Susurros en el templo

Capítulo 6: El trofeo de guerra

Nefretari

Guardé la pieza de oro con la extraña insignia y el informe de suministros en el compartimento secreto de mi cofre de incienso, el único rincón de la hacienda que Sennefer jamás se atrevería a profanar por temor a la ira devoradora de Anubis. Mi corazón percutía contra mis costillas con un galope salvaje mientras el veneno suave de la amapola mantenía a mi esposo sumido en un letargo profundo sobre el lecho.

Aproveché el momento para escribir una nota rápida para Khepri. Era vital que la leyera junto con la información que había descubierto; de esta forma, sabría que por mi parte ya había comenzado la búsqueda de la verdad. Al terminar, escondí la nota dentro de un compartimento revestido en el fondo de mi joyero para que pasara desapercibida. Tendría que buscar la manera de entregársela lo antes posible, y la cena del Faraón parecía la única oportunidad.

Pero el tiempo es un aliado traicionero. En medio de los afanes del día, no me percaté de que habían transcurrido un par de horas hasta que el retumbo de un carro de guerra y el golpe de los cascos sobre la grava del patio principal rasgaron la pesada calma del mediodía.

—¡Mi señora! —entró Aset a mis aposentos, sofocada y con los ojos desorbitados por la emoción—. ¡Han llegado desde el Kap! ¡Es el joven amo!

El peso de la traición, los papiros robados y la conspiración se disiparon de golpe. Mi alma entera dio un vuelco. Mi hijo.

Olvidé la prudencia, el peligro y a Sennefer. Acomodé mi túnica de lino y salí a toda prisa hacia el patio, sintiendo que el aire me faltaba en la garganta.

Allí, bajo el sol implacable de Ra, un carro de bronce y cedro acababa de detenerse. Al descender de él, la imagen del niño al que había despedido años atrás se desvaneció por completo. En su lugar se erguía un hombre hecho y derecho de veinte años. Imponente, de hombros anchos, porte firme y la piel bronceada por el implacable entrenamiento militar. Llevaba el faldellín de la guardia de élite y un khopesh de bronce colgado del cinto que atestiguaba su grado de oficial.

—¡Amón-Ra! —el nombre se me escapó en un sollozo ahogado.

Corrí hacia él rompiendo toda compostura de Suma Sacerdotisa. Lo envolví en mis brazos con desesperación, buscando el aroma a loto y niñez que guardaba en la memoria, pero ahora su olor era el del sol bañando su piel, forjada por el bronce de las armas y el polvo del desierto.

—Madre —dijo él. Su voz ya no era la de un muchacho; era grave, profunda, contenida.

Me devolvió el abrazo, pero no con el calor que mi corazón hambriento anhelaba. Había una rigidez formal en su espalda, una distancia aprendida. Cuando me aparté levemente para enmarcar su rostro entre mis manos temblorosas, me recibió la mirada altiva de los nobles... y una frialdad que me heló la sangre.

—Mírate... has crecido tanto —susurré, sintiendo el ardor de las lágrimas reprimidas—. Los dioses escucharon mis plegarias para traerte de regreso a salvo. Fueron tantas las noches en las que miraba el cielo pidiendo por ti, mi amado hijo.

Amón-Ra esbozó una sonrisa y, aunque su postura era la de un hombre renacido por la formación militar, en sus ojos pude distinguir un destello de calidez.

—Madre... Los dioses no me enseñaron a sostener la lanza ni a domar tres caballos al galope. Entiéndelo: fue el sudor, la disciplina y la fuerza. Las oraciones no ganan batallas en el desierto. Además, ya no soy el pequeño que corría a tu lado en los campos de cultivo junto al Gran Nilo... Ahora soy una estrella que espera honrar al Faraón.

Esas palabras, pronunciadas con la misma soberbia con la que Sennefer despreciaba el arte sagrado, me atravesaron como un puñal. Era la sensación agridulce de ver aquel recuerdo roto, convertido en un veneno sigiloso que rodeaba su cuerpo.

En ese instante, los pasos pesados de Sennefer resonaron a nuestras espaldas. El somnífero aún lo mantenía aletargado y torpe, pero la ambición de ver a su heredero lo había arrastrado fuera de la cama a la fuerza.

—¡Ahí está el orgullo de la casa! —exclamó Sennefer, abriendo los brazos con una teatralidad repulsiva.

La transformación de Amón-Ra fue instantánea. La distancia que me había mostrado a mí se convirtió en una devoción ciega frente a él. Se inclinó en una reverencia impecable.

—Padre. He vuelto para honrar a nuestra casa y servir al Faraón.

Sennefer lo sujetó por los hombros con brusquedad, apretándolo contra sí y lanzándome una mirada cargada de un triunfo cruel. Le había lavado el cerebro a la distancia. Durante tantos años, mientras yo soportaba su tiranía en el templo y en el lecho, Sennefer se había encargado de enviarle cartas, armas de regalo y promesas de gloria militar, moldeando la mente de mi hijo a su vil imagen y semejanza.

—Llegas en el momento preciso, hijo mío —dijo Sennefer, pasándole un brazo por encima para guiarlo hacia el interior de la residencia, relegándome a una sombra inútil—. La campaña hacia Retenu es inminente. El Faraón necesitará hombres de hierro, no místicos que se esconden tras el humo de los braseros. Te exhibiré esta noche en la corte como mi verdadero heredero.

Caminé tras ellos con la sangre hirviéndome, no solo por la ira, sino por lo que ese infeliz hacía frente a mí con descarada astucia.

—¡Nefretari, pide que preparen la comida! —ordenó Sennefer sin volverse—. ¡Que los sirvientes traigan lo mejor de lo mejor, que mi hijo debe estar cansado! Además, ¡deja esa cara larga, mujer! ¿Acaso no estás feliz de ver a tu hijo en casa?

—Entre la gloria y la dicha hay mucha diferencia, Sennefer —respondí con la voz envenenada de firmeza—. El calor del amor de su hogar y de su madre es algo que él sabe que nunca perderá, pero la gloria es momentánea. ¡Es algo fugaz que no dura para siempre!

—¡Cómo te atreves! —Sennefer se giró bruscamente—. ¡Sabes muy bien que entrar a la academia militar no es cosa fácil! Además, él nació del fuego. De no ser por mí, tus entrañas miserables lo habrían arrastrado al Inframundo. ¡Pero míralo, está vivo y es gracias a mí!




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