En las arenas de Egipto sé que algo nunca podrá cambiar: mi deseo de volver a verte algún día.
Sé que han pasado veinte inundaciones desde tu partida, pero también sé que el destino es inclemente. Entregada al servicio de Anubis, solo mis cánticos y ritos aplacan su ira ante las catástrofes que amenazan con azotarnos.
Mi vida está encadenada a un ser tan destructivo como cruel... pero el consuelo de encontrar tu mirada reflejada en la de Horus es mi mayor alivio.
No es solo un destino marcado por el oro y el incienso; es también una plegaria a los dioses para que se apiaden de nosotros... y de todo lo que el templo desatará a nuestro alrededor.