Peligrosa obsesión

1. Chico misterioso

—Te crees muy lista. ¿No es así, pequeña zorra? —sentenció Karina, aquella chica que creyó su mejor amiga durante muchos años.

 Estaban en medio del bosque celebrando la excursión anual y cuando Adriana pensó que las cosas no podían estar peor entre su clase y ella, la acorralaron a las afueras del baño público. Tan cobardes como siempre. Pensó. Como ella solía serlo con ellos de su lado.

—No sé de qué me estás hablando—dijo por millonésima vez, intentando que la dejaran tranquila, pero sabía que era casi imposible lograrlo.

El grupo de personas que la rodeaban constaba más o menos de diez adolescentes. Adriana no alcanzaba a  distinguir muy bien sus caras entre la penumbra, pero si sus voces. No tenía que ser demasiado lista para saber qué eran los seguidores de Karina los que estaban detrás de todo. Aquellos que alguna vez también la apoyaron en sus fechorías como una más de la manada. Quiso ponerse de pie para no tener que seguir lidiando con su acoso, pero una de las presentes la sujetó del cabello evitando que se moviera y la jaloneó tan fuerte que terminó de nuevo en el suelo. Chilló de dolor y aguantó las lágrimas que amenazaban con surcar su rostro. Se sentía aún más miserable porque los recuerdos de esos chicos que intimidó por el bien de Karina la invadieron. ¿Era así como se habrían sentido? ¿Pensarían tal vez que los matarían a golpes por simplemente no obedecer sus órdenes? Adriana estaba harta de cargar con eso en su consciencia y lo único que deseaba con todo su ser era que la dejaran libre y que simplemente se olvidaran de que alguna vez fueron amigos, para así continuar con su horrible vida. Pero no lo harían. Adriana los conocía mejor que nadie y sabía que tendría que pagar las consecuencias de delatarlos con su propia sangre.  

— ¿Cómo que no, soplona? —Héctor se acercó a ella y le escupió en el rostro, sin ánimos de pretender un poco de empatía hacia la que fue una de sus más grandes cómplices—. ¿Quieres decirme que justo ahora cambiaste de corazón y te volviste una justiciera? ¿Después de todo lo que hiciste? Si tú solamente eres una golfa envidiosa, que no se te olvide.

 La invadió un escalofrío. No tenía que ser capaz de ver en la oscuridad para saber que todos la escrutaban con repulsión, mientras se creían mejores que ella. Karina posó su bota en la pierna de Adriana y pisó fuerte para lastimarla. Esta dio un grito e intentó zafarse.

— ¿A dónde crees que vas? —se carcajeó—. Si tanto tú como yo comprendemos que esto apenas comienza. Te perdoné lo de Diego, —comenzó a enlistar— me hice la estúpida para no dañar nuestra amistad y así me pagaste. Debí saber que siempre serías una escoria. Nunca mereciste pertenecer a nuestro grupo. Y ahora vas a obtener lo que mereces.

Y así fue.

Sintió golpe tras golpe llegar. El dolor era tan intenso que le dificultaba el ponerse de pie. Advirtió cuando se acercaron los que aún no participaban en la tortura y estos empezaron a patearla en el estómago sin piedad. La aflicción era tan intensa que pensó que se desmayaría en cualquier momento. Pero no se podía rendir tan fácilmente. Realmente ella moriría en sus manos si no peleaba de vuelta. Así que como pudo, tomó a una chica del pelo para derrumbarla, pero al escuchar a su amiga gemir de dolor, las otras presentes le aruñaron el rostro y los chicos la sostuvieron de los brazos y piernas para que no escapara. Estaba jodida. Simplemente eran demasiados contra Adriana y no estaba en posición de hacer nada para detenerlos.

Ya no puedo más. Pensó. La sangre de su labio roto comenzaba a acumularse en su boca y no pudo evitar escupir. Escuchó sus quejidos de asco mientras le hacían la cara a un lado con brusquedad, deseando que no los ensuciara. Adriana clavó sus uñas en la mano de uno de los chicos que la sostenía y este respondió con un puñetazo.

La cabeza le zumbó. Estaba demasiado agotada como para seguir moviéndose.

Así que de esta manera terminará todo. Suspiró en la helada tierra en la que yacía. Lo siento, mamá. Pronto estaré con Angélica.

Se preparó para el último golpe que terminaría con su consciencia cuando escuchó la voz impostada de un hombre.

—Suéltenla.

El ruido de una motosierra rugió sin piedad, y gritos de pánico pronto llenaron el lugar. Dejaron de agredirla para prestarle atención al intruso, haciendo que algunos lo interrogaran para saber quién era y qué quería de ellos. Sin embargo, a pesar de las insistencias, parecía que a él no le importaba en lo más mínimo responderles, haciéndolo lucir aún más tenebroso. Adriana se encontraba demasiado abatida como para intentar incorporarse y la idea de que ellos fueran asesinados por aquel demente la hizo sonreír levemente. Por lo menos se irían al infierno juntos, como debía ser.  

—Quítate la capucha—espetó Luis, otro de los acosadores—. ¡Qué te la quites te digo! ¡Maldito lunático!

Adriana escuchó al chico misterioso correr hacia él, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, encendió la motosierra de nuevo y la apuntó hacia su cuerpo.

— ¡Luis!

Logró esquivarlo justo a tiempo antes de que le partiera el rostro a la mitad. Adriana notó que Luis no podía salir del suelo y se preguntó si se habría hecho en los pantalones del susto.

—Váyanse de una vez si no quieren más problemas.

El silencio sepulcral que reinó fue bastante difícil de creer comparado con el caos de tan solo unos momentos atrás. No obstante, todos asintieron y salieron huyendo de ahí sin rechistar. Adriana quiso ponerme de pie pero no era capaz de hacerlo. Entonces pensó en qué tanto funcionaría hacerse pasar por muerta. Sin embargo, él ya se estaba demasiado cerca como para fingir, y tembló en respuesta por el miedo. Solamente pensar que ese individuo posaría una mano en ella, era suficiente para hacerla estremecer. Pero para su sorpresa, cuando estuvo a tan solo un metro de distancia, se detuvo y le dio su espacio para que tomara aire de nuevo. Su gesto la tranquilizó y no pudo evitar sentir curiosidad por su identidad. Algo en su aura le brindaba cierta calidez. No le ponía los vellos de punta sentirlo cerca, era todo lo contrario. Lo visualizó arrojar la horrible herramienta con la que espantó a sus agresores y se agachó para quedar a su altura.



Laisha Vega

Editado: 18.01.2021

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