El Contrato con el Rey de Invierno

CAPÍTULO 5: LA SIRVIENTA DEL PALACIO

Elara

Encontré a la anciana en la cocina, tres días después de mi llegada.

No sabía que hubiera una cocina. No sabía que hubiera nadie más en aquel palacio, en realidad; Kael me había dado a entender, sin decirlo del todo, que estábamos solos entre paredes de hielo. Por eso me detuve en seco al escuchar el sonido de algo hirviendo, un aroma a hierbas que no encajaba con el frío del resto del castillo.

La mujer no se giró cuando entré.

—Ya era hora de que encontraras esta cocina —dijo, removiendo algo en una olla de cobre—. Tres días sin comer más que pan seco. Ese hombre podría congelar hasta el fuego si lo dejaran.

—¿Quién…?

—Nieve —dijo ella, girándose por fin.

Era anciana, de rostro amable y arrugado, con el cabello blanco recogido en un moño. Vestía de gris, sin ningún adorno, y sus ojos eran del color exacto del hielo del palacio. No humanos.

—¿Nieve? —repetí, sin entender si era su nombre o una respuesta a otra pregunta.

—Así me llaman. Hace mucho que olvidé el nombre que tenía antes de esto. —Señaló su propio cuerpo con un gesto vago, como quien señala una ropa prestada—. Soy lo que queda de una sirvienta que trabajó en este palacio antes de que todo se congelara. El rey me permitió quedarme, a su manera.

—¿A su manera?

—No estoy viva del todo. Tampoco muerta. Solo... quedé. —Sonrió, como si la pregunta no le incomodara en absoluto—. Siéntate, niña. Tienes cara de no haber dormido bien en tres días, y no me sorprende, viviendo en esa habitación.

Me senté sin poder evitar la curiosidad que me apretaba el pecho.

—¿Sabes algo sobre la habitación?

Nieve no respondió de inmediato. Sirvió algo caliente en un cuenco de madera y lo puso frente a mí antes de sentarse al otro lado de la mesa, con el mismo cuidado con el que se maneja algo que puede romperse.

—Sé que llevaba sellada desde antes de que tú nacieras.

—Kael dijo lo mismo. Pero no me explicó por qué.

—No lo hará.

—¿Por qué no?

Nieve me miró largamente, con una expresión que no supe leer del todo. Compasión, quizás. O cautela.

—Porque duele —dijo simplemente—. Y los hombres como él prefieren el frío antes que el dolor. Es más fácil de gobernar.

Bajé la mirada hacia el cuenco humeante, dándole vueltas a la cuchara sin comer.

—¿Vivía alguien aquí antes? Aparte de ti, quiero decir. Alguien... importante para él.

Fue una pregunta lanzada al aire, casi sin esperar respuesta. No sabía nada, en realidad. Solo tenía la sensación —el peso en el pecho de Kael cuando abrió esa puerta, el nombre que nunca terminó de decir, las flores que se parecían tanto a las de mi madre— de que había algo enterrado bajo todo ese hielo.

Nieve se quedó quieta un segundo de más.

—Come, niña. Se te va a enfriar.

No era una respuesta. Era, más bien, la ausencia deliberada de una.

—Eso es un sí —dije, sin poder evitarlo.

Ella sonrió, esta vez con algo parecido a la tristeza.

—Eres perceptiva. Eso te va a traer problemas en este palacio.

—¿Por qué?

—Porque aquí, algunas verdades están enterradas por una razón. Y hay quienes prefieren que sigan así, aunque las estén matando por dentro.

No insistí más, aunque cada palabra suya solo alimentaba las preguntas que ya tenía. Comí en silencio, sintiendo el calor de la sopa extenderse por mi pecho, un calor extrañamente parecido al que había sentido la primera vez que toqué la mano de Kael.

—¿Puedo preguntarte algo más? —dije, cuando terminé.

—Puedes preguntar. No prometo responder.

—¿Por qué el palacio reaccionó así conmigo? La habitación, las flores... nada de eso debería ser posible, según él.

Nieve se levantó despacio, recogiendo el cuenco vacío, y por un momento pensé que no diría nada más. Pero se detuvo antes de darme la espalda del todo.

—El palacio recuerda cosas que el rey preferiría olvidar —dijo—. Y a veces, niña, recuerda antes que él.

—¿Recordarme a mí?

Ella no respondió esa pregunta tampoco. Solo posó una mano fría, casi maternal, sobre mi hombro.

—Ten cuidado con lo que despiertas aquí. No todo lo que duerme bajo el hielo es gentil cuando despierta.

Se fue hacia el fondo de la cocina, dejándome sola con el eco de sus palabras y una sensación helada que no tenía nada que ver con el clima del palacio.

Esa noche, de vuelta en mi habitación imposible, me senté entre las flores y pensé en la anciana. En su forma de esquivar cada pregunta importante sin mentir del todo. En la palabra recuerda, repetida dos veces, como si fuera importante que yo la escuchara así.

Toqué una de las campanillas azules, la misma que parecía inclinarse hacia mi mano la primera noche.

—¿Quién eras? —susurré, sin saber muy bien a quién le preguntaba. Si a la flor. Si al palacio. Si a alguien que ya no estaba, pero que tal vez, de alguna forma, seguía ahí.

La flor no respondió.

Pero por un instante, juraría que el aroma a jazmín se volvió más intenso, como un suspiro atrapado entre los pétalos.




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