El Contrato con el Rey de Invierno

CAPÍTULO 7: NOTICIAS DEL VALLE

Elara

La carta llegó con la nieve de la mañana.

No supe cómo era posible —nadie en el palacio salía ni entraba, que yo hubiera visto— pero Nieve la dejó sobre la mesa de la cocina sin decir una palabra, con el mismo gesto natural con el que serviría el desayuno.

—Es de tu aldea —dijo simplemente, antes de volver a sus ollas.

Rasgué el sello con dedos temblorosos.

Era la letra torpe de Mara, la vecina que había cuidado de Lía tantas veces cuando yo no daba abasto. Cada palabra me sacudió el pecho como si estuviera ahí mismo, en el valle, y no a una montaña de distancia.

Elara:

Lía está mejor. La escarcha desapareció de su piel la misma noche en que te fuiste, tal como prometiste. Ya corre por la casa, ya se queja de que la comida está fría, ya es la niña insoportable de siempre (con cariño lo digo). Te extraña muchísimo. Pregunta todos los días cuándo vas a volver.

Espero que el Rey de Invierno te trate bien. Si no, dile a la nieve que le mando mis maldiciones.

Con cariño, Mara.

Reí, aunque los ojos se me llenaron de lágrimas.

Lía estaba bien. De verdad, completamente bien. Era lo único que había querido desde que subí esa montaña, y sin embargo, leer la carta me dejó un vacío extraño en el pecho, como si algo dentro de mí también se hubiera quedado congelado en el valle.

La extrañaba.

Extrañaba su risa, sus quejas, el olor del pan que horneábamos juntas los domingos. Extrañaba ser solamente Elara, la hermana mayor, la que remendaba ropa y soñaba con cosas pequeñas y posibles.

Aquí era otra cosa. Una esposa por contrato. Una curiosidad que un rey de hielo no sabía si temer o proteger. Alguien que hacía preguntas que nadie quería responder.

Doblé la carta con cuidado y la guardé contra mi pecho, como si eso pudiera acercarme más al valle.

—¿Buenas noticias? —preguntó Nieve, sin girarse.

—Mi hermana está bien.

—Lo sé. Lo vi en tu cara antes de que abrieras la carta.

Sonreí, aunque la tristeza seguía ahí, enredada con el alivio.

—¿Puedo preguntarte algo, Nieve?

—Puedes.

—¿El contrato... tiene algún costo para mí? Algo que no me haya dicho.

Nieve dejó de remover la olla.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé. Es solo que... —dudé, buscando las palabras correctas—. Desde que llegué, a veces siento que algo en mí cambia. No sé explicarlo. Como si una parte de mí se estuviera acostumbrando a este frío de una forma que no debería.

Ella se giró por fin, y por primera vez desde que la conocía, no sonrió.

—El vínculo que los une no es solo un papel firmado, niña. Es magia antigua. Y la magia antigua siempre cobra algo, aunque no siempre lo veamos de inmediato.

Se me heló algo por dentro, esta vez sin relación con el clima.

—¿Qué tipo de algo?

—Eso depende de ustedes dos. —Volvió a girarse hacia la olla, dando por terminada la conversación de la forma en que solo ella sabía hacerlo—. Depende de cuánto se acerquen. Y de cuánto se alejen.

No insistí, aunque la respuesta me dejó con más preguntas que antes.

Esa tarde caminé hasta uno de los ventanales del ala este, el que daba directo al valle, aunque desde esa altura solo se veía una extensión blanca sin forma, sin detalles, sin nada que me permitiera imaginar realmente la casa donde había crecido.

Apoyé la frente contra el cristal helado.

—Te voy a volver a ver, Lía —susurré, como si las palabras pudieran cruzar la distancia—. Solo espera un poco más.

El cristal se empañó con mi aliento, y por un segundo, antes de que se desvaneciera, me pareció ver el reflejo de otra persona detrás de mí.

Me giré de golpe.

No había nadie.

Solo el pasillo vacío, y el eco de mis propios pasos, y esa sensación —cada vez más frecuente— de que el palacio entero respiraba a mi alrededor, esperando algo que yo todavía no entendía.




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