Nefretari
El lino fino de mi túnica rozó la piel de mis hombros y tuve que apretar los dientes para no dejar escapar un quejido.
En la quietud de mis aposentos, la primera luz del alba comenzaba a colarse a través de los altos tragaluces de celosía de madera, recortando sombras cuadradas sobre las esteras de papiro que cubrían el suelo. Pero la amargura que quemaba mi pecho era más pesada que las marcas de la noche anterior.
En mi mente ardía el deseo recurrente de escapar de todas estas cadenas, de dejar que mi alma volara de una vez hacia el Valle de los Juncos, donde no existieran las ataduras ni el dolor de este mundo.
Me dirigí como una sombra sin rumbo hasta sentarme frente a la mesilla de ébano e incrustaciones de marfil. Sobre ella, el espejo de bronce bruñido —con su mango tallado en forma de flor de loto— me devolvió una imagen apagada.
Dejé que el silencio fuera mi único refugio, hasta que una voz suave me arrancó del trance.
—Mi señora... disculpe la interrupción, pero será mejor que comience a prepararla. Debe ir al templo con urgencia; llegó un mensaje del sumo sacerdote a las primeras horas del alba.
—¿El sumo sacerdote? Pero... ¿qué asunto será de tanta urgencia? Está bien, Aset, te lo agradezco.
Le dediqué una mirada cálida. Aset había llegado a la casa de mi padre siendo apenas una niña de cinco años, vendida junto a su madre como esclava. La mujer había partido a los pocos años al reino de los muertos por una grave dolencia de los pulmones, dejando a la pequeña bajo mi amparo. Con el tiempo se convirtió en mi criada personal, pero los años compartidos y la lealtad mutua hicieron que la viera como a una hermana menor a la que siempre debía proteger.
Aset se movía a mi alrededor con una delicadeza reverencial. Destapó una vasija de alabastro y, con un pequeño palillo de hueso, comenzó a aplicar el kohl oscuro alrededor de mis ojos.
El trazo frío y denso no era un simple adorno para embellecer la mirada; era la barrera sagrada contra el mal de ojo, la sombra de Horus que protegía mi Ba de las maldiciones y alejaba a los insectos nacidos del polvo del desierto. Con cada línea negra que enmarcaba mis ojos, sentía que levantaba un muro entre el mundo y yo.
Luego, colocó la pesada peluca ceremonial sobre mi cabello, que llevaba cortado casi al ras como dictaba la costumbre de la nobleza para soportar el calor sofocante de Uaset.
Finalmente, abrochó sobre mi pecho un collar usekh de oro del que colgaba un escarabeo de lapislázuli y un pequeño ojo udyat. Sentí el frío peso de los amuletos contra mi clavícula: no eran simples joyas, eran el recordatorio constante de mi rango y del poder divino que me respaldaba.
—¡Mi señora, está hermosa! Sé que la diosa Hathor la rodea en abundancia esta mañana —dijo Aset, con una chispa de alegría sincera en los ojos y una sonrisa dulce.
—Gracias, mi querida Aset. Tus palabras siempre reconfortan mi Ba —respondí, tomando su mano un instante para devolverle el gesto.
Antes de que pudiera retirarse, la gruesa puerta de madera de cedro se abrió de par en par.
Sennefer cruzó el umbral.
Aset hizo una reverencia impecable y se escurrió de la estancia con la rapidez de un gato asustado ante la presencia de una cobra.
Instintivamente, mi espalda se tensó. Sin embargo, el hombre que entró no era el amo brutal y despiadado de la noche anterior. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa afable y despreocupada.
Al pasar junto al pequeño altar de terracota que guardaba nuestras estatuillas domésticas, dejó caer con desdén un anillo de plata de buen peso en la bandeja de las ofrendas, asegurándose de que las criadas que limpiaban el pasillo lo vieran.
—Que los dioses bendigan la belleza de mi esposa —dijo con voz cálida y limpia, acercándose para depositar un beso casto sobre mi frente—. Has de estar fatigada por las ceremonias del templo, amada mía. Me aseguraré de que hoy las despensas rebosen de las mejores granadas y uvas para ti.
—¡Ja! Tanta dicha brotando de tus labios no es más que la máscara para ocultar algo que dominas muy bien. Sé perfectamente que raras veces te han importado mis ofrendas o mis deberes con Anubis.
—¡Pero qué tonterías dices! —exclamó, rodeando la silla hasta colocarse detrás de mí. Sus manos se posaron sobre mis hombros y se inclinó para susurrarme al oído con voz emponzoñada—: Además, tan hermosa joya del Nilo siempre trae la bendición a nuestro hogar... Aunque sabes muy bien que estas joyas y este oro que cubren tu cuello existen gracias a mí.
Sus dedos me apretaron los hombros con fuerza contenida mientras sonreía al espejo.
—Entre tus palabras corrientes y tu hipocresía, no sé cuál me da más repugnancia —repliqué, zafándome de su agarre con firmeza y levantándome para encararlo.
Sennefer me dio la espalda y caminó hacia el muro de adobe enyesado, decorado con frescos de jeroglíficos y escenas sagradas. Deslizó los dedos por la pintura fría antes de soltar las palabras que tenía guardadas:
—Tuve un sueño... Uno en el que las aguas del Nilo se volvían negras como la noche, y enormes cocodrilos salían del cauce para arrastrarse hacia el palacio, buscando al faraón... Tú sabes lo que significa, ¿verdad?
—Tus sueños no son más que el reflejo de la avaricia que te corrompe desde hace años. Además, si el mismísimo dios Sobek reclamara tu carne a su lado, yo misma lanzaría tus restos al río. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos más importantes que atender.
Me volví para salir, pero Sennefer me sujetó del brazo con violencia, tirando de mí para obligarme a mirarlo a los ojos. Exigía una respuesta; sabía que yo comprendía el presagio de ese Nilo negro y los devoradores de Sobek acechando al rey, pero no pensaba darle el placer de interpretarlo para él.
Antes de que la disputa escalara, el sonido de pasos apresurados resonó en el patio interior. Un mensajero, cubierto por el polvo rojizo de los caminos y sudando bajo el sol naciente, se arrodilló sobre el pavimento. Sostenía en sus manos un rollo de papiro sellado con arcilla fresca.