- ¡Ay! –grité al tropezar con una pequeña masa gris que dificultó mi pasar.
- ¡Oye!, ¿Por qué no miras al caminar? Pareciera que ya es costumbre llevarme siempre por delante, además soy una roca, no una simple masa gris –rezongó furiosa.
- Yo no he dicho eso. –le respondí mientras la miraba con asombro casi a su misma altura.
- Pero lo has pensado. ¿Qué haces allí todavía? ¿No piensas levantarte?
- Si, pero es que... me duele. Me he lastimado una pierna.
- El dolor no se irá por quedarte ahí tirada. Levántate y ve que puedes hacer por tu pierna o ¿Esperas que alguien lo haga en tu lugar?
- Pues tú lo dices fácil porque te encuentras inmóvil sobre la tierra. ¿Por qué no te levantas tú? ¡Eh! -le dije con rabia mientras me ponía de pie.
-Ojalá pudiera. No sabes lo que daría por estar en tu lugar... No es nada fácil ser un constante obstáculo para las personas.
- Sí, lo sé. –dije simplemente porque no se me ocurrió otra cosa- Supongo que debería prestar más atención al andar para evitar volverme a caer, ¿verdad?
- Puede ser. Pero de todos modos volverás a caerte. Hay muchas como yo y de todos los tamaños. Algunas prácticamente invisibles.
- Y, ¿Qué puedo hacer entonces?
- Levantarte después de cada caída. Muchas veces te lastimarás, pero sanarás, eso solo dependerá de ti.
- Mmm. Pero ¿si el dolor continúa hasta el punto de impedirme avanzar? –le pregunté casi desafiándola.
- Te arrastrarás, pero no te detendrás. En algún momento tus piernas se recuperarán.
- No lo sé. –dije insegura.
- ¡Es así! No trates de desafiarme, no puedes ser más dura que yo. Ni lo intentes.
Y así fue como me despedí de la roca, que, siendo tan obstinada y dura, me resultó aburrida, pero de algún modo sincera.