El Contrato con el Rey de Invierno

CAPÍTULO 6: EL NOMBRE QUE NADIE DICE

Kael

Encontré a Elara en la biblioteca, como Nieve me había advertido que pasaría tarde o temprano.

Estaba sentada en el suelo, rodeada de libros que no había tocado en décadas, con las piernas cruzadas y el cabello cayéndole sobre el hombro mientras pasaba las páginas de algo que parecía un atlas de los Cuatro Reinos. No me había escuchado entrar. O fingía no haberlo hecho.

—¿Buscas algo en particular? —pregunté, desde el umbral.

Se sobresaltó, cerrando el libro de golpe.

—Historia —dijo, con una naturalidad que no me engañó del todo—. Quería entender mejor dónde estoy viviendo.

Me acerqué, y vi el lomo del libro que sostenía contra el pecho, como si pudiera esconderlo. No era un atlas cualquiera. Era una crónica de los reinos del norte, de hacía más de dos siglos.

De esa época.

Algo en mi pecho se cerró.

—Esos libros están desactualizados —dije, más cortante de lo que pretendía—. Hay crónicas más recientes en el estante de la izquierda.

—Estaba bien así.

No me moví. Ella tampoco.

—¿Qué buscabas, Elara?

La pregunta cayó entre nosotros como una piedra en un lago congelado, y vi cómo dudaba antes de responder. Al final, decidió no mentir del todo.

—Quería saber si en algún momento hubo una reina en este palacio.

El aire se volvió más frío de lo que yo mismo había ordenado.

—No.

—¿No hubo, o no me lo vas a decir?

Cerré los ojos un instante. No podía culparla por preguntar; cualquiera lo haría, después de ver una habitación florecer de la nada, después de escuchar a una sirvienta hablar en acertijos. Pero eso no hacía que la pregunta doliera menos.

—Hay cosas en este palacio que no están hechas para que las remuevas —dije—. Ese libro es una de ellas.

—¿Por qué?

—Porque algunas heridas, cuando se destapan, no vuelven a cerrar igual.

Ella se puso de pie, sosteniendo aún el libro, y por primera vez no bajó la mirada ante mi tono. Me sostuvo la mirada con una firmeza que no esperaba de alguien que, apenas unos días atrás, había llegado de rodillas a mi puerta.

—No estoy tratando de lastimarte —dijo—. Solo trato de entender el lugar donde voy a vivir seis meses. Y a la persona con la que me casé.

Persona. No rey. No maldición. Persona.

Algo en mí quiso ceder ante esa palabra, y eso me asustó más que cualquier pregunta que pudiera hacerme.

—No necesitas entenderme —dije—. Solo necesitas cumplir el contrato.

Lo dije con toda la frialdad que pude reunir, y vi cómo el gesto de ella se cerraba, como una puerta que yo mismo acababa de golpear.

—Bien —respondió, dejando el libro sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Entonces no preguntaré más.

Se fue, y no la detuve.

Me quedé solo en la biblioteca, frente al libro que había dejado abierto sin darse cuenta, en una página con un grabado desteñido por el tiempo: el antiguo salón del trono, con dos figuras sentadas donde ahora solo había una silla vacía.

No me acerqué a mirarlo con más detalle. No hacía falta.

Sabía exactamente qué página era.

Esa noche caminé hasta el ala oeste del palacio, hasta la puerta que le había prohibido cruzar a Elara sin darle ninguna razón. La abrí yo mismo, por primera vez en años.

Dentro, cubierto por una tela que el tiempo había vuelto gris, había un retrato.

No lo descubrí. No tuve el valor.

Solo apoyé la mano sobre la tela, sintiendo el contorno de un rostro que ya casi no recordaba con claridad, y por primera vez en doscientos años me permití preguntarme, aunque fuera solo un instante, si había hecho bien en dejar que todo se congelara con ella.

Cerré la puerta antes de responderme.

Algunas preguntas, decidí, era mejor dejarlas selladas.

Como la habitación.

Como el nombre que nadie en este palacio se atrevía a pronunciar.

Ni siquiera yo.




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