El mediodía del martes envolvía las calles de Eldervale con un aire fresco y limpio. Aprovechando que mi turno en la discoteca no empezaba hasta la noche, decidí caminar hacia el centro para llevarle algo de almorzar a Violet. Cuando empujé las pesadas puertas de cristal de la boutique de novias, un silencio sepulcral y refinado me recibió, interrumpido solo por el sutil eco de mis pasos.
Al fondo del pasillo principal, rodeada de metros de seda, encaje y tul, estaba mi amiga. Se había recogido el cabello en un moño alto y sostenía un espectacular vestido de novia color marfil. Me detuve un segundo a observarla, conmovida por la imagen. El contraste era simplemente hermoso: la luz de los focos de la tienda se reflejaba en la profunda y hermosa piel morena de Violet, haciendo que sus facciones resaltaran con una elegancia natural que eclipsaba la opulencia de las telas blancas que la rodeaban. Su pancita de seis meses, apenas oculta tras un delantal oscuro, le daba un aire de madurez y fortaleza que me llenó de orgullo.
—Señorita Violet, le advertí que los encajes de esa sección no deben exponerse a la luz directa del ventanal —interrumpió una voz grave, arrastrada y perfectamente modulada.
De la oficina del fondo salió Ulises. Al verlo en persona, entendí perfectamente por qué Violet se quejaba tanto, pero también por qué admitía su atractivo. Era ridículamente apuesto. Tenía una mandíbula afilada, el cabello oscuro impecablemente peinado y unos ojos grises que analizaban todo con una fría superioridad. Vestía un traje de tres piezas gris marengo que delataba su estatus.
—Y yo le repito, señor de las finanzas, que si no muevo los maniquíes de esta zona, las clientas de la tarde ni siquiera sabrán que la colección llegó —respondió Violet sin pestañear, volteándose con una ceja arqueada—. Además, el vidrio tiene filtro UV. Debería revisar los planos de su propio local antes de cuestionar mi logística.
Ulises entrecerró los ojos, conteniendo una réplica mordaz. Fue en ese preciso instante cuando sus ojos grises se desviaron de Violet y se clavaron en mí.
La atmósfera en la boutique cambió por completo en un segundo. La rigidez de su rostro se suavizó de golpe, sustituida por una curiosidad intensa y silenciosa. Me quedé helada bajo su mirada, sintiendo una chispa extraña, lenta y pesada que me recorrió la columna. No era la típica mirada arrogante que le daba a mi amiga; era algo más profundo, como si estuviera intentando descifrar un enigma. El silencio se prolongó hasta que Violet carraspeó, rompiendo el trance. Ulises asintió levemente con la cabeza hacia mí, dio media vuelta y regresó a su oficina sin decir una sola palabra más, dejándome con el corazón latiendo a un ritmo acelerado.
Horas más tarde, la calma de la boutique se transformó en el estruendo de la noche en L'Éclipse. La discoteca estaba llena a reventar el viernes por la noche. Las luces de neón azules y violetas cortaban el humo denso, y los bajos de la música vibraban en el suelo. Yo me movía a toda velocidad detrás de la barra, con los dedos hormigueando por el esfuerzo de mantener el ritmo.
—¡Oye, tú! ¡Te pedí un whisky de malta hace diez minutos! ¿Acaso estás sorda? —gritó un cliente pesado, golpeando la barra de madera pulida.
Era un hombre robusto, de mediana edad, con el rostro enrojecido por el alcohol y una actitud insoportablemente prepotenete. Los amigos que lo acompañaban se reían, jaleando su falta de respeto.
—Su bebida está en camino, señor. Hay cinco pedidos delante del suyo, le pido un poco de paciencia —respondí con mi mejor voz profesional, aunque por dentro la rabia empezaba a hervir.
—A mí no me haces esperar, niñita. Me sirves ahora mismo o me voy a encargar de que te echen a la calle mañana —escupió, inclinándose sobre la barra con tono amenazante.
Sentí una punzada de furia. El impulso místico en mis venas reaccionó de inmediato. No podía usar magia evidente, las reglas en el mundo humano eran sagradas, pero mi paciencia se había agotado. Manteniendo mi mano derecha oculta debajo del borde de la barra, estiré los dedos delgados y di un sutil, imperceptible tirón al aire.
Una chica que pasaba por el pasillo central llevando una enorme copa de cóctel de frutas tropezó de la nada, como si una ráfaga de viento invisible le hubiera empujado el tobillo. Perdió el equilibrio por completo y toda la bebida pegajosa, llena de jarabe rojo y hielos, voló por el aire, aterrizando exactamente sobre la cabeza y el traje de diseñador del cliente grosero.
—¡Pero qué demonios...! —bramó el hombre, empapado de arriba abajo, mientras sus amigos intentaban limpiarlo en medio del caos.
Nadie sospechó nada; había parecido un accidente torpe y común de la noche. Escondí una sonrisa de satisfacción mientras tomaba un paño para limpiar la barra.
—Vaya, eso sí que ha sido un golpe de karma instantáneo —dijo una voz varonil y melodiosa a unos metros de distancia.
Levanté la vista y me encontré con un chico de mi edad, de sonrisa cálida y ojos brillantes cargados de diversión. Tenía una vibra sumamente ligera, amable y un carisma que transmitía una paz inmediata, como un refugio en medio de la tormenta de la discoteca.
—A veces la noche tiene formas extrañas de hacer justicia —respondí, sintiendo que los nervios se me disipaban por completo.
El chico se presentó como Elian. Charlamos durante varios minutos entre pedido y pedido; era increíblemente fácil hablar con él. Me hizo reír con un par de ocurrencias sobre los clientes y demostró un interés genuino por mí que me hizo sentir especial. Al final de su estancia, me dejó una propina muy generosa y una nota con su número de teléfono anotado en una servilleta antes de guiñarme un ojo y perderse entre la multitud. Guardé el papel con una sonrisa, convencida de que Eldervale me estaba mostrando su lado más amable y luminoso.
Llegué a la mansión pasadas las tres de la mañana. La casa estaba sumida en una penumbra pacífica. Me quité los zapatos de tacón en la entrada y subí descalza a mi habitación, sintiendo el peso del cansancio físico en mis párpados tras haber sacrificado mi sueño. Sin embargo, la descarga de adrenalina de la noche me impedía dormir. Necesitaba conectar con mis raíces.
Editado: 16.10.2026