Kael
No dormí.
No es que necesitara hacerlo —hacía dos siglos que el sueño se había vuelto un lujo prescindible para mí— pero esa noche ni siquiera me permití la quietud. Caminé por los pasillos del palacio como un fantasma más entre los que ya lo habitaban, evitando un solo corredor.
El que llevaba a esa puerta.
Sellada.
La palabra seguía resonando en mi cabeza, aunque no había sido yo quien la sellara. El palacio lo había hecho solo, el mismo día en que ella se fue. Y ahora, sin que yo lo ordenara, sin que yo lo permitiera, se había abierto.
Para una desconocida.
Aparté el pensamiento antes de que se convirtiera en algo más. No podía permitirme recordarla. Doscientos años de silencio no se deshacen por unas flores fuera de lugar.
Al amanecer —si es que se le puede llamar así a la luz gris que envolvía la montaña— fui a buscar a Elara.
La encontré despierta, sentada en el borde de la cama, todavía dentro de la habitación imposible. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado, o como si simplemente no hubiera dormido tampoco. Una flor azul pálido descansaba entre sus dedos, girándola despacio, sin mirarla realmente.
—Necesito mostrarte el palacio —dije desde la puerta—. Hay reglas que debes conocer.
Ella levantó la vista. No había miedo en sus ojos, como esperaba. Había algo más incómodo.
Curiosidad.
—¿Vas a explicarme lo de anoche?
—No.
Fui directo. No tenía sentido suavizarlo; suavizar las cosas solo les da espacio para crecer, y ya había demasiadas cosas creciendo donde no debían.
Se puso de pie sin decir nada más. Aprecié eso de ella, aunque no lo dije en voz alta: no insistía donde veía un muro. Se guardaba las preguntas, pero no las olvidaba. Podía verlo en la forma en que sus ojos se quedaban un segundo de más en cada puerta cerrada que cruzábamos.
Le mostré el palacio con la voz más plana que pude sostener.
—Esta ala es el salón principal. No se usa. —Un espacio inmenso, columnas de hielo que se perdían en la penumbra, un trono vacío al fondo que no había ocupado en más tiempo del que recordaba con claridad—. Esta es la biblioteca. Puedes entrar cuando quieras.
—¿Y esta? —preguntó, deteniéndose frente a una puerta más al fondo del pasillo oeste.
—Prohibida.
—¿Por qué?
—Porque yo lo digo.
Sonó más cortante de lo que pretendía. Ella no retrocedió, pero apretó los labios y siguió caminando sin volver a preguntar.
Bien. Así tenía que ser.
Continuamos el recorrido en silencio, hasta que llegamos a una escalera estrecha, tallada en el hielo de forma tan irregular que no me sorprendió cuando su pie resbaló en el tercer escalón.
La sostuve por instinto.
Mi mano se cerró alrededor de su brazo antes de que terminara de caer, y por un segundo —solo un segundo— sentí de nuevo esa chispa. El mismo calor que había sentido la noche anterior, cuando nuestras manos se tocaron por primera vez frente al puente.
Subió por mi brazo como una advertencia.
La solté más rápido de lo necesario.
—Gracias —dijo ella, algo sin aliento, sosteniéndose del muro de hielo.
No respondí. No confiaba en mi propia voz en ese momento.
—¿Siempre eres así? —preguntó, cuando retomamos la marcha.
—¿Así cómo?
—Frío. Y no me refiero al palacio.
Casi sonreí. Casi.
—Llevo doscientos años siendo así. No creo que vaya a cambiar en seis meses.
—¿Y antes de eso?
Me detuve.
No debería haberlo hecho —detenerme era darle importancia a la pregunta, y darle importancia era exactamente lo que quería evitar— pero mis pies se quedaron quietos de todas formas.
—Antes de eso no importa —dije—. Solo importan las reglas.
Retomé el paso, más rápido esta vez, y ella tuvo que apresurarse para seguirme el ritmo.
—Regla uno: no entres donde las puertas estén cerradas. —Llegamos al final del pasillo, frente a los ventanales que daban al abismo cubierto de niebla—. Regla dos: no salgas del palacio sin avisarme. La montaña no perdona a los que no conoce.
—¿Y la tercera regla ya la sé? —preguntó, con una sombra de ironía en la voz—. No enamorarme de ti.
Algo se tensó en mi pecho al escucharla decirlo en voz alta, con esa naturalidad casi burlona, como si fuera una broma y no una sentencia.
—Esa es la única que realmente importa —dije, sin mirarla.
—¿Por qué?
Porque si la rompes, no sobrevivirás a lo que soy.
No lo dije. No podía decirlo.
—Porque el invierno no perdona a los corazones que se le entregan —respondí en cambio, con la voz más fría que logré reunir—. Recuérdalo.
Ella guardó silencio, y por primera vez desde que había llegado, no intentó llenar ese silencio con otra pregunta.
Seguimos caminando.
Pero yo no dejaba de sentir el calor de su brazo en mi mano, como una quemadura que se negaba a desaparecer.
Esa noche, cuando finalmente la dejé en su habitación —esa habitación que no debería existir, llena de flores que no deberían crecer en un lugar donde nada crecía desde hacía dos siglos— caminé hasta el salón del trono y me senté en el hielo, solo, como llevaba haciendo desde antes de que ella naciera.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en doscientos años, no pude dejar de pensar en un nombre que me había prohibido pronunciar incluso dentro de mi propia cabeza.