Dawn Breaker 05

Ventisca

La tormenta golpeó la montaña la noche en que Hange nació.

La nieve cubrió los tejados de piedra del Clan Haek hasta hundir las tejas bajo un peso blanco y silencioso. El viento recorría las construcciones antiguas, se colaba por las rendijas y golpeaba las ventanas con tanta insistencia que algunos sirvientes juraron, después, que parecía que algo, al otro lado, intentaba entrar.

Dentro de la habitación, las lámparas de aceite apenas alcanzaban a calentar el aire. La partera iba y venía con paños húmedos, y la mujer en la cama apretaba los dientes para no gritar más de lo necesario. En el clan Haek, incluso el dolor se soportaba con compostura.

—Ya casi está —dijo la partera—. Un empujón más.

La mujer obedeció.

Entonces llegó el llanto.

Fue un llanto agudo, furioso, tan fuerte que la partera estuvo a punto de reír de alivio. Pero la risa no llegó a salir. Porque en el mismo instante en que la recién nacida respiró por primera vez, el viento se detuvo.
No amainó. Se detuvo, como si alguien hubiera cerrado una puerta al otro lado de la montaña.

Las llamas de las lámparas se encogieron hasta ser puntos diminutos. Luego se estiraron, lentas, y durante un latido ardieron con un color dorado que no pertenecía al aceite ni a la madera. Las sombras de la habitación se quedaron quietas.

Nadie dijo nada.

Después, afuera, la tormenta regresó con una furia nueva. El viento aulló contra los muros y la nieve golpeó las ventanas como puñados de piedras. Las lámparas volvieron a su luz anaranjada de siempre.

La partera tragó saliva y le entregó la niña a su madre.

—Está sana —murmuró, sin mirar las lámparas—. Muy sana.

La mujer sostuvo a su hija contra el pecho. Tenía los ojos cerrados y la piel diminuta le ardía como una brasa pequeña.

La puerta se abrió sin que nadie llamara. Un hombre de hombros anchos y expresión dura se quedó en el umbral, con la nieve derritiéndosele sobre los hombros.

—¿Ya tiene nombre?

—Hange.

—Espero que aprenda a comportarse como una Haek.

—Es una recién nacida.

—Y una Haek. Eso basta para saber qué se espera de ella.

Se marchó sin volver la cabeza. La madre se quedó mirando la puerta cerrada y luego las lámparas, que ardían tranquilas, como si nunca hubieran hecho nada raro. Quiso creer que lo había imaginado.

La niña, contra su pecho, dejó de llorar y abrió los ojos por primera vez.

A los seis años, Hange conocía todos los escondites desde los que se veía el patio de entrenamiento.

Había uno detrás de los almacenes de grano, otro entre dos columnas de la galería norte y un tercero, el mejor, en la rama más alta de un árbol viejo y torcido que nadie se había molestado en podar. Desde ahí se veía todo: los guerreros, las polvaredas, los golpes que hacían vibrar el suelo.

Las niñas del clan aprendían etiqueta, historia de los antepasados y cómo administrar una casa. Los niños aprendían a pelear. Hange aprendía a trepar.

—¡Hange! —gritó una sirvienta desde abajo, con las manos en la cintura—. ¡Tu instructora lleva media hora buscándote!
Desde lo alto, la niña levantó un dedo.

—Espera. Este combate está por terminar.
Abajo, dos guerreros se enfrentaban. El primero reunió Aurum en el puño derecho. Se vio como un resplandor espeso, casi líquido, que se acumuló en sus nudillos antes de convertirse en un golpe. La nube de polvo que levantó llegó hasta las ramas bajas. El segundo guerrero retrocedió varios metros, con los talones arrastrando surcos en la tierra.

Hange sintió un hormigueo en las manos y una presión cálida en el pecho. Como siempre.

Y, como siempre, lo vio antes de que ocurriera. Un hilo de luz recorrió la espalda del segundo guerrero, subió por su hombro y se enroscó en su brazo izquierdo, preparándose.

—Va a girar a la izquierda —murmuró.

El guerrero giró a la izquierda.

Hange sonrió para sí misma. Llevaba meses haciendo aquello, y ninguna de las veces había fallado. Nunca se lo había contado a nadie. No sabía cómo explicar que el Aurum le hablaba antes de moverse, igual que se oye el crujido de una puerta antes de que alguien la abra.

—¿Por qué te interesa algo que no te corresponde? —preguntó una voz a su lado.

Hange casi se cae de la rama.

Se sujetó al tronco y giró la cabeza. En la rama contigua, sentado con una comodidad que no tenía ningún derecho a tener a su edad, había un anciano de cabello blanco. Una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda y llevaba el uniforme oscuro de los instructores militares.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—El suficiente. Respóndeme.

Hange lo pensó un segundo.

—Porque quiero aprender.

—¿Aprender qué?

—A hacer eso.

Señaló hacia el patio. El anciano siguió su dedo y volvió a mirarla. Soltó una risa seca, corta, de esas que no llegan a los ojos.

—¿Tú? Las niñas de tu edad deberían aprender historia y a administrar una casa. Tienen responsabilidades.




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