Aria seguía mirando la puerta por donde Isabella había salido.
La carta todavía estaba entre sus manos.
“No confíes en la persona que dice conocer toda tu historia.”
Sonia fue la primera en hablar.
—¿De verdad crees que se refiere a Isabella?
Aria bajó la mirada.
—No lo sé...
Miguel se acercó a ella.
—Pero su reacción fue muy rara.
Lucila cruzó los brazos.
—Demasiado rara.
Aria recordó el momento en que Isabella vio la fotografía.
Su cara.
Su preocupación.
Y la forma en que intentó quitarle la carta.
—Ella conocía al niño de la fotografía —dijo Aria lentamente.
—¿Cómo sabes? —preguntó Sonia.
—Porque cambió completamente cuando lo vio.
Miguel tomó la fotografía y volvió a observarla.
—Entonces tenemos que averiguar quién es.
Aria asintió.
—Pero primero quiero leer la carta completa.
Todos se acercaron nuevamente.
Aria revisó el papel.
Pero la frase que habían leído era la única que estaba escrita.
—¿Solo dice eso? —preguntó Lucila.
—Sí...
Aria dio vuelta a la carta.
Nada.
La acercó a la luz de la ventana.
Nada.
Sonia comenzó a observar la fotografía.
—Esperen...
Aria se acercó.
—¿Qué pasa?
Sonia señaló el fondo de la imagen.
—Miren eso.
Detrás de Irene y del niño había un edificio.
Miguel abrió los ojos.
—¡La biblioteca!
Aria tomó la fotografía.
—No puede ser...
Reconoció inmediatamente las grandes ventanas y la antigua puerta.
Era la misma biblioteca donde habían encontrado varias pistas años atrás.
—Tenemos que volver —dijo Aria.
Lucila miró el reloj.
—Pero ya casi está oscureciendo.
Aria guardó la fotografía.
—Mañana.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Todos dieron un pequeño salto.
Era Nicol.
—¿Qué hacen ustedes aquí encerrados?
Aria rápidamente escondió la carta detrás de su espalda.
—Nada.
Nicol levantó una ceja.
—Aria.
—Bueno...
Sonia intervino.
—¡Estábamos hablando!
Nicol miró a los cuatro.
—¿Y por qué tienen esas caras?
Miguel respondió rápidamente:
—Porque hablamos de cosas importantes.
Lucila soltó una pequeña risa.
Nicol suspiró.
—Bueno, bajen a comer antes de que la comida se enfríe.
—Ya vamos —respondió Aria.
Cuando Nicol salió, Aria volvió a sacar la carta.
—No le digan nada a nadie todavía.
Sonia abrió los ojos.
—¿Ni siquiera a Nicol?
Aria dudó.
—No hasta saber qué significa todo esto.
Miguel asintió.
—Entonces será nuestro secreto.
Lucila sonrió.
—Otra vez somos detectives.
Los cuatro bajaron para cenar.
Pero durante toda la comida, Aria no podía dejar de observar a Isabella.
Ella estaba sentada al otro lado de la mesa.
Hablaba poco.
Casi no miraba a nadie.
Y cuando Aria la observaba...
Isabella apartaba la mirada.
Aria apretó lentamente el tenedor.
¿Qué estaba ocultando?
De repente, Isabella se levantó.
—Voy a salir un momento.
Nicol la miró.
—¿A dónde vas?
—Solo necesito aire.
Isabella tomó su bolso y salió de la casa.
Aria observó la puerta.
Luego miró a sus amigos.
Sonia ya había entendido.
—No.
Aria levantó una ceja.
—¿No qué?
—No vamos a seguirla.
Miguel miró a Aria.
—¿La vas a seguir?
Lucila sonrió.
—Claro que la va a seguir.
Aria intentó disimular.
—Yo no dije eso.
Los tres la miraron en silencio.
Aria suspiró.
—Bueno...
Se levantó lentamente de la silla.
—Solo vamos a ver a dónde va.
—¡ARIA! —susurró Sonia.
Miguel se levantó también.
—Yo voy contigo.
—Yo también —dijo Lucila.
Los cuatro salieron cuidadosamente de la casa.
Desde lejos vieron a Isabella caminando por la calle.
La siguieron manteniendo cierta distancia.
—Esto es una mala idea —susurró Sonia.
—Pero ya estamos aquí —respondió Lucila.
Isabella dobló una esquina.
Los cuatro amigos se escondieron rápidamente detrás de un árbol.
—¿La ven? —preguntó Aria.
Miguel señaló hacia adelante.
—Sí.
Isabella había llegado a un lugar que Aria conocía muy bien.
La antigua biblioteca.
Aria abrió los ojos.
—No puede ser...
Isabella miró hacia ambos lados.
Después entró rápidamente.
Aria apretó la fotografía que llevaba en su bolsillo.
—Ella también sabe que la fotografía tiene algo que ver con este lugar.
Miguel miró la entrada.
—¿Qué hacemos?
Aria respiró profundamente.
—Entramos.
Los cuatro caminaron lentamente hacia la biblioteca.
Pero antes de llegar a la puerta...
Aria escuchó una voz desde el interior.
Una voz desconocida.
—Por fin llegaste, Isabella.
Todos se quedaron inmóviles.
Aria se acercó lentamente a una de las ventanas.
Intentó mirar dentro.
Y entonces escuchó algo que hizo que su corazón comenzara a latir más rápido.
—Tenemos que encontrar la carta antes que Aria.
Aria abrió los ojos.
Miguel se acercó.
—¿Qué dijeron?
Aria retrocedió lentamente.
Su rostro estaba lleno de preocupación.
—Creo que...
Miró la puerta de la biblioteca.
—Creo que Isabella no está sola.