La tarde avanzaba en Eldervale, tejiendo diferentes realidades bajo el mismo cielo dorado. Mientras la ciudad se movía a su propio ritmo, en uno de los rincones más pacíficos de la mansión, el tiempo parecía haberse detenido por completo, sumergido en una calidez perezosa y privada.
En su suite de ensueño griego, Dafne y André compartían una burbuja de absoluta intimidad. Acababan de hacer el amor. Enredados entre las sábanas de hilo fino, completamente desnudos y con la piel aún cálida y brillante por el sudor, se reían a voz baja, intercambiando bromas y caricias perezosas que disipaban cualquier rastro de la tensión de los últimos días. André, abrazándola firmemente por la cintura descubierta, la pegó más a su pecho y, con una mezcla de ternura y una encantadora torpeza masculina, decidió soltar la pregunta que lo había tenido pensando toda la mañana.
—Andando… ya que estamos aquí tan tranquilos y sin ropa —susurró él, dejando un beso húmedo y lento en su hombro—, ¿se puede saber qué quiere la bruja más hermosa del mundo para su cumpleaños veintitrés?
Dafne soltó una risita, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello mientras delineaba el pecho de su esposo.
—Tener otro momento así contigo —respondió de inmediato, haciéndolo sonreír con orgullo. Sin embargo, tras pensarlo un poco más seriamente, se apoyó sobre sus brazos y suspiró con una pizca de nostalgia—. Pero si tengo que pedir algo material… me gustaría mucho una cartera bonita, André. Cuando tuvimos que huir a toda prisa del mundo de los brujos, no pude traerme casi nada de mis cosas.
André la miró con una devoción infinita, apartándole un mechón de cabello del rostro y acariciándole la espalda desnuda.
—La tendrás, mi amor. Te prometo que la tendrás —le aseguró, sellando la promesa con un beso dulce y rotundo, decidido a cumplir su palabra cueste lo que cueste.
Mientras tanto, en la boutique del centro, la atmósfera entre Ulises y yo se había vuelto tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Caminábamos por el pasillo de la colección privada y la tensión sexual entre los dos era una fuerza brutal, un hambre silenciosa que nos envolvía por completo. Cada paso era un juego milimétrico. Nuestras ropas se rozaban apenas, y el sutil olor de su perfume amaderado me nublaba el juicio.
Ulises se detuvo demasiado cerca de mí, obligándome a dar la vuelta para quedar frente a frente. Sus ojos de un gris verdoso felino descendieron descaradamente hacia mi escote y luego subieron de espacio hacia mis labios, deteniéndose ahí con una fijeza que me hizo pasar saliva con dificultad . Su respiración, ligeramente acompasada, golpeaba la piel de mi frente. Yo no podía evitar recorrer la línea de su mandíbula esculpida y la forma de su boca, sintiendo unas ganas salvajes de acortar los escasos centímetros que nos separaban. El aire quemaba. Ninguno de los dos decía nada, pero las miradas sostenidas lo gritaban todo; estábamos al borde de dar un paso prohibido, contenidos apenas por un hilo invisible de puro autocontrol.
Mis dedos comenzaron a tamborilear contra mis rodillas con un ritmo frenético debido al calor que me subía por las venas. Intentando recuperar un poco el aire y recordar mi propósito, desvié la vista hacia las vitrinas de accesorios. Fue ahí donde me quedé hipnotizada contemplando un hermoso e intrincado broche de plata fina con forma de hoja, cuyos detalles brillaban de manera casi mística. Era una pieza preciosa, distinguida y perfecta para el estilo de Dafne.
—Es una excelente elección para una celebración —afirmó él con su voz grave y arrastrada.
Antes de que pudiera reaccionar, Ulises dio un paso más, quedando prácticamente pegado a mi espalda. Su cercanía me erizó la piel por completo. Con una lentitud exasperante y cargada de una sensualidad abrumadora, sus dedos delgados y fríos rozaron el dorso de mi mano al tomar el broche para colocarlo en una elegante cajeta de terciopelo. El roce de su piel contra la mía me provocó un escalofrío tan intenso que me obligó a contener el aliento, sintiendo cómo mi corazón golpeaba desbocado contra mi pecho. Su pecho rozaba sutilmente mis hombros mientras acomodaba el regalo de Dafne, prolongando el contacto físico de una manera deliberada que me estaba volviendo loca.
Sin embargo, antes de avanzar hacia la salida, Ulises se separó un poco, rompiendo el contacto solo para caminar hacia uno de los percheros principales. Descolgó un vestido espectacular que yo había estado mirando con un deseo reprimido al entrar: una pieza de caída perfecta, con un escote elegante que parecía diseñado exclusivamente para amoldarse a mis curvas. Caminó de regreso hacia mí y lo colocó suavemente sobre mis brazos, haciendo que nuestras manos se encontraran y se entrelazaran por un instante que pareció eterno.
—Llévalo también —dijo, mirándome con una intensidad tan oscura y magnética que me hizo temblar las piernas.
Miré la delicadeza de la tela entre mis manos, maravillada, pero el golpe de la realidad humana me hizo reaccionar. Al revisar mentalmente mis ahorros de la discoteca, supe que era un lujo imposible.
—Es hermoso, Ulises… pero no tengo suficiente dinero para pagar esto ahora mismo —le dije con la voz un poco rota por la tensión, intentando devolvérselo mientras nuestras miradas volvían a chocar.
Ulises se guardó una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero, manteniendo la otra muy cerca de mi cintura [image_HxYbHw.png]. Por primera vez desde que lo conocía, rompió por completo su máscara de fría superioridad. Sus facciones de dios griego se relajaron y me dedicó una sonrisa genuina, abierta y tan increíblemente hermosa que me dejó por completo sin defensas.
—No te preocupes por eso. El vestido es cortesía de la casa, Psique —respondió con una suavidad íntima, casi un susurro que me erizó la nuca—. Considéralo un cumplido de mi parte.
Salí de la boutique con las mejillas encendidas y el corazón latiendo a mil por hora, llevando conmigo el detalle de Dafne, el espectacular vestido obsequiado y la absoluta certeza de que este peligroso e inevitable juego de seducción acababa de empezar.
Editado: 21.10.2026