidiando sola, tratando de sobrevivir, porque mi niña no vivía, ella sobrevivía, no sabía cómo, pero lo hacía.
¿Y que hice yo?
A la primera oportunidad que tuve, fue lo que hice, la solté, lo único que me pidió que no hiciera, fue lo que hice, la deje y no mire atrás, aun cuando su frágil y delgada mano se extendió frente a mí para tomarla como recordatorio de aquella promesa en aquel cementerio bajo un cielo gris y vacío, donde fui yo quien extendí mi mano, para tomarla, abrazarla y no soltarla. Aquella noche no lo hice, al contrario, solo me burle y la humille, delante de cientos de personas, fui cruel.
A la distancia, puedo ver en su perfecto rostro, en esos preciosos orbes grises, que me cautivaron desde la primera vez que los vi, el dolor… Un dolor que yo mismo cause y que no puedo ni podre sanar. Me pregunto… Aun así.
¿Qué pensara?
¿Qué estará recordando? Y la pregunta más cínica.
¿Me extrañara?
¿En serio Cristóbal? Me dice el pepito grillo que tengo por conciencia.
¿Más cínico no puedes ser? Pretendes que te extrañe después de lo que hiciste, más vergüenza y cinismo no puedes tener. Y si, así es, pero una parte de mí, una gran parte de mí, espera que así sea, que me extrañe como yo le extraño a ella.
Aún recuerdo la primera vez que la vi, cuando choque con ella y lo desgraciado que fui con mi muñequita, mi muñequita de porcelana, tan frágil pero tan fuerte como la roca. Y lo más hermoso es que ni ella misma lo sabía, aun no lo sabe, pero lo es. Y espero que pronto pueda ser consciente de su gran potencial.
RECUERDO…
Llegue temprano a la empresa de mi familia, mi padre y su mejor amigo eran socios y aún más cuñados, cuando el tío Anthony se enamoró de mi tía Camile, hermana menor de mi papá. Decir que estaba feliz era realmente poco, aunque trataba de disimularlo. Mi vida como la de mi primo, pronto cambiaria, seriamos los sucesores de nuestros padres, el momento para el cual nos han preparado desde muy jóvenes, ha llegado.