Kael
No planeé llevarla al salón de baile.
Fue un accidente, en realidad —o eso me dije a mí mismo cuando la encontré de pie frente a la puerta cerrada, la misma que llevaba generaciones sin abrirse para nadie, observándola con la curiosidad silenciosa que ya había aprendido a reconocer en ella.
—¿Otra habitación prohibida? —preguntó, sin girarse a mirarme, como si hubiera sentido mis pasos antes de escucharlos.
Podría haber dicho que sí. Podría haber seguido caminando, dejándola con la duda, como había hecho con cada puerta cerrada de este palacio.
En cambio, abrí la puerta.
El salón de baile se extendía frente a nosotros, enorme, con el techo cubierto de un hielo tan pulido que reflejaba cada movimiento como un espejo fragmentado. Las paredes tenían ventanales que daban directo al cielo nocturno, y en el centro, una lámpara de cristal colgaba inmóvil, cubierta de escarcha, sin haber sido encendida en quién sabe cuánto tiempo.
—Esto es hermoso —susurró Elara, dando un paso adentro sin esperar mi permiso.
—Ya no se usa.
—¿Por qué no?
No respondí de inmediato. Caminé hasta el centro del salón, sintiendo el eco de mis propios pasos multiplicarse en las paredes de hielo, y por un momento —solo un momento— recordé el sonido de la música que alguna vez había llenado ese lugar.
—No hay nadie con quién bailar —dije finalmente, con una ironía que no me salió tan ligera como pretendía.
Elara ladeó la cabeza, y algo travieso cruzó su expresión.
—Yo estoy aquí.
—Tú eres mi esposa por contrato, no mi pareja de baile.
—¿Eso significa que no?
No supe si fue el tono, o la forma en que sonrió al decirlo, o simplemente el cansancio de dos siglos de negarme cosas pequeñas, pero antes de que pudiera detenerme, extendí la mano.
Ella la tomó sin dudar.
No había música. No hacía falta. El silencio del palacio tenía su propio ritmo, lento y pesado, y nos movimos con él, torpes al principio, encontrando el paso poco a poco, mientras la nieve que caía fuera de los ventanales parecía seguir el mismo compás.
Su mano estaba tibia entre la mía.
La mía, helada como siempre, pero no lo suficiente como para apartarla.
—No sabía que los reyes de hielo bailaran —dijo ella, con una sonrisa que le suavizaba todo el rostro.
—No lo hacen. Hace mucho que no lo hago.
—¿Por qué ahora?
La pregunta me tomó desprevenido, tal vez porque ni yo mismo tenía una respuesta clara. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de huir de una habitación, ni de cerrar una puerta, ni de convertir el silencio en una advertencia.
—No lo sé —admití, y fue quizás la verdad más honesta que le había dicho desde que llegó.
Giramos despacio, y en un momento, sin planearlo, quedamos demasiado cerca. Su rostro a centímetros del mío, su respiración visible en el aire frío, sus ojos —castaños, cálidos, tan distintos a todo lo que había en ese palacio— fijos en los míos sin ningún miedo.
Por un instante absurdo, peligroso, quise inclinarme.
Quise saber si su calor se sentía igual de cerca que de lejos.
El pensamiento me asustó tanto que me detuve en seco, soltando su mano más rápido de lo que debía.
—Es tarde —dije, dando un paso atrás—. Deberías descansar.
Vi la confusión cruzar su rostro, seguida de algo parecido al dolor, aunque lo disimuló rápido.
—Claro —respondió, con una voz que ya no tenía la misma ligereza de un momento atrás—. Buenas noches, Kael.
Se fue, y yo me quedé solo en medio del salón vacío, con la lámpara de escarcha sobre mi cabeza y el eco de una música que no había sonado en dos siglos resonando de todas formas en mis oídos.
Me llevé una mano al pecho, justo donde alguna vez había estado mi corazón, y por primera vez me permití sentir miedo.
No del invierno.
No de Elara.
De mí mismo, y de lo fácil que estaba resultando olvidar por qué había construido todo ese hielo en primer lugar.