Aria permaneció completamente quieta.
La figura salió lentamente de la oscuridad.
Todos intentaban ver su rostro.
Dana fue la primera en reaccionar.
—No puede ser...
Aria volteó rápidamente hacia ella.
—¿Quién es?
La persona sonrió.
Finalmente, la luz iluminó su rostro.
Aria abrió los ojos.
—¡Damián!
Nicol dejó escapar un pequeño suspiro.
Sury se llevó una mano a la boca.
Jonathan dio un paso hacia atrás.
—Pensamos que no volverías.
Damián miró a todos.
—Yo también pensé que nunca regresaría.
Aria se acercó lentamente.
—¿Tú eres el hombre de la fotografía?
Damián asintió.
—Sí.
Aria apretó la tercera llave.
—¿Quién eres?
Damián miró directamente a Aria.
—Alguien que conoció a tu madre.
—Eso ya lo sé —respondió Aria—. ¡Todos dicen que conocieron a mi mamá, pero nadie me dice la verdad!
El silencio volvió a aparecer.
Damián bajó la mirada.
—Tienes razón.
Isabella se acercó.
—Damián, no tienes derecho a aparecer ahora.
Damián la miró seriamente.
—¿Y tú sí tienes derecho a seguir ocultándole cosas?
Aria observó a Isabella.
—¿Qué me estás ocultando?
Isabella respiró profundamente.
—Yo...
Damián interrumpió.
—Isabella sabía dónde estaba la tercera llave.
Todos voltearon a mirarla.
Antonella abrió los ojos.
—¿Qué?
Aria dio un paso hacia Isabella.
—¿Tú sabías?
Isabella comenzó a ponerse nerviosa.
—Yo solo sabía algunas cosas.
—¡¿Cuáles cosas?!
Isabella guardó silencio.
Damián caminó hasta la antigua puerta.
—La respuesta está aquí.
Aria lo siguió.
—¿Entonces abre la puerta!
Damián negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
Damián señaló las tres cerraduras.
—Las tres llaves deben ser colocadas por la persona a quien pertenecen las pistas.
Aria miró las llaves.
—Yo.
Damián asintió.
Aria se acercó nuevamente a la puerta.
Pero antes de colocar la tercera llave...
miró hacia Isabella.
—¿Qué era lo que querías decirme?
Isabella permaneció en silencio.
Nicol se acercó a ella.
—Isabella.
Isabella cerró los ojos.
—Yo tenía envidia de Irene.
Todos quedaron sorprendidos.
Aria frunció el ceño.
—¿De mi mamá?
Isabella asintió.
—Sí.
Su voz comenzó a temblar.
—Cuando éramos jóvenes, todos hablaban de Irene. Ella era amable, querida, valiente...
Isabella bajó la mirada.
—Y yo sentía que nunca era suficiente.
Aria escuchaba sin decir nada.
—Después, cuando tú naciste... —continuó Isabella— todos comenzaron a hablar de ti.
Aria abrió los ojos.
—¿Por eso me trataste mal?
Isabella comenzó a llorar.
—Sí.
Antonella se quedó seria.
—Isabella...
—¡No estoy orgullosa de eso! —dijo Isabella—. Me avergüenzo de la forma en que traté a una niña que no había hecho nada malo.
Aria bajó la mirada.
Recordó muchas cosas.
Las palabras crueles.
La tristeza.
La vez que Isabella rechazó la flor.
Pero ahora...
Isabella estaba frente a ella.
Reconociendo todo.
—¿Por qué ahora? —preguntó Aria.
Isabella levantó la mirada.
—Porque tuve miedo.
—¿De qué?
—De perderte.
Aria se quedó inmóvil.
Isabella continuó:
—Cuando comenzaste a buscar las pistas, pensé que descubrirías cosas que podían separarnos. Y aunque yo fui quien te hizo daño... no quería perder la oportunidad de pedirte perdón.
El silencio llenó nuevamente la biblioteca.
Aria miró a Isabella.
—Todavía estoy enojada contigo.
Isabella asintió.
—Lo entiendo.
—Y no sé si puedo confiar completamente en ti.
—También lo entiendo.
Aria respiró profundamente.
—Pero gracias por decir la verdad.
Isabella sonrió con lágrimas en los ojos.
—Gracias por escucharme.
Damián observó a Aria.
—Ahora tienes una decisión que tomar.
Aria miró las tres llaves.
Después miró a su familia.
Sus amigos.
Y finalmente a Isabella.
Dana apareció nuevamente detrás de todos.
—Mamá...
Aria volteó.
—¿Qué pasa?
Dana señaló la puerta.
—Si vas a abrirla, tienes que hacerlo ahora.
Aria respiró profundamente.
Tomó la tercera llave.
CLIC.
La última cerradura se abrió.
La puerta comenzó a moverse lentamente.
CRRRR...
Un fuerte viento salió desde el interior.
Todos dieron un paso hacia atrás.
Aria cubrió sus ojos.
Cuando el viento se detuvo...
la puerta estaba completamente abierta.
Dentro había una habitación.
Una habitación llena de fotografías.
Cartas.
Cajas.
Y recuerdos.
Aria entró lentamente.
En el centro había una pequeña mesa.
Sobre ella descansaba algo que hizo que Aria se detuviera.
Era una última carta.
Tenía escrito su nombre.
“Para Aria, cuando llegue el momento.”
Aria se acercó lentamente.
Pero cuando intentó tomarla...
Dana gritó desde atrás.
—¡NO!
Todos se quedaron paralizados.
Aria retiró la mano.
—¿Qué pasa?
Dana tenía una expresión de miedo.
—Esa no es la carta final.
Aria miró el sobre.
—¿Entonces qué es?
Dana comenzó a caminar hacia ella.
—Es la carta que cambia todo.
Aria volvió a mirar su nombre escrito.
Y por primera vez...
tuvo miedo de abrir una pista.