Susurros en el templo

Capítulo 5: Pacto en la sombra

Nefretari

El palacio de Amenhotep II no era un lugar para los débiles, y mucho menos en vísperas de guerra. Desde el interior de mi palanquín, a través de las finas telas del lino que cubrían mi cabeza, el sonido del bronce forjándose, el marchar de los soldados y los gritos de los comandantes me golpearon como una ola de calor en pleno desierto.

Le pedí a mis sirvientes que se mantuvieran lo más alejados posible de las entradas o de la vista de la guardia. No quería que nadie pudiera informar a Sennefer de mi visita al palacio del Faraón.

—Mi señora, ¿está segura de esto? —susurró Aset, asomándose apenas—. ¡Alguna de las doncellas de la Gran Esposa Real la podría reconocer! O peor aún, ¡algún sacerdote del palacio podría estar cerca!

—Tranquila, Aset. Sé cómo esconderme por estos pasillos; seré una sombra entre las columnas. Por otro lado, recuerda tener a la mano el vino cuando regresemos.

—Sí, mi señora, lo tengo preparado, no se preocupe. Estaré atenta y le rogaré a nuestro señor Anubis que los dioses la protejan.

—Gracias, Aset.

Ingresé por uno de los pabellones del palacio con la ayuda de un guardia de confianza. Él me conocía bien; tiempo atrás yo había apoyado a su familia cuando su hijo menor falleció a causa de una enfermedad, guiando su espíritu para que cruzara el Campo de los Juncos de la mano de Anubis. En agradecimiento, me ayudó sin cuestionarme.

—Suma Sacerdotisa, dentro estará un joven soldado que la ayudará a llegar segura hasta el consejero real —murmuró el guardia, sin mirarme a los ojos—. Pero por favor, trate de mantener la vista baja. Casi todos en el palacio la conocen y no pasará desapercibida.

—Te lo agradezco infinitamente.

Mientras caminaba, mi cuerpo se tensó. Acostumbrada al silencio sepulcral del templo de Anubis, el ruido del poder terrenal me mareaba. Pero el terror a Sennefer era un motor mucho más fuerte que mi incomodidad.

El palacio del Faraón era un laberinto, una trampa mortal para la gente común que fácilmente caería rendida si no conociera cada rincón. A pocos pasos encontré al joven soldado que me guio hacia el ala estratégica. Los corredores estaban repletos de escribas y visires que iban de un lado a otro con rollos de papiro, pero mi túnica blanca y el aura de misterio que me rodeaba los hacían apartarse instintivamente.

Cuando las pesadas puertas de madera de cedro se abrieron frente a mí, el aire abandonó mis pulmones.

Khepri estaba de pie frente a una enorme mesa de piedra, analizando mapas trazados sobre las rutas hacia Retenu. Llevaba el torso desnudo, adornado solo por el ancho collar de su cargo y los brazaletes de oro que resaltaban las cicatrices que el tiempo y las batallas habían tallado en su piel. Ya no era el hombre desesperado que me había suplicado en el templo; era un comandante en su elemento, letal e imponente.

Al levantar la vista y encontrar mis ojos bajo el manto de lino, el tiempo pareció detenerse en la sala.

—Déjenme a solas con la noble dama —ordenó Khepri, su voz grave resonando sin admitir réplica.

Los escribas y guardias hicieron una reverencia rápida y abandonaron la sala, cerrando las pesadas puertas tras de sí. El silencio que se instaló entre nosotros era denso, casi palpable.

Él acortó la distancia con pasos firmes. Se detuvo a centímetros de mí, tan cerca que podía percibir el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a mirra y cuero. Con una lentitud que me hizo temblar, levantó las manos y retiró el manto de lino de mi cabeza.

Sus ojos oscuros recorrieron mis facciones, deteniéndose en las sombras bajo mis ojos y en la rigidez de mis hombros.

—Estás temblando —murmuró. No era una pregunta.

—El frío de la mañana, consejero —mentí, obligándome a levantar el mentón con orgullo.

—No me mientas, Nefretari. No aquí. No cuando has arriesgado tu vida para venir a buscarme. —Su mirada se endureció con una mezcla de preocupación y urgencia—. ¿Qué ha pasado?

Tragué saliva, recordando la pesadilla de la noche anterior. Las manos de Sennefer, los papiros, la asquerosa túnica.

—Tenías razón —confesé por fin, en un susurro que me desgarró la garganta—. Los registros militares. Ayer por la noche, vi la mesa de mi esposo repleta de tablillas y papiros provenientes de Men-nefer. Sennefer está a la defensiva. Presiento que está alterando los suministros de la campaña hacia Retenu. Le está robando al Faraón. Como tú mencionaste, Khepri... esta sensación de inquietud es algo que no me dejaba tranquila.

Khepri cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro pesado, como si acabara de confirmar sus peores temores.

—Ese maldito infeliz... —masculló, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Tengo pruebas de que faltan lanzas de bronce y raciones de grano, pero no tenía cómo conectar el desfalco directamente a su sello. Con esto, puedo presentarlo ante el Faraón y...

—¡No! —Lo interrumpí, agarrando instintivamente su antebrazo. El contacto de su piel cálida bajo mis dedos me dio una sacudida, pero no lo solté—. Si lo denuncias, si el Faraón Amenhotep descubre su traición, su ira no solo caerá sobre Sennefer.

Khepri bajó la mirada hacia mi mano aferrada a él, y luego volvió a mirarme a los ojos.

—Yo soy su esposa —continué, con la voz quebrada por el pánico—. Compartiré su destino y su deshonra. Me ejecutarán a su lado, Khepri. ¿Es ese tu plan? ¿Lanzar a los cocodrilos a la casa del Guardián de las Riquezas y usarme como daño colateral? ¡Además, mi cargo en el templo de Anubis! ¡Sabes lo que me costó llegar hasta donde estoy! No fue por mi tío ni por lo que la gente diga de mis dones. ¡Es por lo que soy, Khepri, y eso es algo que tú nunca podrás entender! ¡No pienso ser una deshonra para los dioses!

—¡Jamás! —Su respuesta fue un rugido contenido. En un movimiento rápido, cubrió mi mano con la suya, atrapándola contra su piel—. Antes dejo que la arena del desierto me trague vivo que permitir que un solo cabello tuyo sea tocado. ¿Me crees capaz de condenarte?




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