La tensión acumulada en el aire de la boutique vacía finalmente encontró su punto de quiebre. La distancia entre nuestros cuerpos se desvaneció por completo. Sin pensarlo más, acorté el último centímetro y rodeé su cuello con mis brazos, sintiendo la textura firme de su cabello rebelde bajo mis dedos. Ulises reaccionó de inmediato; sus manos grandes y seguras se cerraron alrededor de mi cintura, pegándome a su cuerpo con una fuerza que me hizo contener el aliento.
Nos quedamos así un instante, con las respiraciones mezclándose en el silencio del local. Al mirarlo de cerca, vi que la fría máscara del imponente jefe de finanzas se había agrietado por completo, dejando al descubierto una intensidad cruda y vulnerable.
—Por primera vez voy a ser completamente honesto contigo, Psique —susurró, con su voz grave y arrastrada tiñéndose de una sinceridad que me erizó la piel. Su agarre en mi cintura se volvió más firme, como si temiera que me fuera a escapar—. No es que te haya estado mintiendo antes, es solo que… siempre he sido un experto en ocultar lo que siento. Pero contigo es imposible. No puedo sacarte ni un solo segundo de mi cabeza. Desde el primer día en que te vi cruzar esa puerta, estás presente en todo lo que hago. No puedo dejar de pensar en ti.
Sus palabras me encendieron la sangre. Ulises inclinó el rostro, rozando suavemente su nariz con la mía en una caricia lenta y tortuosa que me hizo cerrar los ojos. El calor de sus labios estaba a milímetros de los míos, pero no avanzaba, atrapado en su propio autocontrol.
—¿Por qué no me besas? —le desafié en un susurro atrevido, buscando sus ojos de gris verdoso [image_PeEJ6R.png].
—Porque tengo miedo de que si lo hago… ya no pueda parar —confesó, con la respiración agitada y la mirada fija en mi boca.
No esperé más. Fui yo quien rompió la última barrera y le dio el primer beso.
Fue un encuentro apasionado, hambriento y cargado de toda la electricidad que habíamos estado conteniendo durante semanas. Ulises soltó un gemido ahogado contra mis labios y me devolvió el beso con una intensidad salvaje, devorándome. Nos empezamos a abrazar y a besar sin tregua, perdiendo la noción de dónde estábamos. Bajé mis labios por su mandíbula esculpida, besando su cuello con desesperación, sintiendo cómo se tensaba bajo mis caricias mientras sus manos recorrían mi espalda.
A ciegas, envueltos en ese torbellino de sensaciones, nos fuimos moviendo por el salón hasta que sentí el borde de madera de una cómoda de exhibición justo detrás de mí.
—Álzame —le pedí, mirándolo con los ojos nublados por el deseo.
Ulises no lo pensó dos veces. De un solo empujón firme y decidido, barrió con el brazo la superficie de la cómoda, botando al suelo las cosas que estaban encima. Gracias a Dios no era mucho; simplemente cayeron unos cuantos materiales de costura y catálogos que rodaron por el piso sin romperse. Acto seguido, me tomó por los muslos con una fuerza asombrosa y me alzó de un solo tirón, sentándome sobre la madera pulida para quedar perfectamente a su altura.
El juego se volvió aún más ardiente. Sus manos, hambrientas y posesivas, comenzaron a recorrer todo mi cuerpo, delineando mis curvas sobre la ropa con una urgencia que me hacía arquear la espalda, pero sin llegar a desnudarme. Yo me aferré a sus hombros, reconociendo internamente mis salvajes ganas de quitarle la ropa por completo; sin embargo, por ahora, me conformé con deslizar mis manos por debajo de su chaqueta de cuero, acariciando la tela de su camisa de seda media abierta, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo mis palmas .
Cuando la marea de sensaciones finalmente comenzó a calmarse, nos separamos lentamente, con las frentes unidas y buscando recuperar el aire que nos faltaba. Ulises me miró con una suavidad que me derritió por dentro. Con las manos aún apoyadas en mis caderas, por fin tuvo el valor de hablar.
—Sal conmigo, Psique. Déjame invitarte a una cita de verdad —me pidió, con un tono íntimo y ronco.
—Sí, claro que sí —le respondí con una sonrisa ligera, dándole un último beso corto en los labios antes de bajar de la cómoda.
Regresé a la mansión con las mejillas completamente sonrojadas y el corazón flotando en las nubes. Al cruzar la puerta de la sala, me encontré con que Violet y André ya me estaban esperando con ansias. Habían esparcido globos, guirnaldas y flores silvestres por todo el lugar.
—¡Por fin llegas! —me reclamó Violet con una sonrisa cómplice, notando de inmediato mi expresión distraída y el brillo en mis ojos—. ¿Se puede saber por qué estás tan colorada? Después me cuentas. Ayúdanos a colgar esto antes de que Dafne baje.
Dejando mis pensamientos en la boutique, me sumé al equipo. Pasamos las siguientes horas inflando globos y acomodando la hermosa decoración que André había planeado meticulosamente. El ambiente se llenó de risas y de una calidez que nos hizo olvidar por completo el frío del exterior.
Al llegar la medianoche, las luces de la mansión se encendieron y recibimos a Dafne cantando a todo pulmón para celebrar sus veintitrés años. Ella bajó las escaleras con los ojos abiertos por la sorpresa, completamente conmovida al ver el salón transformado. Corrió a abrazar a André, y luego nos estrechó a Violet y a mí en un abrazo conjunto de esos que nos devolvían la vida.
Frente a la mesa llena de bocadillos, saqué la elegante cajeta de terciopelo y le entregué el hermoso broche de plata con forma de hoja que había comprado en la boutique. Dafne soltó un grito de alegría al ver los destalles místicos de la pieza y se lo colocó de inmediato en la blusa, mirándose en el reflejo de la ventana con orgullo. La felicidad en su rostro y la complicidad de nuestra pequeña familia me hicieron sentir, por esa noche, que el refugio en el mundo humano era real y que valía la pena protegerlo con el alma.
Editado: 21.10.2026