Ecos De Silencio

CAPITULO 8

POV Aurora

Mierda.

Este idiota, ¿quién se cree?

Bajaba en el ascensor de la empresa mientras pensaba en mil maneras diferentes de maldecir a Massimiliano.

No entendía por qué tenía que ser tan insoportable.

Por suerte, mi tarde estaba a punto de mejorar.

Mi amorcito había llegado a la ciudad de vacaciones.

Y eso, sin duda, era una excelente noticia.

Después de todo lo ocurrido con Massimiliano, lo único que quería era llegar a casa y olvidarme de él.

Las puertas del ascensor se abrieron y caminé hacia la recepción.

Entonces lo vi.

Estaba allí.

Nicolás.

Al verme, levantó la mirada y me dedicó una enorme sonrisa.

No lo pensé dos veces.

Salí corriendo hacia él y me lancé a sus brazos.

Lo había extrañado muchísimo.

—¡Mi amorcito! —exclamé mientras lo abrazaba con fuerza.

Nicolás soltó una carcajada y me correspondió el abrazo.

Habían pasado casi dos años desde la última vez que nos vimos en persona.

Nicolás había sido mi amigo desde la secundaria. Durante todos estos años siempre habíamos estado el uno para el otro.

Yo estuve a su lado cuando perdió a sus padres y él estuvo conmigo cuando murió mi abuelo.

Nuestra relación siempre había sido así.

No éramos hermanos de sangre, pero sí de alma.

Para mí, Nicolás era familia.

Después de terminar la secundaria, él decidió quedarse en Colombia y estudiar fisioterapia. Con mucho esfuerzo, consiguió graduarse y ahora tenía su propia empresa.

No podía sentirme más orgullosa de él.

Finalmente nos separamos del abrazo.

—¡Holis, amorcito! ¿Cómo estás?

—Hola. Estoy súper bien —respondió con una sonrisa—. Pero dime tú, ¿cómo estás?

—Me ha ido genial. Como puedes ver, ya estoy trabajando y también logré graduarme.

Sonreí orgullosa.

—¿Y cuánto tiempo piensas quedarte?

—Una semana... o dos. Todavía no lo sé. Depende de cómo vaya todo.

Asentí.

Estaba a punto de responder cuando sentí algo extraño.

Como si alguien nos estuviera observando.

Una corriente recorrió mi espalda.

Levanté ligeramente la mirada.

Nicolás también parecía haberlo notado.

Miró hacia arriba.

Seguí su mirada.

Y allí estaba.

Massimiliano.

Estaba en uno de los pisos superiores, observándonos fijamente.

Su expresión era tan seria que parecía estar a punto de asesinar a alguien.

Literalmente.

Nicolás entrecerró los ojos.

—Este hijueputa... ¿por qué nos mira así?

Lo miré nuevamente.

—Definitivamente está loco.

Nicolás me observó confundido.

—¿Qué?

—Ese tipo es mi jefe.

—Ah...

Se quedó mirándolo unos segundos más.

—Ahora entiendo la cara.

Solté una pequeña risa.

—Mejor vámonos.

—Claro, amorcito.

Nicolás pasó un brazo sobre mis hombros, como siempre hacía.

Comenzamos a caminar hacia la salida.

Podía sentir la mirada de Massimiliano sobre nosotros durante todo el trayecto.

Intenté ignorarla.

Aunque, sinceramente, era imposible no notarla.

Llegamos hasta mi auto.

Nicolás tomó las llaves.

—Yo conduzco.

—Como quieras.

Subimos y nos dirigimos hacia mi apartamento.

Durante el camino nos pusimos al día con nuestras vidas.

Aunque hablábamos prácticamente todos los días, había cosas que solo podían contarse cara a cara.

Me habló de su empresa, de algunos proyectos nuevos y de cómo estaba su vida en Colombia.

Yo le conté sobre mi trabajo, la universidad, Olivia, Stella y todas las cosas que habían ocurrido desde la última vez que nos vimos.

En medio de la conversación, Nicolás mencionó algo.

—Ya que estoy aquí, quiero salir a bailar.

Lo miré.

—¿A bailar?

—Claro. No pienso pasar mis vacaciones encerrado.

Me reí.

—Está bien. Podemos invitar a las chicas.

Después de pensarlo un momento, decidimos ir a una nueva discoteca donde colocaban exclusivamente música latina.

La idea sonaba perfecta.

Nicolás también se quedaría unos días en el apartamento con Olivia y conmigo.

Al principio quiso buscar un hotel, pero después de insistirle varias veces terminó aceptando quedarse con nosotras.

Cuando llegamos al apartamento, continuamos hablando mientras preparábamos algo para comer.

En algún momento terminé contándole todo lo ocurrido aquella tarde con mi jefe.

Nicolás casi se atragantó de la risa.

—¡No puede ser!

—Te juro que fue horrible.

—Aurora, ¿cómo puedes tener tanta mala suerte?

—No lo sé. Parece que mi vida disfruta poniéndome en situaciones incómodas.

Después de reírnos un rato, comenzamos a analizar lo ocurrido desde nuestro punto de vista.

También le conté exactamente lo que Massimiliano me había dicho cuando intentó hacerme prometer que no hablaría de lo sucedido.

La sonrisa de Nicolás desapareció.

—Ese tipo es un imbécil.

—Eso mismo pienso yo.

—¿Y tú tienes que trabajar todos los días con él?

—Por desgracia.

Nicolás negó con la cabeza.

—Si vuelve a tratarte mal, me avisas.

Solté una carcajada.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Viajar desde Colombia para regañarlo?

—Si hace falta, sí.

Lo miré con una sonrisa.

Era increíble cómo, después de tantos años, seguía siendo el mismo Nicolás protector de siempre.

Mi día había terminado mucho mejor de lo que había comenzado.

Había vuelto a ver a una de las personas más importantes de mi vida, tenía planes para salir con mis amigas y, por unas horas, había conseguido olvidarme de los problemas del trabajo.

Bueno...

Casi todos.

Porque, por alguna razón, la mirada de Massimiliano seguía apareciendo en mi cabeza.

Negué con la cabeza.

No quería pensar en él.

Así que decidí disfrutar de la noche con mi familia elegida.




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