¿Cuánto de nuestra vida se nos escapa mientras miramos en la dirección equivocada?
Hoy es hoy, una certeza tan obvia como propensa al olvido. Vivimos suspendidos en el tiempo, atrapados entre lo que ya fue y la promesa de lo que vendrá. Estamos tan enfocados en mirar atrás, en querer reabrir puertas cerradas, en querer cambiar el pasado, en encontrar una motivación que nos prometa un futuro mejor, que terminamos olvidando lo esencial. ¿Qué es la vida?, una pregunta tan simple y difícil de contestar a la vez, quizás por no aceptar que algo tan hermoso pueda llevarnos muchas veces a recorrer un extenso laberinto de sombras. ¿Tan difícil puede ser cambiar el color de ese cristal que no nos deja ver la realidad? No hay duda, pero ahí yace el verdadero problema y no precisamente en la vida misma. Muchas veces llegamos a un determinado momento en el que necesitamos saber dónde estamos parados, cuál es nuestra verdadera esencia, cuales son nuestros logros, nuestros sueños. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez: «¿Quién soy?» o simplemente «¿Soy quien quiero ser?»?
Podemos ir juntando cada una de las piedras que se interpongan en nuestro camino, pero construir un puente en lugar de una pared dependerá de nuestra voluntad y esfuerzo.
Conocer el auténtico significado de la vida constituye todo un desafío. A lo largo de nuestro camino, con lo que sembremos en él, brotará ante nosotros lo necesario para descubrir qué nos aguarda del otro lado del puente. Nuestra tarea es atrevernos a cruzar ese abismo que nos ciega, desplegar las alas y volar alto para que nuestros ojos puedan "ver" de una vez por todas. Esta búsqueda trasciende cualquier simple desafío: es el llamado a sumergirse en los intrincados rincones del corazón para desenterrar los secretos que allí se esconden; abrazarlos, atesorarlos y dejarlos orbitar por el minucioso universo del ser.