Elara
Mi hermana dejó de respirar antes de que pudiera despedirme de ella.
—¡Lía!
La estreché contra mi pecho mientras su cuerpo pequeño se estremecía. Un hilo de escarcha escapó de sus labios y se deshizo sobre su piel pálida.
—¡Ayuda! ¡Alguien, por favor!
La anciana Mara llegó corriendo desde la casa vecina. Se arrodilló junto a nosotras y apoyó dos dedos sobre el cuello de Lía. Su rostro se volvió más pálido que la nieve que cubría los tejados.
Durante unos segundos, no escuché nada.
Ni el viento.
Ni el crujido de la madera.
Ni siquiera los latidos desesperados de mi propio corazón.
Entonces Lía inhaló bruscamente.
Un sonido débil, doloroso, como si el aire le rasgara la garganta.
—Volvió a respirar —susurré.
Pero la escarcha seguía extendiéndose por su cuello.
Mi hermana tenía doce años. Era lo único que me quedaba desde que nuestros padres murieron el invierno pasado. Yo tenía diecinueve y no era guerrera, ni princesa, ni poseía magia. Solo era la muchacha que remendaba la ropa de toda la aldea del valle y que hacía lo imposible por mantener a Lía con vida.
Tres lunas atrás, comenzó a toser escarcha.
Al principio creímos que era un resfriado. Después, su piel se volvió pálida como la nieve y sus venas comenzaron a marcarse bajo la piel, azules y delgadas como hilos de hielo.
Los curanderos dijeron lo que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta:
Era una Maldición de Invierno.
Y solo había una persona capaz de romperla.
El Rey de Invierno.
Kael.
En mi aldea todos conocían su historia.
Hacía doscientos años, el rey de los Cuatro Reinos del Norte se había enamorado de una humana. Ella lo traicionó para robarle su poder y, con el corazón destrozado, Kael congeló el suyo.
Desde entonces vivía aislado en su Palacio de Hielo, en la cima de la montaña prohibida. Tenía los ojos del color de la plata líquida y jamás había vuelto a confiar en nadie.
Decían que era cruel.
Que era frío.
Que odiaba a los humanos.
Pero aquella noche, cuando Lía dejó de respirar entre mis brazos, comprendí que no tenía otra opción.
—Voy a subir— le dije a Mara.
La anciana me miró como si acabara de anunciar que pensaba saltar al abismo.
—Vas a morir, Elara. Ninguna humana ha regresado de esa montaña.
—Si no subo, mi hermana sí va a morir.
Mara apretó los labios.
—Elara, nadie sabe qué ocurre en el palacio. Las historias dicen que…
—Las historias no pueden ser peores que verla morir.
No esperé su respuesta.
Entré en nuestra pequeña casa y me puse el viejo abrigo de mi madre. Era azul, con bordados plateados en las mangas. Me quedaba demasiado grande, pero conservaba su aroma, o quizá solo era el recuerdo que yo me negaba a perder.
Antes de salir, me arrodillé junto a Lía.
Seguía inconsciente. Su respiración era débil y entrecortada.
—Voy a volver —le prometí—. Te lo juro.
Aunque no sabía si estaba mintiendo.
La subida duró horas.
La nieve me llegaba hasta las rodillas y el frío me quemaba los dedos incluso a través de los guantes. Cada paso me costaba más que el anterior. Varias veces pensé en regresar, pero cada vez imaginaba el rostro de Lía y continuaba avanzando.
Siempre había odiado las montañas.
Eran demasiado altas, demasiado silenciosas y estaban llenas de historias sobre personas que nunca regresaban.
Cuando por fin alcancé la cima, el palacio apareció frente a mí.
Era enorme, construido completamente de hielo y resplandecía bajo una luz azulada. Sus torres atravesaban las nubes y sus muros parecían respirar con un brillo débil.
No había guardias.
No había antorchas.
Solo un puente de hielo que cruzaba un abismo cubierto de niebla.
Y en el otro extremo, esperándome, estaba él.
No era un monstruo.
Era un hombre alto, de cabello negro y facciones severas. Llevaba una corona de escarcha sobre la cabeza y una capa oscura que se movía aunque no soplaba el viento.
—Humana —dijo.
Su voz sonó como el hielo al quebrarse.
—Nadie sube hasta aquí a menos que esté dispuesto a no volver.
Caí de rodillas.
Ya no era la muchacha valiente que había abandonado la aldea. Solo era una hermana asustada, agotada y desesperada.
—Mi hermana se está muriendo.
Kael no se movió.
—Eso no responde a mi advertencia.
—Por favor. Le ofrezco lo que quiera: mi trabajo, mi vida…
—¿Tu vida?
La forma en que pronunció esas palabras me hizo levantar la mirada.
Sus ojos eran de plata líquida.
No aparté la vista.
—Si eso es lo que necesita para salvarla, sí.
Por primera vez, algo cambió en su expresión. No fue compasión. Tampoco sorpresa. Fue algo más difícil de reconocer.
Interés.
Kael bajó los escalones del puente. Con cada paso, la nieve parecía congelarse un poco más.
—¿Sabes lo que es un contrato, Elara del Valle?
Se me heló la sangre.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Él se detuvo frente a mí.
—Sé muchas cosas sobre ti.
No supe qué responder.
Kael extendió una mano hacia la oscuridad del palacio.
—Necesito una esposa. Humana. Durante seis meses.
—¿Una esposa?
—Vivirás aquí, bajo mis reglas. A cambio, tu hermana sanará esta misma noche.
El corazón me golpeó con tanta fuerza que me dolió.
—¿Y qué tendré que hacer?
—Cumplir tu parte del contrato.
—¿Cuál es su precio?
Kael inclinó ligeramente la cabeza.
—Solo hay una regla: no te enamores de mí.
Una risa nerviosa escapó de mis labios.
—¿Eso es todo?
—Si rompes esa regla, el invierno te reclamará. Tu corazón se congelará y te quedarás aquí para siempre.
La sonrisa desapareció de mi rostro.
Pensé en Lía. En su risa. En sus manos pequeñas aferradas a las mías. En la promesa que me había hecho cuando éramos niñas: siempre estaríamos juntas.