Susurros en el templo

Capítulo 4: La jaula de oro

Nefretari

El camino de regreso a mi hogar se sintió como un manto helado que me perturbaba y, al mismo tiempo, me provocaba un escalofrío en la piel. El lujo que rodeaba la hacienda siempre me había parecido una hermosa tumba. Al cruzar los pesados portones, el aroma a incienso de kapet y maderas nobles me golpeó el rostro: un contraste enfermizo con el olor a sangre fantasmal que aún persistía en mi garganta tras la visión en el templo.

No tuve tiempo de refugiarme en mis aposentos. Desde las sombras de la sala principal, iluminada tenuemente por lámparas de aceite, la voz de Sennefer cortó el aire.

—Has tardado más de lo habitual, esposa mía.

Me congelé. Estaba sentado frente a una mesa baja de ébano, rodeado de decenas de papiros sellados y tablillas de arcilla; los registros militares para la inminente campaña del Faraón Amenhotep hacia Retenu. Sus ojos oscuros, fríos y calculadores, se alzaron para clavarse en mí. Instintivamente, mis dedos rozaron la tela de mi vestido, justo donde Khepri me había sujetado horas antes, aterrada de que mi esposo pudiera ver la marca invisible que él había dejado en mi piel.

—El servicio de ofrendas se extendió —respondí, obligando a mi voz a sonar plana, carente de emoción—. Y el Sumo Sacerdote solicitó mi presencia al finalizar.

Sennefer se puso en pie. Su figura alta e imponente proyectó una larga sombra sobre los pergaminos. Caminó hacia mí con esa lentitud depredadora que siempre me revolvía el estómago.

—¿Tu tío? ¿Y qué quería el ilustre Sumo Sacerdote que te retuvo tanto tiempo? —preguntó, deteniéndose a un palmo de mi rostro.

—El Faraón ha solicitado que bendiga a las tropas antes de que marchen hacia el norte para sofocar las rebeliones. Requerirá una preparación extenuante.

Él sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Levantó una mano y trazó la línea de mi mandíbula con un dedo áspero, bajando hasta mi cuello. Me obligué a no retroceder.

—Una gran responsabilidad —murmuró, su mirada bajando hacia mis labios antes de volver a mis ojos—. Todo Egipto debe estar listo para la guerra. Las exigencias de Su Majestad Amenhotep son... asfixiantes. Cada grano de trigo, cada lanza de bronce debe ser contabilizada. Los registros me tendrán trabajando hasta el anochecer.

Miré de reojo la mesa llena de papiros. Las irregularidades. Las palabras de Khepri resonaron en mi mente como campanas de alarma.

—Entonces te dejaré continuar con tu labor —dije, haciendo una ligera reverencia para apartarme de su tacto.

—Espera —su voz fue como un látigo invisible—. Hay algo más. Se dice en los corredores del templo y del palacio que el nuevo consejero principal, ese hombre llamado Khepri, fue forjado en batallas. Tendremos una cena muy pronto con la corte y necesito que tus visiones me sirvan. ¡Entiéndeme! tienes que ver qué es lo que hace que ese hombre brille ante los ojos del Faraón. Yo no veo nada útil en él; es solo un bárbaro sin modales a mi parecer.

—¿Quieres que los dioses se metan en tus asuntos como si fueran señoras del mercado que murmuran a escondidas de otros? —lo desafié, mirándolo a los ojos.

—No exactamente, pero necesito información —siseó, sujetando mi mentón con firmeza—. ¡Y siempre son buenas tus visiones cuando se trata de gente de importancia!

—Te recuerdo que hace poco mencionaste que mis visiones eran una maldición —espeté, apartando su mano de un golpe—. ¿O acaso se te olvidó? Además, ¿de qué te pueden servir, si para lo único que eres bueno es para seguir alimentando la asquerosa codicia que me repugna?

Su rostro se ensombreció de inmediato.

—¡Controla esa maldita lengua, Nefretari, o yo mismo me encargaré de que nunca más salga un solo sonido de esa garganta!

—¡Ja! Atrévete —me acerqué a él, cegada por la furia—. Atrévete y veremos quién es el primero en lamentarse. Yo ya vi la muerte de frente, ¿o se te olvida, infeliz? ¡No te tengo miedo!

—Te dije que aquello fue un accidente —respondió él con frialdad, ajustándose la túnica—. No veo por qué sigues resentida. Además, tú ya caminas entre los muertos.

—Es verdad. Porque estoy casada con un espectro. Pero no te preocupes, estoy segura de que Anubis será justo el día de tu juicio.

—Cállate de una vez, ya he tenido suficiente de ti. —Sennefer dio un palmoteo ruidoso, e inmediatamente se escucharon los pasos apresurados de las doncellas aproximándose ante su llamado.

—Encárguense de ella —ordenó a las sirvientas con voz áspera—. Que esté lista para mis aposentos. Colóquenle la nueva túnica que le compré. Y nada de resistirte, Nefretari.

—¡Ni se te ocurra, Sennefer! —grité, dándome la vuelta horrorizada—. ¡Mi cuerpo está siendo preparado para Anubis! ¡Nadie debe tocarme!

—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que crees? —Sonrió con malicia—. Apúrense, llévenla de una vez a que esté lista.

A rastras y tras mis suplicas inútiles, las doncellas —temblando ante las represalias de mi esposo— me llevaron a mis aposentos. Con manos veloces y atemorizadas, retiraron de mi piel el polvo de oro sagrado y me ungieron con aceites y fragancias profanas. Me vistieron con la túnica que él había mandado a confeccionar: una prenda de lino de Bysso tan absurdamente fino y transparente que dejaba mis pechos al descubierto de forma vulgar, despojándome de toda la dignidad de mi cargo. Me colocaron una peluca oscura que caía sobre mis hombros y enmarcaron mis labios con pintura roja.

Al terminar, me dejaron en los aposentos principales, donde Sennefer me esperaba. Caminó hacia mí y me examinó con lentitud, como si fuera una pieza de arte que admiraba, pero que sobre todo deseaba poseer.

—Estás preciosa —murmuró—. Si tan solo pudieras mantenerte así sin tener que llegar a estos extremos...

—Eres repugnante y lo sabes —murmuré entre dientes.

—Sí, pero así son las cosas, Nefretari. Y debes cumplir como mi mujer.




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