El aroma a café recién colado y pan tostado flotaba en el imponente comedor de la mansión. Abraham y Miriam nos esperaban sentados a la mesa, rodeados por la calidez de la luz matutina que entraba por los ventanales. El ambiente era idílico, pero en nuestras mentes el tic-tac del reloj del mundo humano ya había comenzado a correr. Era lunes.
—Por favor, mis niñas, André… no hay ninguna prisa —insistió Miriam, acomodándose los puños de su blusa de seda mientras nos servía más fruta—. Esta casa es enorme y nos sobra de todo. Tómense unas semanas para descansar, respirar y conocer Eldervale.
—Agradecemos su inmensa bondad, de verdad —respondió André, ofreciéndole una sonrisa respetuosa—. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. En nuestro hogar estábamos acostumbrados a trabajar, y aquí no pretendemos ser una carga.
Abraham asintió con la cabeza, dedicándome una mirada cargada de complicidad mística. Como brujo, él entendía perfectamente nuestro orgullo; la magia en nuestras venas no estaba hecha para estancarse.
Para Dafne y André, sin embargo, el golpe de realidad fue inmediato. Salieron a media mañana con un mapa de la ciudad y el entusiasmo a flor de piel, pero regresaron a media tarde con los hombros caídos y las manos vacías. En Vaeloria, las brujas no necesitábamos títulos universitarios humanos; nos guiábamos por gremios y por la destreza de nuestros dones. Pero en Eldervale, la burocracia humana exigía papeles, antecedentes y estudios superiores con los que ninguno de los dos contaba.
—Es frustrante —se quejó Dafne, desplomándose en uno de los sofás de la biblioteca—. En cuanto ven que no tenemos un historial educativo aquí, cierran las carpetas.
—Ya saldrá algo, mi amor —la consoló André, sentándose a su lado y apretándole la mano—. Mañana probaremos en zonas más comerciales.
La verdadera e increíble sorpresa de la jornada la dio Violet.
A sus veintiún años y con su vientre de seis meses delatando la vida que crecía en su interior, cruzó la puerta principal con las mejillas encendidas por el frío de la tarde y una chispa de triunfo en los ojos. Nos reunimos a su alrededor en la sala, expectantes.
—¡No me lo van a creer! —exclamó, dejándose caer con cuidado en una butaca—. ¡Tengo trabajo!
—¿De verdad? —pregunté, abriendo los ojos de par en par—. Violet, ¿con la pancita y todo?
—¡Sí! En una boutique exclusiva de vestidos de novia en el centro de la ciudad —sonrió, acariciando su vientre—. Buscaban a alguien para la atención al cliente y la organización de citas. Supongo que mi aspecto maternal les dio confianza de que seré empática con las novias estresadas.
Sin embargo, su sonrisa se transformó rápidamente en una mueca de fastidio divertido mientras compartía los detalles de su nueva rutina.
—Aunque hay un pequeño problema… Mi jefe. Es un tipo joven, insoportablemente elegante y con un carácter que muerde. Es exasperante. Me miraba de arriba abajo como si fuera a romper los vestidos con solo respirar.
—¿Y cómo te fue con él? —preguntó Dafne, aguantándose la risa.
—Tuvimos un intercambio de palabras bastante espeso —admitió Violet, rodando los ojos—. Él me dio una orden con un tono superestirado, y yo le respondí con la misma firmeza. Escondió una sonrisa, pero se puso muy serio de inmediato. Somos como el agua y el aceite, se los juro. Parecemos Niles y Cece Babcock discutiendo por el pasillo, midiendo las palabras para ver quién pincha más profundo. Pero el sueldo es excelente y lo necesito para mi bebé.
Ver la valentía de Violet me encendió una chispa de determinación por dentro. Yo seguía debatiéndome en mi habitación entre la idea de estudiar algo en este nuevo mundo o buscar un empleo directo. Pasar los días en la mansión viendo cómo todos se movían por su futuro me hacía sentir estancada. No quería ser una mantenida.
Pasaron dos días de intensa búsqueda mental hasta que tomé una decisión.
El miércoles por la tarde, mientras caminaba por la zona más moderna y vibrante de Eldervale, mis ojos se detuvieron en un letrero de neón apagado sobre una fachada de diseño industrial: “L'Éclipse”. Era una de las discotecas y salones de cócteles más cotizados de la ciudad. El cartel de la entrada solicitaba personal para la barra y el servicio de mesas de manera inmediata.
Me detuve en seco. Mis manos comenzaron a hormiguear con fuerza, una vibración cálida que recorrió mis muñecas. Recordé las tardes en nuestro antiguo hogar, observando a mi padre adoptivo en la barra de nuestra casa. Para él, preparar cócteles era un arte, un hobby donde mezclaba colores, texturas y esencias con una precisión casi mágica. Yo había heredado cada uno de sus trucos y la agilidad innata en mis dedos delgados.
Acepté la entrevista esa misma tarde. El gerente se quedó impresionado cuando, tras pedirme una demostración, manejé las cocteleras y los licores con una fluidez pasmosa, sin derramar una sola gota y creando un degradado perfecto de colores en una copa de cristal. No necesitaba magia real para eso; era pura memoria muscular y amor por el recuerdo de mi padre.
—Contratada —dijo el hombre, anotando mis datos—. Empiezas este fin de semana. Serás mesera y apoyarás en la barra de cócteles en las horas pico.
Regresé a la mansión sintiendo que finalmente reclamaba un pedazo de mi propio destino. El plan estaba en marcha. Violet lidiaría con su imponente y espeso jefe en la tienda de novias, mientras que yo me sumergiría en el ritmo nocturno de la ciudad.
Al caer la noche del viernes, me contemplé en el espejo de mi habitación. Llevaba el uniforme negro de la discoteca, el cabello recogido y las manos listas. Eldervale entero me esperaba abajo, con sus luces, su música y su gente común. Lo que no imaginaba era que, entre las sombras de esa pista de baile y el brillo de los cristales, el primer hilo de mi destino amoroso estaba a punto de enredarse con alguien que ocultaba un secreto tan oscuro como la guerra de la que veníamos huyendo.
Editado: 16.10.2026