El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la cocina, pero el ambiente para Dafne se sentía inusualmente gris. Sentada frente a una taza de té intacta, apoyaba la barbilla en sus manos, con la mirada perdida en el jardín. La noche anterior, André había recibido la llamada que ambos esperaban, pero el resultado había dejado un sabor agridulce en el aire.
A él lo habían contratado en el puerto de Eldervale como mozo de almacén y logística. El trabajo requería una fuerza física imponente y resistencia, cualidades que a André le sobraban gracias a su naturaleza de brujo. Le habían ofrecido una excelente paga debido al riesgo y a los horarios rotativos. Sin embargo, a Dafne la habían rechazado en el mismo lugar bajo el argumento de que no creían que pudiera con el desgaste físico del empleo en los muelles.
Miriam entró a la cocina con su habitual elegancia, vistiendo un traje sastre de color verde oliva. Al notar los hombros caídos de Dafne, se acercó con suavidad y le colocó una mano reconfortante en el hombro.
—¿Qué pasa, mi niña? ¿Por qué estás tan triste? —preguntó Miriam con genuina preocupación.
Dafne soltó un suspiro largo y levantó la mirada.
—Lo que pasa es que a André ya lo llamaron del trabajo al que fuimos a dar entrevista los dos. A él lo han contratado, pero a mí no… Siento que no estoy aportando nada.
—Ay, qué pena —dijo Miriam, frunciendo el ceño con empatía. Se quedó pensando por un par de segundos y una chispa se encendió en sus ojos—. Pero ya sé. ¿Qué tal si te contrato yo en mi agencia de bienes raíces?
Dafne parpadeó, sorprendida.
—¿En tu agencia?
—¡Claro! —sonrió Miriam, sentándose a su lado—. Por ahora empezarás con algo relativamente fácil en la oficina; atender llamadas, organizar la agenda y dar información básica a los clientes. Después, viendo tu desempeño, haré que pases al área de atención al cliente para mostrar las casas, los apartamentos y cerrar los contratos. El sueldo inicial será de 1400 valeres la hora (aproximadamente 14 dólares la hora). ¿Qué te parece?
Dafne sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. La oportunidad era perfecta y la moneda local le permitiría empezar a ahorrar de inmediato.
—¡Sí, claro que sí! ¡Acepto! —respondió Dafne con una sonrisa brillante, abrazando a Miriam en un gesto de profundo agradecimiento.
Mientras tanto, en el centro de la ciudad, la realidad de Violet en la boutique de vestidos de novia era una constante y divertida guerra de voluntades. Ya había pasado una semana desde su contratación, y su relación con Ulises, su imponente jefe, se había convertido en un dinámico juego de ingenio.
Ulises era un hombre de una belleza innegable que evocaba a los antiguos dioses griegos, con facciones esculpidas, una mirada felina que intimidaba a cualquiera y trajes a la medida que gritaban la fortuna de su familia. Estaba allí administrando el negocio mientras terminaba su exigente carrera universitaria de finanzas. Los roces entre ellos no tardaron en aparecer con argumentos diarios. El día anterior, por ejemplo, Ulises había revisado el perchero de la nueva colección de encaje francés y, pasando un dedo enguantado por el mostrador, le dijo con voz estirada: «Señorita Violet, espero que su avanzado estado no afecte su velocidad para etiquetar; el orden aquí debe ser milimétrico, no tolero la parsimonia».
Violet, lejos de encogerse, lo miró fijamente y le respondió con una sonrisa cargada de ironía: «No se preocupe, señor de las finanzas, mi mente se mueve el doble de rápido que sus exigencias. Además, este bebé y yo tenemos mejor equilibrio que su temperamento por las mañanas». Él la miró con los ojos entrecerrados, conteniendo una sonrisa arrogante antes de darse la vuelta. Violet misma admitía en sus pensamientos que era un joven muy, muy guapo y que se sentía cautivada y secretamente atraída por su presencia física. Sin embargo, para ella, el interior lo era todo. A pesar de esa innegable atracción, sentía que jamás podría salir con un chico así; su actitud altiva y sus comentarios espesos eran un rotundo «no». Aún así, ese constante toma y daca de respuestas mordaces le daba una chispa única a sus jornadas.
Por mi parte, mis primeros días en la discoteca L'Éclipse habían sido intensos y reveladores. Mi horario oficial estaba establecido de 9 de la noche a 1 de la mañana. No obstante, la vida nocturna en Eldervale era impredecible; cuando el lugar se llenaba por completo o había eventos privados, mi salida se retrasaba con facilidad hasta las 2 o incluso las 3 de la mañana.
A pesar del cansancio físico, realmente me gustaba mucho mi trabajo. La mayoría de los empleados de la discoteca eran personas agradables y dinámicas. Además, había descubierto una gran verdad: en el mundo de los humanos, los que trabajan de noche son los que más dinero ganan gracias a las generosas propinas de los cócteles y a que sacrificamos nuestro sueño. La técnica que mi padre me enseñó para mezclar licores sin mirar la botella me hacía destacar en la barra, y los valeres se acumulaban rápido en mi bolsillo, compensando cada hora de desvelo. Sentía que este lugar me daría la estabilidad que tanto buscaba.
El capítulo de la semana laboral terminó cuando, por fin, llegó nuestro primer sábado libre. El ambiente de tensión y huida comenzó a disiparse bajo el cielo despejado de Eldervale. Estábamos todos reunidos en el salón de la mansión, disfrutando de no tener que salir corriendo a un turno de trabajo.
Abraham nos miró a todos con una sonrisa serena y sugirió que hiciéramos algo juntos para celebrar nuestra exitosa primera semana. Tras discutirlo unos minutos, decidimos irnos todos a la playa a disfrutar de la brisa marina y el sol.
Ya en la costa, el sonido de las olas rompiendo contra la arena nos arrullaba. Me encontraba sentada en una manta, concentrada en limpiar minuciosamente la arena de mis dedos y luego tamborileando mis uñas de forma rítmica sobre mis rodillas, un tic nervioso que hacía cada vez que me quedaba pensativa mirando el horizonte.
Editado: 16.10.2026