Kael
Elara me buscó apenas amaneció, con la carta de Mara todavía en la mano y el rostro pálido de quien no ha dormido.
No necesité que me explicara nada. Nieve ya me lo había dicho la noche anterior, con esa voz baja que solo usa cuando algo realmente la inquieta.
—Necesito que me digas la verdad —dijo Elara, plantándose frente a mí en el pasillo, sin el más mínimo rastro de la timidez con la que había llegado trece días atrás—. ¿Por qué mi hermana volvió a toser escarcha si el trato decía que sanaría por completo?
—El trato se cumplió.
—Entonces explícame esto. —Levantó la carta, casi temblando—. Porque a mí no me parece que esté sanada del todo.
Tenía razón en exigir respuestas. Tenía razón en estar asustada. Y, sin embargo, lo único que pude ofrecerle fue una verdad a medias, porque la verdad completa implicaba nombrar cosas que llevaba dos siglos evitando nombrar.
—Alguien está usando magia vieja para tocar lo que yo ya sané —dije—. Magia que no debería seguir existiendo.
—¿Quién?
—No lo sé con certeza.
Mentira. O casi mentira. Tenía una sospecha, un nombre que no pronunciaba desde hacía mucho, pero decírselo habría significado abrir una puerta que no estaba listo para abrir. No todavía. No cuando ni siquiera había logrado mirar de frente el retrato cubierto por una tela gris.
—Kael. —Su voz se quebró un poco al decir mi nombre, y eso me dolió más de lo que debería—. Es mi hermana. Si hay alguien allá afuera que puede lastimarla, necesito saberlo.
—Vas a saberlo —dije—. Cuando esté seguro de qué estamos enfrentando.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, la protejo. Como protejo todo lo que es mío.
Las palabras salieron antes de que pudiera medirlas, y vi cómo algo cambiaba en el rostro de Elara al escucharlas. No supe si fue la palabra mío, o el tono con el que la dije, pero por un instante la distancia entre nosotros pareció encogerse sin que ninguno de los dos diera un paso.
—¿Eso es lo que soy? —preguntó, en voz baja—. ¿Algo tuyo?
No respondí de inmediato. La verdad es que no sabía la respuesta, o quizás la sabía perfectamente bien y eso era lo que me aterraba.
—Eres mi esposa —dije, con la voz más firme que logré reunir—. Por contrato.
—Ya lo sé. Me lo recordás todo el tiempo.
Había un cansancio nuevo en su voz. No el cansancio del miedo, sino algo más parecido a la resignación, y eso me golpeó de una forma que no esperaba.
—Elara.
—¿Qué?
Di un paso hacia ella sin decidirlo del todo, acortando la distancia que yo mismo me había esforzado tanto en mantener desde el salón de baile. Ella no retrocedió. Se quedó ahí, mirándome, con la carta todavía apretada entre los dedos, y algo en su expresión se suavizó de una forma que reconocí como peligrosa.
—No quiero que le pase nada a tu hermana —dije, y esta vez fue verdad completa, sin medias tintas—. Voy a encontrar quién está haciendo esto, y voy a detenerlo.
—¿Por qué?
—Porque te lo prometí.
—¿Solo por eso?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros, tan frágil como el hielo más fino del palacio, el que se quiebra con solo respirar cerca. Estábamos demasiado cerca otra vez. Podía sentir el calor que desprendía su piel incluso a través del frío que yo mismo generaba sin poder evitarlo, y por un segundo —un segundo entero, esta vez, no un instante fugaz como en el salón de baile— dejé que mi mano se alzara hacia su rostro.
Rocé su mejilla con los dedos.
Ella cerró los ojos.
Y entonces sentí algo que no había sentido en doscientos años: el hielo de mi pecho, ese que yo mismo había construido piedra sobre piedra, grieta sobre grieta, temblando como si estuviera a punto de quebrarse por completo.
Aparté la mano de golpe.
—No puedo hacer esto —dije, retrocediendo tan rápido que casi tropecé con mis propios pasos.
Ella abrió los ojos, y el dolor que vi en ellos fue peor que cualquier grito.
—¿Hacer qué, Kael?
—Esto. —Señalé el espacio entre los dos, como si pudiera abarcar con un gesto todo lo que no me atrevía a decir—. No puedo permitir que esto se convierta en algo que no debería ser.
—¿Y qué debería ser, según vos?
—Un contrato. Seis meses. Nada más.
Las palabras me supieron a mentira incluso mientras las decía, pero las sostuve de todas formas, porque la alternativa era peor. La alternativa era admitir que cada día que pasaba me acercaba más a repetir el mismo error que me había costado doscientos años de hielo y silencio.
Elara se quedó en silencio un momento demasiado largo.
—Está bien —dijo finalmente, con una voz tan controlada que dolía más que si hubiera gritado—. Un contrato. Seis meses. Nada más.
Se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, y esta vez fui yo quien se quedó parado, viendo cómo se iba, con la mano todavía ardiendo en el lugar exacto donde había tocado su piel.
❄
Esa noche no fui al salón del trono.
Fui al ala oeste.
Me paré frente a la puerta del retrato por segunda vez en pocos días, y esta vez, antes de que el miedo pudiera detenerme, entré y aparté la tela gris de un solo movimiento.
El rostro pintado me devolvió la mirada, tan claro como si lo hubiera visto ayer y no doscientos años atrás. Ojos oscuros. Sonrisa cálida. Una mujer que una vez creí que podría deshacer todo el hielo de mi reino con solo sostenerme la mano.
—Sé que es cosa tuya —susurré, aunque ella no podía escucharme, aunque llevaba siglos sin poder escucharme—. Sé que estás detrás de la niña enferma. Y esta vez no voy a quedarme quieto viendo cómo lastimas a alguien más por mi culpa.
El retrato no respondió, por supuesto. Solo la escarcha en las esquinas del marco, vieja y quebradiza, pareció temblar levemente con mis palabras, como si el palacio entero hubiera estado esperando dos siglos a que yo finalmente dijera algo en voz alta.