Nefretari
El humo del incienso ascendía como serpientes plateadas que se deslizaban en espirales infinitas hacia las alturas, enredándose entre las columnas talladas, besando con su danza las historias sagradas que allí reposaban. Yo lo seguía con la mirada, fascinada, mientras mis pies desnudos rozaban el suelo frío de piedra. El templo de Anubis se alzaba ante mí como un sueño de eternidad: majestuoso, severo, cubierto de jeroglíficos que no eran solo signos, sino voces dormidas que narraban el viaje de las Bau por el más allá. Apenas iluminado por las antorchas, el recinto respiraba sombras que se movían como presencias invisibles, inquietantes guardianes del secreto de la muerte.
Entre mis manos temblorosas descansaba la figura del chacal divino, esculpida en obsidiana tan negra y profunda que parecía contener dentro de sí la noche eterna. El lino de mi túnica blanca, ceñida a la cintura con un cordón dorado, se pegaba a mi piel perlada de sudor, como si el calor del lugar fuese también el aliento de los dioses que me rodeaban. Cada paso, cada gesto, cada palabra debía brotar de mí con la perfección del rito, porque en ese instante mi cuerpo no era mío, sino un instrumento del orden sagrado.
Me detuve frente al altar. Las antorchas crepitaron, y en el silencio solemne mi voz se alzó, primero frágil, luego firme como un eco antiguo:
—Anubis... guardián de los caminos invisibles, protector de quienes cruzan el velo del silencio... Tú que pesas los corazones en la balanza del juicio, recibe esta ofrenda nacida de la devoción de tu pueblo. No apartes tu mirada de nosotros; abre las sendas ocultas y muéstranos el paso seguro en los tiempos por venir. Que la oscuridad no nos reclame antes de tiempo. Que tu guía nos conduzca hacia la verdad, aunque esta queme como fuego.
Un frío que no venía del mármol me subió por la nuca, envolviéndome como ceniza invisible; una certeza oscura y dulce: el dios me escuchaba.
El murmullo de los sacerdotes se extendió a mi alrededor como un río que me envolvía, profundo y grave, uniéndose a mis palabras con un cántico que parecía no haber nacido de garganta humana, sino de las entrañas mismas de la tierra. Afuera, en la penumbra del patio, los fieles aguardaban con los rostros inclinados, como si esperaran ver descender al dios en carne y sombra, ansiosos de que un gesto suyo marcara el destino de todos.
Y entonces sucedió.
Un estruendo partió el aire como un relámpago sin luz. Una de las antorchas cayó al suelo, sin mano que la tocara, y las llamas se esparcieron con furia devoradora, pintando de rojo y oro los jeroglíficos de la pared. El eco retumbó en las entrañas del templo como si el desierto mismo rugiera dentro de los muros. Los sacerdotes se sobresaltaron, sus túnicas blancas ondearon en la confusión, algunos retrocedieron con los ojos desorbitados, otros alzaron las manos al cielo como si quisieran contener lo inevitable.
—¡Un presagio! —susurró uno, con el rostro desencajado, como si el futuro acabara de abrirse ante sus ojos y lo devorara.
El anciano sumo sacerdote dio un paso al frente. Su voz, quebrada por los años, resonó sin embargo con una fuerza solemne que me heló las venas:
—El consejero real ha llegado. Su entrada será tanto bendición como maldición... y tras sus pasos camina la sombra de una guerra que aún no tiene nombre.
Un latido brutal sacudió mi pecho. No sabía por qué esas palabras me atravesaban como un hierro ardiente, ni por qué, entre todos los dioses y los hombres, un presentimiento oscuro se aferraba a mí como una garra invisible. Era un llamado, un peso, un vínculo que no comprendía y que, sin embargo, me reclamaba.
Busqué respuesta en los símbolos, en los cánticos, en las brasas que aún crepitaban a mis pies. Pero el templo guardaba silencio. Los sacerdotes callaron. El aire mismo se quedó expectante.
Y dentro de mí, muy hondo, un murmullo despertó. No venía de los muros ni de las voces de los hombres que me rodeaban. Era un rumor antiguo, como si mi sangre recordara algo que mi memoria había olvidado. Una voz hecha de arena, de tiempo y de dolor. Una voz que me decía que nada volvería a ser igual.
Cuando la ceremonia concluyó, mis pasos me llevaron a mis aposentos internos. Allí, con lentitud reverente, despojé a mi cuerpo del lino negro y oro, pesado como la solemnidad de la muerte. Lo dejé caer al suelo como si me arrancara de encima una piel sagrada. Me cubrí entonces con una túnica negra ligera, apenas adornada con amatistas que brillaban como lágrimas petrificadas. El aire sofocante rozaba mi piel desnuda, y sin embargo seguía buscando en él un alivio imposible.
Debía ir al palacio. La gran esposa real me esperaba con noticias de la ceremonia que honraría al difunto faraón Thutmose III, padre de Amenhotep II. El deber era una cadena, y mi voz debía ser su mensajera.
Tomé a propósito el corredor más largo, buscando que las sombras de las altas columnas me dieran un instante más de respiro, un intento deliberado por ocultar el temblor de mis manos antes de enfrentar el mundo exterior. Apenas crucé hacia la salida del templo, una mano dura me detuvo.
—Es tarde, Nefretari —la voz de Sennefer cayó sobre mí como un bloque de piedra, como un muro que no podía escalar.
Me giré hacia él. Su rostro era un muro de severidad: labios rígidos, mirada inflexible. Así era siempre. Así era conmigo.
—Debo presentarme ante la Casa Jeneret para dar el mensaje —respondí con suavidad, aunque bajo el lino mis manos temblaban como si sostuvieran un secreto imposible de ocultar—. Es mi deber anunciar la ceremonia.
Su mirada me recorrió como una sombra que no permite respiro.
—Entonces no irás sola —su voz era hierro, sentencia y condena—. Los nobles de cuna murmuran a mis espaldas, pero seré yo quien firme sus deudas.
Apreté los labios y asentí. Discutir con él era inútil. Sennefer, guardián de las riquezas del reino, amo de las finanzas del faraón, respetado por todos... conmigo era implacable.