Llegué al penthouse con el corazón latiendo a mil por hora. Con las manos temblorosas, volví a marcar el número de Nadir, pero una vez más el teléfono sonó hasta desviarme al buzón de voz. Me tiré al suelo, me acurruco abrazándome las piernas y saqué la elegante invitación de compromiso. Al leer los nombres impresos con letras doradas, rompió a brotar un llanto desolador. Sentía un dolor desgarrador en el pecho, como si me estuvieran arrancando el alma desde adentro.
Esa misma noche, abatida y sin saber a quién recurrir, llamé a mi colega y mejor amigo, Donald. Habíamos venido juntos a Zafiria bajo un contrato de trabajo, y él era la única persona en quien podía confiar en este lugar.
A los pocos minutos, Donald llegó al penthouse.
—¿Qué sucede, Xime ? —preguntó al verme, frunciendo el ceño con profunda preocupación—. Te ves terriblemente pálida. Vamos al pequeño bar abajo.
Suspiré con cansancio y acepté.
—Necesito que me ayudes... —susurré con la voz quebrada—. ¿Qué has sabido sobre el jeque... sobre el fiscal?
—Ah, eso... Todo el mundo en la fiscalía está hablando de su compromiso oficial.
—¿Entonces es verdad? —pregunté, sintiendo que la última llama de esperanza se apagaba.
—Sí, es verdad.
Donald me sirvió una copa y me la ofreció.
—¿Quieres un poco? —Gracias...
Giré la copa entre mis manos y tomé un par de tragos. Sabía que no debía beber, pero la desesperación me nublaba el juicio: acababa de confirmar que estaba embarazada de un hombre que no solo me tenía engañada y escondida, sino que jamás respondería mis llamadas ni volvería a tocar a mi puerta. ¿Qué podía esperar ya de él? Me sentía exhausta, rota y derrotada.
Solté un bufido exasperado y dejé la copa a un lado. El cansancio y la pesadez me vencieron; sentía que en cualquier momento me quedaría dormida. Donald se cerciore de llevarme al penthouse, entramo y luego me dejó sobre mi cama, me cubrió con las cobijas. Antes de marcharse, me abrazó con fuerza.
—Tienes que estar tranquila, ¿de acuerdo? No sé exactamente qué fue lo que pasó para que te pongas así, pero me gustaría saberlo...
—Tú sabes muy bien lo que pasó —le respondí mirándolo a los ojos—. Ya te lo había dejado claro.
—Ese hombre no te conviene, Xime. Por favor olvídate de él.
—No se lo digas a nadie —lo interrumpí con la voz apagada—. Solo me usó. Aparentemente... solo fui un juego para él.
Donald me volvió a abrazar con ternura y me susurró: —Duerme un poco. Yo ya me voy. Mañana todo se verá mejor, te lo prometo.
Me quedé dormida aplastada por un peso insoportable sobre el pecho.
Al día siguiente, me desperté con una pesadez abrumadora. Lo primero que vi en la pantalla de mi celular fue una llamada perdida de Nadir. Volví a marcarle de inmediato, pero nuevamente no respondió. ¡Qué demonios! Necesitaba hablar con él, aclararlo todo y, sobre todo, gritarle a la cara que estaba esperando un hijo suyo.
Me di una ducha rápida e intenté tomar un poco de té para asentar el estómago, pero no sirvió de nada: volví a arrojarlo todo al baño.
Aun sintiéndome débil, me vestí y salí hacia la fiscalía. Sin embargo, antes de llegar, me quedé petrificada al verlo en la acera de enfrente. Nadir estaba de pie junto a una mujer frente a la vitrina de una de las joyerías más exclusivas del país.
Con el alma hecha trizas, me detuve. Disimulé de inmediato: me coloqué los lentes de sol, me eché el cabello hacia un lado para cubrirme el rostro y me acerqué lentamente, haciéndome la desentendida mientras fingía mirar otras tiendas.
Lo vi sonreír. Esa misma sonrisa desarmante que ingenuamente creí que solo me dedicaba a mí en la intimidad.
—¿Te gusta? —le preguntó él a la mujer con voz suave.
—Es muy hermoso... —respondió ella admirando un anillo—. Tiene una piedra enorme y se nota que es de altísima calidad. ¿Dime una cosa, estás enamorado ?
—Todavía no puedo decirte eso —contestó él, esbozando una media sonrisa mientras le rozaba la mejilla con el dedo.
Apreté los puños dentro de mis bolsillos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Nadir le susurró algo al oído y la mujer sonrió, caminando unos pasos más adelante para seguir viendo el aparador. En ese momento, Zayn su primo, otro Jeque déspota, se le acercó por un lado.
—¿Qué vas a hacer ahora, Nadir? —le preguntó en voz baja.
—Nada. ¿Qué más tendría que hacer?
—Pensé que estabas enamorado de la extranjera...
—¿Yo? ¿Enamorarme? Todavía no estoy listo para enamorarme de nadie —respondió Nadir con frialdad abrumadora—. Soy uno de los fiscales más importantes y un jeque. Por llevar este apellido y mantener mi honor, soy capaz de lo que sea. Mi familia y mi estatus están antes que cualquier cosa en el mundo.
«Mi familia es primero antes que nada en el mundo...» Sus palabras retumbaron en mi cabeza como un mazo.
Sin decir una sola palabra más, me di la vuelta y me fui con una furia directo a la fiscalía. Entré a mi oficina, agarré todos mis documentos personales e importantes y saqué de mi bolso la carta de renuncia que había redactado el día anterior. La deje junto a la lapicera.
«Maldito seas, Nadir. Me engañaste... Incluso tu primo sabía lo nuestro y tú... tú ni siquiera sabes lo que significa amar a alguien», pensé con una rabia amarga.
Me llevé instintivamente una mano al vientre y miré por la ventana hacia el cielo, que milagrosamente ya se había despejado.
«Jamás sabrás que estoy esperando un hijo tuyo. Cásate, sé feliz y espero que algún día te des cuenta de todo lo que perdiste por tu soberbia. Quería decírtelo hoy... quería decirte que ibas a ser padre. Pero a ti solo te importa tu apellido y jamás sentiste absolutamente nada por mí.»
Regresé a toda prisa al penthouse y empecé a empacar mis maletas. Miré el teléfono por última vez, entré a su contacto y lo bloqueé sin vacilar. Después, apagué el teléfono por completo.