Susurros en el templo

Capítulo 3: El cantar del dios de la noche

Nefretari

El oscuro esplendor de sus ojos, que pareció encenderse al sostener mis brazos, provocó una reacción tan profunda en mi cuerpo que el calor me subió de golpe a las mejillas. Mi piel, dormida durante dos décadas, despertó ante su tacto con una urgencia aterradora. Entendí en ese instante que tenerlo tan cerca era una respuesta inquietante que no deseaba descubrir.
Pero, bajo mi armadura de lino y oro, mis emociones se atrevían a reclamar. Voces y llantos contenidos durante veinte inundaciones arañaban mi garganta, exigiendo respuestas a preguntas que ni siquiera habíamos formulado aún.
Me solté de su agarre con brusquedad, dando un paso atrás.
—Khepri, será mejor que nos veamos en otro momento... Este no es el lugar ni el tiempo —murmuré, lanzando miradas ansiosas hacia el corredor—. Si alguna de las sacerdotisas o doncellas del templo nos viera...
—Por favor, es de vital importancia. No me habría arriesgado a abordarte aquí si no lo fuera —insistió, bajando la voz—. Permite que la gran sacerdotisa de Anubis guíe mis palabras con la verdad.
—¡Calla! —le corté de inmediato, horrorizada—. ¡No invoques al dios a menos que de verdad estés dispuesto a soportar su ira ante tus palabras impuras!
—Nefretari, mírame —exigió con una intensidad que me cortó la respiración—. Esto es verdaderamente importante.
Tragué saliva, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas.
—Está bien... —cedí al fin—. Pero tendremos que movernos. El servicio de ofrendas está por comenzar y este pasillo se llenará de ojos.
Con pasos rápidos y silenciosos, lo guié por los corredores apartados hasta llegar a un patio interior a cielo abierto. En el centro descansaba el estanque sagrado de purificación. El agua cristalina estaba cubierta por enormes flores de loto blanco, y la luz del sol del mediodía arrancaba destellos dorados que se reflejaban en los muros de piedra. Era un rincón divino, aislado del mundo.
Me giré hacia él, cruzándome de brazos a modo de escudo.
—Habla rápido.
—Tiene que ver con un asunto delicado del palacio —comenzó Khepri, midiendo cada palabra—. Al parecer, se están dando ciertas irregularidades y desvíos en los suministros militares. Y tu esposo es el Guardián de las Riquezas. Él es la persona que supervisa todos los bienes del imperio, ¿me equivoco?
El desconcierto me golpeó antes que la indignación.
—¿Qué estás tratando de insinuar, Khepri? —siseé, apretando los dientes—. Mi esposo podrá ser un hombre implacable, hosco y ambicioso, ¡pero no es un estúpido! ¡Él jamás se atrevería a robar los bienes del faraón! Sabe perfectamente el castigo que le esperaría.
—Sé que así lo piensas. Conozco su reputación de servicio intachable frente a la corte... pero algo me resulta profundamente sospechoso en los últimos registros que han llegado de Men-nefer Y necesito tu ayuda para confirmarlo.
El aire se me atascó en los pulmones. Una risa amarga, cargada de veinte años de dolor, escapó de mis labios.
—¿Mi ayuda? —El dolor cedió paso a una furia ciega—. ¿Después de tantos años, regresas de la nada, como una plaga sobre Egipto, y me pides ayuda como si el tiempo no hubiera pasado? ¿Qué es lo que deseas, Khepri? ¿Terminar de destruirme?
—Nefretari... sé que nuestro pasado no terminó como debía. —Su voz se quebró una fracción de segundo, revelando la grieta en su propia armadura—. Y sé que sería una bendición inmerecida que me dieras una oportunidad de explicarme. Aceptaría hasta tu desprecio con tal de que me escucharas. Pero esto... esto es algo que nadie más puede hacer. Solo tú tienes acceso a su morada, a sus pergaminos privados.
—¡Eres un ingenuo! —le espeté, dando un paso furioso hacia él, ignorando el peligro—. ¿Acaso no ves lo que me estás pidiendo? ¡Si Sennefer se entera de tus sospechas, si me descubre husmeando en sus asuntos políticos... me destrozará! Además, los muros en Uaset tienen oídos, Khepri. No estamos solos del todo. Será mejor que te marches ahora mismo.
Me di la media vuelta, dispuesta a huir de él y del abismo al que me estaba arrastrando, pero su voz me detuvo.
—Por favor, piénsalo, Nefretari. Te lo ruego... No me escuches como el hombre al que una vez valoraste, escúchame como alguien que intenta evitar que la guerra devore este imperio desde adentro.
Lo miré por última vez antes de continuar mi camino, pero me detuve a un paso de distancia, soltando las palabras como veneno:
—Ruega que la ira de la diosa Sekhmet no me posea y te devore como carne fresca, Khepri. Porque, lamentablemente, esta no será una espera fácil. Necesito tiempo.
—Lo comprendo, Nefretari. —Su mirada se suavizó, pero no retrocedió—. Si está en tu voluntad ayudarme, podrás encontrarme en el palacio durante las primeras horas de la mañana.
—No cantes victoria, consejero. Que Horus te guíe de regreso... Yo debo resolver otros asuntos.
Me retiré dejándolo atrás. El pecho se me oprimía con tanta fuerza que la ira contenida me producía náuseas, pero a eso se sumó una punzada aguda en las sienes. Sabía lo que significaba: la visión de sangre que había tenido regresaba para atormentarme. Las palabras de Khepri solo lograron que pidiera clemencia a todos los dioses para evitar ver la muerte derramada tan pronto ante mis pies.
Caminé apresurada hasta la estancia asignada para mi preparación. Al entrar, el corazón me dio un vuelco al encontrar al Sumo Sacerdote aguardándome. Mi día no podía estar más cargado; tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para disimular cualquier rastro de agitación que pudiera levantar sus sospechas.
—Sumo Sacerdote... —murmuré, inclinando levemente la cabeza, incapaz de ocultar del todo mi nerviosismo—. ¿A qué debo el honor de su presencia aquí?
—Nefretari, muchas cosas están aconteciendo cerca del trono —comenzó, con un tono grave que resonó en los muros de piedra—. Desde la llegada del nuevo consejero y su familia, hasta las próximas celebraciones en honor al Faraón Tutmosis. Como bien sabes, los rebeldes de Kush se agitan en el sur y los Shasu desafían nuestras fronteras. Se avecinan tiempos de guerra. El Faraón marchará pronto para aplastar a los enemigos de Egipto, y debemos apaciguar a los dioses para que nuestro pueblo sepa que estamos protegidos.
Se acercó un paso, posando una mano solemne sobre mi hombro.
—Al ser la sacerdotisa principal, el Faraón ha solicitado que seas tú quien bendiga a sus tropas. Necesitamos que les otorgues toda la gracia y protección de Anubis antes de que partan al campo de batalla. Confío en ti para esta labor; tus cánticos son los más puros del templo. Pero esto implicará una preparación muy exhaustiva. Debes llevarla a cabo con absoluta seriedad, ¿lo comprendes?
—Lo comprendo, Sumo Sacerdote, y como siempre, agradezco su benevolencia y la confianza depositada en mí —respondí, bajando la mirada—. Le pediré a las doncellas que comiencen mi purificación cuanto antes para los rituales previos. Pero... hay algo más que debo mencionarle.
Él entrecerró los ojos, adivinando mi tormento.
—¿Es sobre tus visiones?
—Sí... —La voz me tembló ligeramente—. Tengo un temor tan profundo arraigado en el pecho. Temo que la oscuridad caiga sobre nosotros y que las aguas del Nilo se tiñan por completo de sangre.
—No te aflijas, hija mía. —Su tono se volvió más paternal—. ¿Recuerdas cómo canalizarlas para no perder la cordura?
—Sí, y se lo agradezco. Pero esta última visión ha sido tan perturbadora que no estoy segura de que deba simplemente ignorarla.
—Todo a su ritmo y tiempo. Egipto está bajo el fuerte brazo de Tutmosis, es una época de gloria, Nefretari. No permitas que el miedo nuble tu deber. Me retiro, pero prométeme que sosegarás tu espíritu y comenzarás tu preparación.
—Así será... Gracias.
Cuando se marchó, la inquietud no hizo más que crecer. Canalizar las visiones y tratar de encontrarles un matiz de esperanza no era una solución real. Eran un peso que me perseguía desde pequeña, y con el don de Anubis, se habían vuelto abrumadoras.
Pero no había tiempo para lamentos. Las pesadas cortinas de lino se abrieron y tres jóvenes doncellas entraron, listas para prepararme. En silencio, limpiaron mi cuerpo con agua mezclada con natrón para purificarme, retiraron mis prendas terrenales y mis alhajas cotidianas. Untaron mi piel con aceites sagrados de flor de loto y espolvorearon oro muy fino sobre mis hombros y clavículas, marcando la pureza de mi cuerpo sagrado.
Me vistieron con una túnica de lino translúcido, cuyos pliegues estaban meticulosamente planchados para simular los pétalos de una flor en su apogeo. Me colocaron pesados brazaletes de oro y lapislázuli, y una peluca ceremonial, ligera y delicada, adornada con hilos dorados. Enmarcaron mis ojos oscuros con espeso kohl negro, alargando la línea hasta las sienes. Al terminar, las tres hicieron una reverencia y se retiraron, dejando sobre el altar de piedra el cuenco de alabastro con el agua sagrada del Nilo que debía ofrendar.
Al caminar por la columnata del patio principal, los sacerdotes, las ureshut que velaban los altares y las uabut detuvieron sus labores, haciendo una reverencia ante mi paso. Alcé el cuenco y, guiada por la suave música de los sistros y las arpas, comencé una danza sutil. El mundo desapareció. Éramos solo Anubis y yo.




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