El peso del camino comenzó a sentirse luego de tanto andar. Sentí la necesidad de tomarme un breve descanso y al intentar descifrar la hora, me sorprendí al notar que ya no llevaba puesto mi reloj. A pesar del cansancio que me habitaba, recordé que la regla era no detenerme y pese a mi falta de energía, debía respetarla. Avancé un poco más, con los pasos ya lentos pero firmes. Finalmente, en medio de aquel desierto donde solo se escuchaba el palpitar de mi corazón, el sendero se abrió en tres rumbos diferentes. Supe entonces que debía elegir uno para continuar el viaje hacia mi destino. Al comienzo de cada uno se leía lo siguiente:
Leí detenidamente aquellas inscripciones, tratando de descifrarlas. Si eligiera “tengo miedo”, es muy probable que avanzara pensando siempre en los peligros, corriendo el riesgo de paralizarme y condicionar el resto del camino; aunque el temor también podría ser útil para evaluar mejor las alternativas que se presentaran. Por otro lado, “tengo ganas” sería un rumbo súper motivador, que me permitiría oscilar entre el sinfín de deseos albergados en mi corazón, pero ¿Será realmente lo que necesite para continuar? Finalmente, mi mirada se deslumbró frente a la última opción. Era justo lo que necesitaba. Siendo que el miedo y las ganas iban a estar siempre presentes, creo que lo importante y realmente fructífero era, que tenía mucho que hacer con o sin ello, y ahora era el momento. Tener ganas implica muchas cosas, pero por sobre todo implica hacer para que los anhelos tomen forma. Y así fue como me lancé una vez más por lo que había elegido mi corazón, mientras notaba que ya comenzaba a confiar en él.