Comencé a sentir algo sobre mi cabeza, no hacía más que volar y volar; pero no tenía alas, era un pañuelo azul que flotaba a la deriva como bailando al compás del viento. Inmediatamente logró susurrarme al oído:
- ¿No ves nada verdad?
- ¿Cómo? – traté de retenerlo entre mis manos, pero no pude, antes de darme cuenta ya se había refugiado alrededor de mis ojos.
- ¿Qué haces?, no puedo ver nada.
- Tal vez ahora que tienes los ojos vendados si puedas ver lo que no ves bien con los ojos abiertos... Mira bien lo que estás viendo. Cierra tus ojos. – me dijo con firmeza y una sorprendente suavidad.
- No veo nada...
- ¡Pues cierra los ojos te he dicho!
No pude más que obedecerle, el mundo se volvió oscuro de repente ¿cómo podía ver yo si no abría mis ojos? Pero, aunque cueste creerlo, a través de ese pañuelo azul el aire comenzó a hacerse más liviano y tan sutil como un suspiro. Sentí que me elevaba hacia la inmensidad del cielo mientras el suelo se desvanecía a mis pies.
- ¡Estoy volando!, ¡Estoy volando! –grité- Pero ¿cómo puedo hacerlo si no tengo alas? Es extraño...
- Sí que tienes, tú no las puedes ver pero las tienes –me dijo una voz mientras el pañuelo azul se esfumaba en las alturas.