Un corazón que sigue el rastro de sangre

Rastro de sangre

—¡Ana! ¡Ana! ¡Ana! ¡Levántate

Oía la voz de mi madre gritarme. Abrí los ojos y algo confusa, le respondí:

—Dígame, mami.

—Recuerda que debes ir a la universidad.

Caí en cuenta, me bañé y me alisté rápido. Mientras iba de camino trataba de recordar y de situarme. ¿Acaso todo lo que pasó con Milkar fue un sueño? ¿Qué tanto de todo eso fue real y fue un sueño? Sé que no sedería tan rápido a darle un beso y luego a ser su novia. Todo debería ir despacio. Aunque no es justo que empezara una relación con otro chico, sabiendo lo que él me expresó. Antes tendría que darme cuenta cómo siguen esos sentimientos suyos hacia mí.

Me había acostado tarde estudiando para dos exámenes que debía tomar hoy. No sé por qué mi cabeza había recurrido a Milkar. Luego de haber tomado los exámenes fui al mar, quería despejar la mente. Algunas de las chicas de mi curso me hicieron compañía y hablamos de lo bien que nos fue en los exámenes.

Después me dirigí a la pasantía que estaba haciendo en un hospital cerca de la universidad. Volvió el Señor a ser su jugada: me tocó ver las situaciones sanguíneas de los paciente y mientras estaba haciendo el chequeo, me tomó del brazo uno de ellos y calmado vociferó:

—¡Eres un ángel de Dios!

Le sonreía con dulzura, pero también intentaba soltarmele. El diálogo continuó:

—¿Acaso ya es mi hora de irme a la casa de Dios y viniste a darme la noticia?

El hombre delirando confundió mi vestimenta y me elogió:

—Ese hábito te queda muy lindo, pareces una reina celeste.

Sonreía para no parecer alguien de mal gusto. Sin embargo, ya me estaba incómoda. Era un hombre de edad avanzada, aunque sus canas eran escasas. El pobre hombre sufría de cuágulo en la sangre y debido a ello sufría mucho en las piernas y brazos. El cerebro se congestiona también y hasta el corazón de alguna manera sufre.

Maira, una compañera de pasantía, debido a mis cualidades religiosas también me solía decir monjita. Justamente saliendo de la habitación del paciente me sorprendió:

—¡Mojita! ¿Qué tal te fue con este paciente? Saliste algo apresurada, no lo habras matado, ¿He? ¡Eso es pecado!

Miraba su burlona risa y su comentario tan desagradable y mi expresión lo decía todo. Yo era alguien alegre y sonriente, amable y sociable, tenía mis reservaciones con ciertas personas, pero no dejaba de ser abierta a los demás. Pero algunas personas no merecían mi tiempo.

Iva cansada. Quería llegar a casa y poder descansar un poco. Entrando al metro me encontré con Milkar, él estaba hablando con una chica, no sabía explicar qué tipo de sentimientos hizo surgir eso en mí ni por qué. Llegué a casa y traté de descansar.

Traté y traté... al final no pude. Me puse a leer una novela que me facilitó un amigo escritor. Ir a otro mundo tal vez me ayude a despejar mi mente de este.

Él se hacía llamar el Poetanato, nombre artístico. Sus novelas eran ligeras, pero sustanciosas, me gustaba leerlas. Narraban amores prohibidos y finales inconclusos; el problema del amor es querer adueñarse de todo solo porque "cree que lo merece", ¡error de principiantes! El amor hace sufre, hace llorar, pasa dificultades, hace sacrificios, corrige y hasta ilusiona; pero también nos hace feliz.

La vida no es una novela de romance, no es una tragedia, no es una realidad maliciosas sin eternidad; es un camino que sigue un rastro de sangre que lleva a la plenitud.

Reflexionaba todo esto mientras mis ojos se cerraban. La realidad de mi vida pudiera pasar ante mi vista, y de seguro la dejé atrás. Dicen que uno tiene varios caminos cual elegir y una sola llamada. ¿Cuál será la mía?

Al día siguiente, volví a la universidad. Esperaba en el parquecito la hora de mi última clase del día. Algunos de los chicos estaban conmigo hablando de cosas de la vida, hasta que me llegó un mensaje de Milkar:

—"Hola, Ana, espero que estés bien. He tratado de darte tu tiempo de discernimiento religioso, pero quiero que sepas que siempre estaré aquí esperándote y sino, la amistad quedará. Déjame saber si puedo acercarme a ti a hablar como amigos".

Le respondí:

—"He terminado mi discernimiento VOCACIONAL, y sí, puedes acercarte a hablarme, somos amigos, no enemigos. Preguntame lo que quieras en persona".

Él me respondió diciendo:

—Está bien, gracias, así lo haré.

Al terminar mi último clase, me lo encontré nuevamente en el metro. Él también me alcanzó a ver, nos saludamos y entramos al vagón. Me comentaba que había conseguido un trabajo con su tío y le iba bien, que por eso lo veía poco. Entonces vino la pregunta tan esperada:

—Y ¿Qué decisión tomaste sobre tu vocación?

—Bueno... creo que por ahora solo pensaré en terminar mis estudios.

—No entiendo. ¿Eso quiere decir que puedes tener novio?

—Um... ¿Por qué no?

—¿Puedo invitarte a una cita?

—Alguien dijo una vez que quién pregunta no quiere hacer las cosas.

Su cara se llenó de brillo, las esperanzas de tener una cita conmigo le llenaron el rostro de luz. Parecía un niño cuando le deban un juguete nuevo.

Inmediatamente establecimos un día libre en común. Pues, no estaba tan desesperado, al parecer, pero es mejor asegurarse, decía él.

Para el próximo viernes en la noche fue establecía formalmente esta cita.

Él estaba emocionado, yo estaba algo nerviosa, ¿Por qué? Quién sabe. Miraba el cielo y me daba penita, algo en mi corazón me hacía estar inquieta y no de la forma en cuanto lo moral remueve la conciencia, sino como cuando sabías que la comida podría caerte mal y efectivamente me hace daño.

Milkar es un chico aparentemente bueno, de alguna forma me atraía, pero... Dejaré estos pensamientos. Me di unas palmadas en la cara y llegado el día de la cita, me dispuso a prepararme.

Me puse un vestido azul, me solté el cabello, unas zapatillas no tan altas y un poco de maquillaje. Mi madre resaltó mi belleza y se le hizo inevitable preguntar:




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