El aliento de las mariposas

Cap 7

Habían pasado algunos días desde aquella tarde de absoluta electricidad en la boutique. La rutina en Eldervale continuaba, pero el ambiente nocturno en L'Éclipse se había vuelto el escenario de una presencia constante. Elian había estado asistiendo de manera muy recurrente a la discoteca. Iba casi todas las noches, sentándose siempre en la barra, buscando entablar conversación conmigo y desplegando un carisma que, ante cualquier ojo humano, resultaría encantador. Sin embargo, para mí las cosas eran distintas. Aunque agradecía su compañía y sus charlas para hacer más llevadero el turno, yo solo lo veía como un amigo. Mi mente y mi piel seguían atrapadas en el recuerdo de unos ojos grises y una sonrisa que me habían desarmado por completo una semana atrás.

Pero esa noche, la ligereza de Elian se transformó en algo denso.

A mitad del turno, aprovechando un momento en que la barra quedó relativamente despejada, Elian se inclinó hacia mí de una forma mucho más directa y agresiva de lo habitual. Comenzó a coquetearme sin rodeos, su mirada fija en mí con una insistencia incómoda mientras su mano buscaba la mía sobre la madera. Yo, manteniendo las distancias, le retiré la mano con sutileza y le respondí con evasivas, rechazando sus avances con firmeza pero con cortesía profesional.

Fue ahí donde su máscara de chico perfecto se agrietó.

Al ver que no le hacía caso, el rostro de Elian se transformó. Se enfadó de golpe; sus facciones se endurecieron y sus ojos brillaron con una furia tan fría y desmedida que me congeló la sangre. Se acercó un paso más, acorralándome sutilmente contra el mostrador. Una intensa oleada de miedo me recorrió el pecho. Instintivamente, con el corazón latiéndome en la garganta, oculté mi mano derecha debajo de la barra y moví mis dedos, concentrando un sutil impulso de mi magia para hacer que un vaso cercano estallara o que él sufriera un mareo que lo obligara a retroceder.

Pero no pasó nada.

Para mi absoluto horror, sentí cómo mi energía chocaba contra una barrera invisible y se disipaba por completo. No le hizo absolutamente ningún efecto. Elian pareció registrar la sutil vibración en el aire; sus ojos se abrieron un milímetro de más y una sonrisa calculadora asomó por un segundo en sus labios antes de intentar disimularla, recuperando una falsa compostura.

—Tranquila, Psique. Solo estaba bromeando —dijo con una risa forzada, dando un paso atrás—. No te pongas así.

El resto de la jornada se me hizo eterna. Mi mente no paraba de dar vueltas a lo que había sucedido. ¿Por qué mi magia no había funcionado con él? Ningún humano común poseía una resistencia natural capaz de anular el don de una bruja de forma tan limpia. La duda me dejó con una punzada de sospecha y temor en el estómago.

Al dar la una de la mañana, salí por fin de la discoteca. Al cruzar la puerta de salida, me di cuenta de que el clima había cambiado drásticamente: estaba lloviendo con fuerza, una tormenta helada que azotaba las calles vacías de Eldervale. Me abracé a mí misma, tiritando por el frío y lamentando no haber traído un paraguas.

—Es una noche terrible para caminar —anunció una voz a mis espaldas.

Me volteé y vi a Elian bajando de su auto, sosteniendo un gran paraguas negro. Su tono volvía a ser el de siempre, amable y servicial, como si el tenso episodio de la barra jamás hubiera ocurrido.

—Te ofrezco llevarte a tu casa, Psique. No puedes irte caminando bajo esta tormenta —insistió, abriendo la puerta del copiloto.

Aunque me sentía profundamente incómoda y con los nervios de punta tras lo sucedido, mirar la cortina de agua me hizo ceder. Acepté su propuesta, subiendo al vehículo con el cuerpo tenso y manteniendo la espalda pegada a la puerta.

El viaje transcurrió en un silencio incómodo, interrumpido solo por el golpeteo violento de la lluvia contra el parabrisas y la música suave del radio. Elian conducía con la vista al frente, manteniendo una sonrisa tranquila que ahora me parecía sumamente falsa. Decidida a mantener la guardia alta, comencé a observar discretamente el interior del auto, buscando cualquier detalle que pudiera explicar la anomalía de esa noche.

Fue entonces cuando mis ojos se posaron en la consola central, justo al lado de la palanca de cambios.

Semielaborado y oculto a medias bajo unos papeles, había un pequeño objeto metálico. Al enfocar la vista gracias a las luces de los postes de la calle, se me cortó la respiración. Era un anillo de sello antiguo tallado en hierro oscuro, con un relieve idéntico al emblema de los antiguos clanes de Vaeloria, pero rodeado por una runa prohibida que solo las facciones de las brujas negras utilizaban para camuflar su presencia mística. Un escalofrío de puro terror me recorrió el cuerpo entero al comprender el significado de ese detalle: Elian no era un humano común, y su presencia en la discoteca no era ninguna coincidencia.



#1277 en Fantasía
#233 en Magia
#343 en Joven Adulto

En el texto hay: fantasia, amor, brujas

Editado: 21.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.