El Contrato con el Rey de Invierno

CAPÍTULO 9: SOMBRAS EN LA NIEVE

Elara

La segunda carta de Mara no traía las mismas buenas noticias.

Elara:

No quiero alarmarte, pero prefiero que lo sepas por mí antes que por rumores del pueblo. Anoche, Lía tosió algo de escarcha mientras dormía. Solo un poco, y desapareció para la mañana, pero pensé que debías saberlo. Ella dice que se siente bien, que fue solo un mal sueño. Yo no estoy tan segura.

Probablemente no sea nada. Cuídate mucho allá arriba.

Con cariño, Mara.

Leí la carta tres veces, como si repetirla fuera a cambiar lo que decía.

Solo un poco. Desapareció para la mañana.

Eso no tenía sentido. El trato había sido claro: Lía sanaría esa misma noche, para siempre, a cambio de mis seis meses. No "sanaría, pero quizás no del todo". No "un poco de escarcha de vez en cuando, nada de qué preocuparse".

Fui a buscar a Kael de inmediato, con la carta apretada contra el pecho, pero no lo encontré en ninguna de las alas que ya conocía. Fue Nieve quien me detuvo en el pasillo, con una expresión que no le había visto antes.

Preocupación de verdad.

—¿Qué pasó? —preguntó, antes de que yo dijera una palabra.

Le tendí la carta. La leyó rápido, y su rostro, ya de por sí pálido, pareció perder el poco color que le quedaba.

—Esto no debería pasar —murmuró, más para sí misma que para mí.

—¿Qué significa, Nieve? ¿El contrato se está rompiendo? ¿Hice algo mal?

—No. —Dobló la carta despacio, devolviéndomela con cuidado, como si fuera algo frágil—. No es algo que tú hayas hecho. La magia del rey es absoluta, niña. Si él dijo que tu hermana sanaría, sanó. Lo que sea que le esté pasando ahora... viene de otro lado.

Un frío distinto, uno que no tenía nada que ver con el palacio, me recorrió la espalda.

—¿Qué otro lado?

Nieve no respondió. Miró hacia el ventanal más cercano, hacia la extensión blanca que se perdía en la niebla, con una expresión que no supe si era miedo o simplemente cansancio acumulado durante demasiados años.

—Habla con el rey —dijo finalmente—. Él necesita saberlo. Y yo... —dudó—, yo necesito pensar.

Se fue antes de que pudiera preguntarle nada más, dejándome sola en el pasillo con la carta temblando entre mis dedos y una certeza incómoda instalándose en mi pecho:

Algo, en algún lugar, había empezado a moverse.

❄

Muy lejos del palacio, donde el valle se hunde en un bosque que ningún mapa se molesta en nombrar, un hombre observaba la montaña desde la boca de una cueva cubierta de escarcha antigua.

No era joven. Tampoco parecía del todo humano; había algo en la rigidez de sus movimientos, en la forma en que la nieve a su alrededor no terminaba de derretirse ni de asentarse del todo, como si su sola presencia confundiera a las estaciones.

En su mano, sostenía un frasco pequeño, casi vacío. Dentro, apenas un resto de escarcha azulada giraba despacio, como si tuviera voluntad propia.

—Solo un poco más —murmuró, con una voz que sonaba a hielo resquebrajándose—. Solo lo suficiente para recordarte que sigo aquí, Kael.

Cerró el puño alrededor del frasco.

—Y para recordarle a ella que nada, en este mundo, es un regalo sin condiciones.

Una sonrisa fría cruzó su rostro, y la nieve a su alrededor pareció, por un instante, inclinarse hacia él como si lo reconociera.

Después, dio media vuelta, y se perdió en la oscuridad del bosque sin nombre.




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