El Contrato con el Rey de Invierno

CAPÍTULO 1: EL CONTRATO

Kael

La sentí subir mucho antes de verla.

Nadie subía a la montaña prohibida. En doscientos años, nadie se había atrevido. El hechizo que yo mismo había creado hacía que solo alguien desesperado pudiera atravesarlo.

Entonces el puente de hielo crujió.

Pasos pequeños se hundían en la nieve.

Salí.

Era una humana. No una reina ni una guerrera. Una muchacha con un abrigo azul que le quedaba demasiado grande, las rodillas temblando y los ojos clavados en mi palacio.

Elara.

El palacio susurró su nombre antes de que ella lo dijera.

El palacio no hablaba desde hacía dos siglos.

Desde que ella me traicionó.

Aparté aquel recuerdo. No podía pensar en el pasado. No mientras ella estuviera frente a mí.

—Humana —dije.

Tenía que sonar frío.

Si parecía frío, nadie podía hacerme daño.

—Nadie sube hasta aquí a menos que esté dispuesto a no volver.

Esperaba que corriera.

Todos lo hacían.

Pero ella cayó de rodillas.

La observé. Parecía agotada y aterrada, pero no había subido hasta allí por oro ni por poder. Solo había una razón capaz de hacer que alguien desafiara la montaña de esa manera.

—Mi hermana se está muriendo.

Su voz tembló.

—Por favor. Le ofrezco lo que quiera: mi trabajo, mi vida…

Bajé la mirada hacia ella.

No parecía estar fingiendo.

—¿Tu vida?

La pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla. Quería saber si realmente estaba dispuesta a entregar todo por salvar a su hermana.

La forma en que me miró respondió por ella.

—Si eso es lo que necesita para salvarla, sí.

Por primera vez, algo cambió en mi expresión.

No fue compasión.

Tampoco sorpresa.

Fue interés.

Bajé los escalones del puente. Con cada paso, la nieve parecía congelarse un poco más.

—¿Sabes lo que es un contrato, Elara del Valle?

Vi cómo se le helaba la sangre.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Me detuve frente a ella.

No podía decirle cómo lo sabía.

No todavía.

—Sé muchas cosas sobre ti.

Ella guardó silencio.

Extendí una mano hacia la oscuridad del palacio.

—Necesito una esposa. Humana. Durante seis meses.

—¿Una esposa?

Su voz apenas fue un susurro.

—Vivirás aquí, bajo mis reglas. A cambio, tu hermana sanará esta misma noche.

El corazón le golpeaba con fuerza. Podía verlo en la tensión de su cuello y en la forma en que apretaba los dedos contra su abrigo.

—¿Y qué tendré que hacer?

—Cumplir tu parte del contrato.

—¿Cuál es su precio?

Incliné ligeramente la cabeza.

—Solo hay una regla: no te enamores de mí.

Una risa nerviosa escapó de sus labios.

—¿Eso es todo?

—Si rompes esa regla, el invierno te reclamará. Tu corazón se congelará y te quedarás aquí para siempre.

No era completamente cierto.

Si se enamoraba de mí, no sería el invierno quien la reclamaría.

Sería yo.

Y no la dejaría ir.

Por eso tenía que advertirle. Era la única forma de protegerla de mí mismo.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Elara cerró los ojos y pensó en su hermana. Pude verlo en la forma en que su expresión se suavizó.

Cuando volvió a abrirlos, su decisión ya estaba tomada.

—Acepto.

Una sola palabra.

Y cuando la pronunció, toda la montaña pareció contener el aliento.

Sonreí levemente.

El contrato estaba a punto de sellarse.

Extendí una mano hacia ella.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, Elara.

Mi mano estaba helada.

Cuando la tocó, sentí una chispa de calor recorrerme los dedos y subir por mi brazo.

El calor llegó hasta mi pecho.

Justo donde había congelado mi propio corazón.

Por primera vez en doscientos años, sentí algo que no era frío.

Elara abrió mucho los ojos.

No sabía lo que acababa de hacer.

Yo tampoco.

Y cuando el vínculo se cerró, la montaña tembló.

Muy lejos, en el valle, Lía inhaló profundamente.

Por primera vez en tres lunas, respiró sin dolor.

El contrato estaba sellado.




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