Aria, Sonia, Miguel y Lucila permanecieron escondidos detrás de la ventana de la biblioteca.
—Creo que Isabella no está sola —susurró Aria.
Miguel se acercó un poco más.
—¿Quién está con ella?
Aria intentó mirar nuevamente.
Pero la biblioteca estaba demasiado oscura.
Solo podía ver la sombra de una persona frente a Isabella.
—No puedo ver su cara.
Sonia miró hacia la puerta.
—¿Y si entramos?
Lucila abrió los ojos.
—¡¿Estás loca?! Si entramos nos van a ver.
—Entonces escuchemos —respondió Sonia.
Los cuatro se acercaron lentamente a la ventana.
Desde dentro se escuchó nuevamente la voz desconocida.
—Aria ya encontró demasiadas cosas.
Isabella respondió con voz baja.
—¡No fue mi culpa! Yo no sabía que encontraría la caja.
Aria apretó las manos.
—La caja...
Miguel la miró.
—Entonces sí saben sobre ella.
La persona desconocida caminó por la biblioteca.
—Y ahora tiene la fotografía.
—Intenté quitársela —respondió Isabella—, pero comenzó a sospechar.
Lucila abrió los ojos.
—¡Sabía que algo escondía!
Sonia miró a Aria.
Pero Aria permanecía completamente seria.
Desde dentro se escuchó un golpe.
¡PUM!
Todos dieron un pequeño salto.
—¿Qué fue eso? —susurró Miguel.
Aria se acercó nuevamente.
La persona desconocida había colocado una caja sobre una mesa.
Isabella se acercó.
—¿La encontraste?
—No.
—¡¿Cómo que no?!
La voz desconocida se quedó en silencio por unos segundos.
—Pero encontré esto.
Aria intentó mirar mejor.
La persona sacó un pequeño objeto.
Algo metálico.
Aria abrió mucho los ojos.
—No puede ser...
Miguel se acercó.
—¿Qué es?
—Es una llave.
Sonia miró a Aria.
—¿Como tus llaves?
Aria asintió lentamente.
—Pero yo solo tengo dos...
Dentro de la biblioteca, Isabella tomó la llave.
—¿Crees que es la tercera?
La persona desconocida respondió:
—Estoy seguro.
Aria sintió un escalofrío.
¿Una tercera llave?
De repente, Miguel pisó una pequeña rama.
¡CRACK!
Todos se quedaron completamente inmóviles.
Desde dentro de la biblioteca...
el silencio apareció.
Aria abrió los ojos.
—Miguel...
—Perdón —susurró él.
La persona desconocida habló.
—¿Escuchaste eso?
Isabella se acercó lentamente hacia la ventana.
—Hay alguien afuera.
Aria tomó la mano de Sonia.
—¡Corran!
Los cuatro comenzaron a correr.
—¡ARIA! —susurró Sonia mientras corrían.
—¡No hables, corre!
Detrás de ellos se escuchó la puerta de la biblioteca abrirse.
¡PUM!
—¡DETÉNGANSE!
Los cuatro corrieron todavía más rápido.
Lucila casi se tropieza.
Miguel la tomó del brazo.
—¡Cuidado!
Finalmente lograron llegar hasta una esquina y se escondieron.
Aria respiraba rápidamente.
—¿Nos vieron?
Sonia intentó mirar.
—No sé.
Durante varios segundos...
nadie habló.
Entonces, una sombra apareció al final de la calle.
Los cuatro se quedaron quietos.
Aria cerró los ojos.
—No nos movamos.
La sombra se acercaba.
Un paso.
Luego otro.
Aria apretó la mano de Miguel.
La persona estaba cada vez más cerca.
De repente...
—¿Qué hacen escondidos aquí?
Aria abrió los ojos.
—¡¿Antonella?!
Antonella estaba frente a ellos con los brazos cruzados.
—¡¿Qué están haciendo?!
Aria intentó sonreír.
—Eh...
Sonia respondió rápidamente.
—Jugando.
Antonella miró la calle vacía.
—¿Jugando escondidas en una esquina?
Lucila suspiró.
—Nos descubrió.
Antonella levantó una ceja.
—¿Qué estaban haciendo?
Aria bajó la mirada.
Por primera vez, no sabía si debía contarle.
Antonella era su familia.
Pero ahora...
Aria ya no sabía en quién podía confiar.
Recordó las palabras de la carta.
“No confíes en la persona que dice conocer toda tu historia.”
Antonella se agachó frente a Aria.
—Aria... ¿qué pasa?
Aria levantó lentamente la mirada.
—Antonella...
Miró a Sonia.
Después a Miguel y Lucila.
—Encontramos algo.
Antonella se quedó seria.
—¿Qué encontraron?
Aria sacó la fotografía de su bolsillo.
—Una pista.
Antonella tomó la fotografía.
Su sonrisa desapareció.
Aria se dio cuenta inmediatamente.
—¿Tú también conoces a ese niño?
Antonella levantó la mirada.
Y por unos segundos...
no respondió.
Aria dio un paso hacia atrás.
—Antonella...
—Aria, yo...
Pero antes de que pudiera terminar...
se escuchó una voz detrás de ellos.
—Así que ustedes también encontraron la fotografía.
Todos voltearon lentamente.
Era Isabella.
Aria se quedó paralizada.
Pero entonces...
la persona desconocida salió detrás de Isabella.
Su rostro seguía oculto por la oscuridad.
Y en su mano...
tenía la tercera llave.
Aria tragó saliva.
—¿Quién eres?
La persona dio un paso hacia adelante.
Por fin...
la luz de la calle iluminó su rostro.
Aria abrió los ojos.
—¡No puede ser...!