Amelia
—¡No me toques!
El grito del niño atraviesa Urgencias Pediátricas y me obliga a cerrar los ojos durante un segundo. Solo uno, Porque llevo catorce horas de turno, dos cafés que ya no hacen efecto y una migraña instalada detrás de mi ojo derecho, pero ninguna de esas cosas importa cuando un niño de ocho años está sangrando frente a mí.
—Samuel, necesito revisar tu brazo— claudico tratando de encontrar un tono de voz amable en los más oculto de mi ser.
—¡No! — grita y sus chillidos no ayudan a mi estado de ánimo.
Se encoge sobre la camilla y aprieta contra el pecho un pequeño oso de peluche manchado de sangre. La enfermera vuelve a intentarlo. Él grita de nuevo y lo único que siento son deseos de salir corriendo de acá.
—Doctora, su presión está bajando— me informan, y la preocupación crece, no se deja tocar para que pueda evaluarlo, y no es que mágicamente vaya a mejorar.
—Ya lo sé— le indicio a la enfermera, llevando aire a mis pulmones.
Observo el monitor y después al pequeño. Llegó hace menos de diez minutos después de un accidente automovilístico. Tiene varias heridas, una posible fractura y un golpe abdominal que me preocupa mucho más de lo que quiero admitir.
Sus padres viajaban con él, ninguno sobrevivió, Samuel todavía no lo sabe y yo no quiero ser la persona que tenga que decírselo.
—Escúchame —intento nuevamente—. Necesito que me dejes trabajar.
—Quiero a mi mamá— grita llorando y por un segundo me paralizo.
Las palabras me golpean, por un instante ya no veo a Samuel, veo otros ojos, otra camilla, otra mano pequeña. Mamá, aprieto los dientes, no, ahora no.
—Samuel, por favor— pido de nuevo, tragando el nudo en mi garganta. Intento acercarme y él comienza a forcejear.
—¡No!— Me estoy frustrando y ni siquiera sé por qué estoy atendiendo este caso, no soy pediatra.
—No podemos seguir perdiendo tiempo— apostillo, mi voz sale más dura de lo que pretendía.
—¿Siempre tiene tanta paciencia con sus pacientes? — escucho una voz extraña haciendo eco con las paredes de urgencias, me giro. Un hombre está apoyado contra la puerta.
Alto, moreno, demasiado tranquilo para estar en medio de una emergencia.
Lleva pantalón médico azul oscuro y una bata blanca abierta. Tiene el cabello ligeramente desordenado, barba escasa y unos ojos color miel que me observan como si acabara de encontrar algo particularmente interesante.
—¿Quién demonios es usted? — cuestiono frunciendo el ceño. En lugar de responder, entra—. No puede estar aquí.
Me ignora, perfecto, justo lo que necesitaba. Otro idiota con complejo de héroe. El desconocido se acerca a la camilla y, para mi sorpresa, no intenta tocar a Samuel. Se agacha frente a él.
—Bonito oso— murmura, Samuel deja de llorar por un segundo.
—Se llama Bruno— comenta entre sollozos.
—¿Bruno? —El hombre frunce el ceño—. Tiene cara de llamarse Roberto— el niño lo mira confundido.
—No— responde, y mágicamente las lágrimas han desaparecido.
—¿Estás seguro? — cuestiona el hombre de nuevo.
—Sí— informa Samuel dejando salir un suspiro.
—Qué problema. Soy terrible recordando nombres— claudica y esta charla me esta cansando.
Samuel se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, el desconocido sonríe y odio admitirlo, pero tiene una sonrisa increíble. De esas que transforman por completo un rostro.
—¿Sabes qué, Samuel? Necesito comprobar algo— indica moviéndose un poco de su lugar.
—¿Qué? — cuestiona el pequeño con demasiado interés.
—La doctora de allá dice que puede escuchar dinosaurios con eso— él señala mi estetoscopio, lo miro indignada.
—Yo jamás he dicho...— Me hace una seña para que me calle.
¿Me acaba de mandar a callar? Samuel suelta una pequeña risa. La primera desde que llegó.
—Los dinosaurios ya no existen— habla con una sonrisa que lo hace ver muy tierno.
—Eso dice ella. —Se inclina hacia él y susurra—. Yo creo que simplemente no sabe buscarlos.
El niño vuelve a sonreír, algo dentro de mi pecho se contrae. El hombre continúa hablando con él mientras la enfermera se aproxima lentamente. Dos minutos, eso es todo lo que necesita. Dos malditos minutos para conseguir lo que nosotros llevamos intentando desde que Samuel llegó.
—¿Me prestas tu brazo? —pregunta. Samuel duda.
—¿Va a doler? — cuestiona.
—Un poquito. Pero puedes apretar mi mano— El niño extiende el brazo, me quedo mirándolo, Increíble.
La enfermera coloca la vía mientras Samuel aprieta la mano del desconocido. Cuando terminamos, él se incorpora. Es todavía más alto de lo que parecía.
—¿Siempre trata así a los niños? — cuestiono y lo miro.
—¿Siempre se mete donde nadie lo llamó? — le devuelvo el cuestionamiento.