—Me encantas... No sabes cómo me haces desearte todas las noches —susurró Nadir contra mis labios, dejando un rastro de besos cálidos mientras bajaba hacia mi cuello.
Le sonreí y me dejé envolver en su abrazo con fuerza. Mirar su rostro en la penumbra me producía un vuelco en el pecho. Poseía una sonrisa desarmante, hermosa y tan rara de ver... Decían que era un hombre serio, implacable, alguien que ni siquiera toleraba la presencia de los demás. Sin embargo, cuando estábamos a solas, parecía que conmigo era completamente diferente.
Un instante después, la calidez desapareció. Se levantó de la cama y lo quedé mirando mientras se ajustaba el reloj.
—¿Ya te vas? —pregunté, tratando de no sonar desilusionada.
—Debo irme. Tengo una reunión.
—Pensé que te quedarías conmigo hoy…
—Te voy a llamar —interrumpió él, negando con la cabeza y clavando en mí una mirada firme—. No me busques ni intentes localizarme hasta que yo lo haga. ¿Entendido? Sabes perfectamente cómo funciona esto.
—Está bien —asentí en voz baja.
No dije ni una sola palabra más. Me gustaba demasiado y lo que sentía por él comenzaba a desbordarme. Había momentos en los que deseaba desesperadamente tenerlo más tiempo a mi lado, pero Nadir era un hombre atado a las obligaciones de su estatus y de su sangre. Además de ostentar el título de Jeque, era el fiscal más influyente e importante de este país.
Y yo... yo no tenía nada con qué competir. Era una extranjera. Había llegado a esta nación trabajando como abogada y así fue como nos conocimos. Aunque en mi país natal era una profesional brillante, aquí mis credenciales quedaban relegadas al suelo que pisaba. No podía luchar contra las estrictas costumbres locales, de modo que me resignaba a mantenerme como su secreto más profundo.
Antes de cruzar la puerta, dejó un fajo de dólares sobre la mesa de noche. Me quedé contemplando los billetes mientras soltaba un largo suspiro. Me había pedido que por hoy no fuera a la fiscalía.
Me levanté para darme una ducha, pero al llegar al baño, un mareo repentino me hizo sostener con fuerza los bordes del lavabo. Un ardor frío me recorrió el vientre.
—Vaya... ¿Por qué será que nuevamente tengo estas náuseas? —murmuré para mí misma.
Me cepillé los dientes mientras me observaba en el espejo. Dejé suelto mi largo cabello negro. Pronto tendría que regresar a mi país; tenía que decírselo. Aunque viendo lo apegado que estaba a mí, en el fondo albergaba la ilusión de que me pidiera quedarme. Si me quedaba aquí, mi carrera de abogada excepcional se iría al retrete, pero tendría que regresar al menos a presentar mi renuncia formal.
Preparé un guiso sencillo para desayunar, pero tan pronto como sentí el olor de la comida, el estómago se me volvió a revolver. Esto no es normal. Un pensamiento fugaz atravesó mi mente con la fuerza de un rayo: ni siquiera me había bajado el periodo.
«Ay, no... No creo. No, supongo que no», me dije para tranquilizarme, apartando la idea.
Terminé mis deberes y fui a un cibercafé cercano para enviar unos documentos urgentes a un colega en mi país, ayudándolo a clasificar un caso legal para evitar que perdiera un puesto importante. Al terminar, miré la hora. Me sentía deprimida, abrumada... ahuevada, como decimos en mi tierra.
Regresé al penthouse y me acosté en el sofá, deseando ver a mi amado. Pero sabía que debía esperar pacientemente a que él me llamara. Encendí la pequeña televisión plasma para distraerme y, al sintonizar las noticias, la imagen de Nadir ocupó la pantalla.
El gran Jeque y fiscal más importante acababa de ganar otra demanda de alto perfil. Los periodistas lo alababan, catalogando como la mente jurídica más brillante del país.
Sonreí con orgullo y nostalgia. Ese hombre realmente me tenía al borde de la locura.
Pasó una semana entera. Siete días agonizando en los que sentí que no lo volvería a ver. Hasta que, de pronto, mi teléfono sonó. Era él.
—Te extraño —admití al responder la videollamada, sin poder ocultar mi necesidad.
Nadir sonrió de lado a través de la pantalla.
—Por ahora no podré verte. Tengo una reunión familiar muy importante en estos días.
Sabía lo crucial que era para él su nombramiento y la lealtad a su linaje. No podía interponerme.
—Está bien. ¿Cuándo te veo entonces?
—Posiblemente a finales de esta semana. No te preocupes.
¿Necesitas dinero?
—No, por ahora no. Gracias.
Él soltó un ligero bufido y cortó la llamada. Suspiré profundamente y me dejé vencer por el cansancio.
A la mañana siguiente, las náuseas volvieron con una fuerza demoledora. Corrí al baño, me tiré de rodillas ante el inodoro y vomité todo lo que había cenado la noche anterior. Tras cepillarme los dientes y darme una ducha rápida, me puse un pantalón flojo y una camiseta sencilla. Necesitaba salir; la duda me estaba carcomiendo el alma.
Al caminar por la calle, noté las miradas despectivas de las mujeres locales. Mi forma de vestir era completamente distinta a la suya y la rigidez de su cultura me sofocaba. Sentía que me daría una crisis solo de ver cómo tenían que cubrirse el rostro y el cabello por obligación.
Entré a una clínica privada y pedí una prueba de Gravindex. Mientras esperaba los resultados en la sala de recepción, movía los pies con desesperada intranquilidad. Intenté llamar a Nadir para hablar con él, pero su teléfono daba apagado.
Al cabo de media hora, una enfermera me llamó por mi nombre.
—Señorita Montenegro, aquí tiene su sobre con los resultados —dijo con una sonrisa cordial—. Muchas felicidades.
—Gracias... —susurré confundida.
Abrí el papel con dedos temblorosos. Mis ojos se agrandaron por la sorpresa y el aliento se me congeló en la garganta.
Positivo. Estaba embarazada.
Era increíble... Simplemente no podía creer lo que mis ojos estaban leyendo. Un torbellino de emociones contrapuestas me invadió mientras caminaba de regreso al penthouse. Tenía ganas de comerme las uñas de los nervios; la mezcla de miedo y alegría me superaba.
En ese instante, me entró una llamada urgente de la fiscalía. Necesitaban que entregara unos expedientes que habían quedado bajo mi custodia. Corrí hacia allá, intentando serenarme.