Confrontar la realidad en un mundo de ilusión, sin espadas ni escudos es más arriesgado que ir a la guerra con todos los tipos de armas. Lo irónico de la vida es tener el camino evidente por dónde caminar y tomar veredas ¡Qué irónica es la vida de un vocacionado! ¿Será esto miedo? ¿Será esto emoción? ¿Será esto imaginación?
Me cansé de creer en cosas extrañas. Me volví a casa, estaba ignorante a todo, no quería lanzarme a una realidad que me subiera a las nubes y luego me lanzase de allí. Decidí seguir mis estudios, terminarlos y ver qué me depara el futuro, si Dios me quiere para el camino religioso tendrá que darme cosas más concretas ¡qué excusa más patética! Había escuchado el llamado claramente, pero decidí creer que era mi imaginación.
La anatomía se tornaba complicada, me acostaba tarde estudiando y eso no bastaba. Los profesores se enojaban conmigo, pero eso no era suficiente para derribarme. Seguía intentándolo y mejorando; donde se acaba el esfuerzo, se cierra el entendimiento. Hice propia está frase y me motivaba a continuar a pesar de todo pronóstico.
Las fuerzas de cruzar mares y ríos sin ni siquiera puentes flotantes no sabía de dónde provenían. Me movía una motivación sobrehumana por mis estudios tan complicados. No podía creer que Dios me movía a pesar de haberle dicho que no a su llamado, tal vez este solo es un ejemplo de que no me abandonará sin importar lo elija, siempre y cuando esté en el bien.
Me sentía algo extraña, a veces lloraba sin saber el por qué, otras veces sentía un consuelo extraordinario. Mi vida la sentía aburrida, pero no infeliz, tenía mi familia, mi fe, mi sueño y mi meta en la vida, motivación necesaria para no sentir tristeza permanente.
Conocí otros chicos interesados en mí, bastantes a mi parecer. ¿Qué había despertado en estos jóvenes la atracción por mí? No comprendía qué sucedía.
Visité a mi amiga Esther y le comentabatodo lo que me sucedía. Tenía mucho sin hablar con ella. Entonces me comentó:
—La realidad es más dura de lo que se ve y sin una experiencia de una circunstancia no podemos comprenderla en su totalidad.
Sus palabras tan reflexivas me recordaban a Milkar. Intuitivamente incliné la cabeza, ella con delicadeza me la levantó añadiendo:
—Dios no es el silbido de nuestras mascotas llamadas desesperación, confusión, devoción o ignorancia. El Señor es el camino que pocos deciden tomar por lo contradictorio que es de este mundo en tinieblas. Si no nos arriesgamos a dejar cosas nos daremos cuenta que quien pesa es Dios en nuestra vida y no las tantas cosas innecesias que cargamos en la vida: distracciones, pecados, ambiciones y deseos personales. La importancia de seguir a Dios está en negarse a uno mismo a anhelos personales que no me aportan en nada en la salvación.
Ella hablaba de tal manera que parecía que me clavaba espadas y flechas al corazón y al alma. Tenía razón, pero seguía ignorante. Me había esforzado bastante en mis cosas que no puedo simplemente abandonarlas: mis estudios, mi familia y mi futuro. ¿Acaso no valen mis deseos profundo de superación? Quiero realizarme en la vida y creo que Dios no estará en contra de eso, siempre y cuando cumplas sus mandatos.
Estando en la Universidad, me encontré con Milkar, ya se había enterado que algunos chicos estaban detrás de mí. Su actitud madura me interpeló:
—Buenas tardes, Ana.
—Buenas...
A penas me salía la palabra. Él continuó hablándome:
—¿Me podrías ayudar a entender los procesos de aumento de células madres en el cuerpo? Es que mañana tengo un examen y sé que eres muy buena en ese tema.
Aún sorprendida, le respondí:
—Puede ser hoy después de mi clases. Nos vemos en la biblioteca a las seis.
—¡Bien! Hasta entonces.
Terminando de decir está expresión siguió su camino. Lo que me causa sorpresa es que no me comentará nada de lo pasado ni de lo que se estaba rumoreando. Y además, me pidió ayuda, algo que nunca había hecho. Creo que busca acercarse o de verdad ya me olvidó.
Llegó la hora. Fui a la biblioteca y allí estaba él. Se veía tan tierno, concentrado leyendo e investigando, en verdad se notaba que estaba en apuros.
Me le acerqué para dar un vistazo al tema que estudiaba y justo estaba en la médula ósea:
—Es el principal lugar de residencia y fabricación de células...
Me miró algo sorprendido. Luego con una sonrisa exclamó:
—¡Sí viniste!
—¿Por qué no lo haría? Me pediste ayuda o ¿acaso era mentira?
—No, no, no, no, ¡sí es verdad!
—Pues, mano a la obra. A lo que vinimos.
Algo debía reconocer, aprende rápido. Era más fácil explicar cuando la mente está abierta al conocimiento. Ver cómo le interesaba este tema que amo, despertó en mí esas mariposas, esas que en el estómago suelemos sentir en momentos románticos.
—¿Cómo te sientes... Milkar?
—Siento que he aprendido mucho, gracias, Ana.
—No me refiero a eso.
No era capas de mirarlo a los ojos, pero él sí me miraba y me exigía que lo mirara:
—¡Mírame!
Lo miré. Vi como su sonrisa tierna y sus ojos brillosos reflejaban su corazón, un sentimiento antiguo que hablaba sin voz, que lanzaba hechizos sin magia, que latía tan fuerte que a distancia lo escuchaba galopar. Continuó preguntando:
—¿Qué ves? ¿Qué crees que siento? ¿Cómo crees que me siento?
Eran preguntas fuertes. Él las hacía de buena manera, no había intención maliciosa alguna. Se siguió acercando y añadió:
—Yo te estaré esperando todo el tiempo que quieras. Porque yo te amo...
Me incliné intuitivamente y lo besé. Su espera no fue larga, al contrario, fue efímera y recompensada. A veces buscamos el amor tan lejos y perfecto que no nos damos cuenta de lo cerca que puede estar.
Estábamos en la biblioteca, así que, todos los que estaban allí nos vieron y a unanimidad aplaudieron como si esperaban con ansias que pasara algo así. Estábamos agrediendo las normas, lo que nos motivó salir del área de estudio.