Elara
La mano de Kael seguía sobre la mía cuando cruzamos el puente.
Fría. Tan fría que dolía un poco, pero no la solté. Soltarla habría significado admitir que tenía miedo, y ya había decidido que no le mostraría eso. No otra vez.
El palacio se abrió ante nosotros como una garganta de hielo.
Los techos se perdían en la oscuridad, tan altos que no alcanzaba a ver dónde terminaban. Las paredes brillaban con una luz azulada que no venía de ninguna antorcha, ningún fuego, nada que yo pudiera nombrar. Cada uno de mis pasos resonaba como si el palacio entero estuviera escuchándome.
No había servidumbre. No había voces.
Solo silencio y frío.
—¿Vive alguien más aquí? —pregunté, más para llenar el silencio que porque esperara una respuesta amable.
—Ya no.
Dos palabras. Cerradas como una puerta.
No insistí.
Subimos una escalera que parecía tallada de un solo bloque de hielo, tan pulida que temí resbalar. Kael caminaba delante de mí, con esa capa que se movía sin viento, y no volvió a hablar hasta que llegamos frente a una puerta al final de un pasillo.
Era distinta a las demás.
Las otras puertas que habíamos pasado eran de hielo puro, transparentes, frías. Esta era de madera oscura, cubierta de tallas que parecían enredaderas congeladas a mitad de camino de florecer.
—Esta será tu habitación —dijo Kael.
Puso la mano sobre la puerta.
Por un instante, algo cruzó su rostro. No supe nombrarlo. ¿Duda? ¿Incomodidad? Desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado.
Abrió la puerta.
Y el aire cambió.
No fue algo sutil. Fue como salir del invierno y entrar directo a la primavera. Un calor suave me envolvió los hombros, tan distinto al frío del pasillo que por un segundo pensé que me había desmayado y estaba soñando.
La habitación estaba llena de flores.
Trepaban por las paredes, se enroscaban en los postes de una cama enorme, colgaban del techo en cascadas de pétalos blancos y azules. Había un aroma dulce, como a jazmín mezclado con algo que no supe reconocer. La luz que entraba por los ventanales no era la luz fría y azulada del resto del palacio, sino dorada, casi cálida, como si allí dentro todavía fuera de tarde.
Me quedé en el umbral, sin atreverme a entrar.
—Esto no es posible —susurré.
Kael no respondió.
Lo miré, y lo que vi en su rostro me sorprendió más que las flores mismas.
Estaba pálido. Más pálido de lo que ya era. Tenía la mandíbula tensa y los ojos —esos ojos de plata líquida— fijos en la habitación como si estuviera viendo un fantasma.
—Kael.
No pareció escucharme.
Di un paso adentro, incapaz de resistir la curiosidad, y el suelo bajo mis pies no estaba helado. Estaba tibio. Como tierra fértil bajo el sol.
Toqué una de las flores, una campanilla azul pálido que colgaba cerca de la cama. En cuanto mis dedos la rozaron, sentí un pinchazo extraño en el pecho, algo parecido a la nostalgia, aunque no supe explicar por qué.
Esas flores crecían en el jardín de mi madre.
No podía ser cierto. Era imposible que en la cima de una montaña prohibida, dentro de un palacio de hielo eterno, hubiera algo que se pareciera tanto a las Ipomeas que mi madre cultivaba cada primavera antes de morir.
—¿Cómo…?
Me giré para preguntarle a Kael, pero él ya no estaba mirando la habitación.
Me estaba mirando a mí.
Con una expresión que no supe leer. Algo entre la incredulidad y algo más profundo, más oscuro, que pareció asustarlo a él mismo.
—Esto no debería ser posible —dijo, con la voz más baja de lo que la había escuchado hasta entonces.
—¿Qué quiere decir?
—Esta habitación lleva sellada doscientos años.
El frío que sentí entonces no vino del palacio.
—¿Sellada por qué?
Kael no respondió. Retrocedió un paso, como si la habitación misma le quemara.
—Descansa —dijo, con una frialdad forzada, la misma que había usado en el puente—. Mañana hablaremos de las reglas de esta casa.
—Espera…
Pero él ya había cruzado la puerta.
—Kael.
No se detuvo.
La puerta se cerró con un chasquido suave, y me quedé sola, de pie en medio de un jardín imposible, con el corazón latiéndome tan fuerte como cuando subí la montaña.
Me acerqué a la cama, cubierta de pétalos que no se marchitaban, y me senté despacio, todavía sin entender lo que acababa de presenciar.
Afuera, en algún lugar del palacio, escuché algo que jamás esperé oír de un hombre hecho de hielo y silencio.
Pasos apresurados.
Como si estuviera huyendo de algo.
O de alguien.
Toqué otra vez la campanilla azul junto a mi cama, y por un instante — solo un instante — me pareció que la flor se inclinaba hacia mi mano, como si me reconociera.
Aparté los dedos, asustada de mí misma.
¿Qué es este lugar?, pensé.
¿Y por qué siento que ya estuve aquí antes?