El Heredero Secreto del Jeque.

6. En problemas

Ximena

¿Cómo se le llama a los hombres que juegan con el corazón de una mujer y lo destrozan sin remordimiento? La respuesta es simple: TRAIDORES. El odio y el resentimiento se habían instalado en mi pecho como una losa pesada; la traición de Nadir aún ardía con fuerza, imposible de superar.

Para huir de las habladurías y de un entorno que me asfixiaba, ya qué varias compañeras se dieron cuenta qué tuve un romance en Zafiria y ni idea de como supieron, había solicitado formalmente mi traslado a otra sede de la fiscalía, quería paz, empezar de cero y concentrarme únicamente en el bebé que crecía en mi vientre. Aunque vivía cómodamente y no me faltaba nada, mi hermano mayor —quien se negaba a dejarme sola— aparecía constantemente en mi apartamento para visitarme y asegurarse de que me alimentara bien, llevándome suplementos, avena, leche de almendras y comida fresca, a pesar de que yo no se lo pedía. Su sobreprotección era un recordatorio constante de su amor, pero también del enojo que sentía hacia mí tras enterarse de mi embarazo y de quién era el padre.

El peor golpe fue escuchar su decepción.

Aun con el alma hecha trizas, intentaba mantenerme a flote refugiándome en el trabajo. Me puse manos a la obra para preparar los documentos legales y las carpetas de una demanda crucial que llevaría mi jefe, el fiscal a cargo del caso.

Mientras terminaba los papeles, sentí una presencia a mi espalda. Al levantar la mirada, me quedé sin aliento.

—¿Qué haces aquí, Donald? —pregunté, visiblemente intrigada y molesta.

—Vine a dejar unos documentos... y de paso, a verte. ¿Por qué te cambiaste de sede? —respondió con una sonrisa que pretendía ser amable.

Lo quedé mirando con frialdad. Si supiera que me había mudado precisamente para no tenerlo cerca. En los últimos días, Donald había estado insinuando demasiado, convencido de que todos en la fiscalía ya sabían que había tenido un romance con un jeque extranjero. ¿Cómo se había enterado? Supongo que fui demasiado descuidada o confié en la persona equivocada, porque él comenzó a mirarme de una forma que iba mucho más allá de la amistad. Yo no quería una relación con nadie; mi única prioridad era mi tranquilidad y mi hijo.

—¿Qué es lo que quieres, Donald?

—Xime, se que es duro y las colegas hablan porqué al final lo supieron, no tengo idea cómo. Por otro lado, ves que ese tipo ahora se va a casar con una princesa y anda por todos los medios internacionales, en las plataformas de noticias.

—Ya te dije que no me interesa hablar de Nadir, y mucho menos de asuntos personales —le corté tajante.

—Está bien, discúlpame... Solo quería decirte que estás hermosa y que quizá tú y yo podríamos... —intentó decir, dando un paso al frente.

—Corta ahí mismo, Donald —lo interrumpí con dureza—. Yo te aprecio como colega y compañero de facultad de leyes, pero eso no significa que me gustes como hombre y tampoco te lo insinué.

Donald abrió los ojos con total sorpresa, deteniéndose en seco.

—Solo intento ser un caballero y saber apreciar la clase de mujer que eres —se defendió, cambiando de tono a uno más amargo—. Te fuiste a meter a la boca del lobo con ese tipo. Un jeque con tanto dinero que ni te mira... No le llegas a los talones en su mundo, Ximena.

Me puse de pie de un salto, hirviendo de rabia.

—¡¿Cómo eres capaz de decir eso?! —le reclamé con desprecio—. ¿Que no le llegó a los talones? ¡Ni tú me llegas a los talones a mí, Donald!

—No me refiero a mí, Ximena, me refiero a él. Es de otra región, un hombre que jamás te va a dar lo que un hombre como yo sí: amor real. Él solo buscaba un capricho; su cultura y sus leyes están impuestas para no valorar a ninguna mujer que no sea de su tierra.

En un gesto invasivo, Donald intentó tomarme del brazo para retenerme. Me sacudí con brusquedad, apartándolo.

—¡No te metas en mi vida! No hables de Nadir, no hables de mí y, sobre todo, vete de aquí. Te consideraba un amigo, pero hasta aquí llegó nuestra amistad.

—¡Ximena, por favor, escúchame! —suplicó intentando seguirme.

—¡No te quiero escuchar! ¡Eres de lo peor!

Giré sobre mis talones, entré a la oficina principal, recogí mis pertenencias a toda prisa, apagué la computadora y salí disparada del edificio. ¿Cómo era posible que no hubiera notado antes las intenciones ocultas de Donald?

Llegué a mi apartamento completamente agotada; lo único que deseaba era dormir. Al día siguiente teníamos una audiencia preliminar sumamente importante en el juzgado central, y mi jefe, el fiscal, dependía de que los documentos y las pruebas estuvieran impecables.

Me levanté en plena madrugada, vencida por el cansancio y una ola de náuseas que me recordaba la cruda realidad de mi embarazo. Revisé mi teléfono y vi una llamada perdida del fiscal, acompañada de un mensaje de texto:

«Ximena, por favor revisa que todos los documentos y el expediente digital estén en orden. Debemos ganar la audiencia preliminar de hoy. No cometas errores. Te veo a las 8:00 a.m. en el juzgado central».

Solté un suspiro exasperado. Fui a encender la computadora para darles un último vistazo, cuando noté dos correos nuevos en mi bandeja de entrada. Al leer el remite, mi pulso se aceleró de golpe; eran de Nadir.

Mis manos temblaban. Tenía dos mensajes recientes suyos. Estuve a punto de abrirlos, pero me detuve. ¿Para qué? ¿Para leer mentiras, excusas o justificaciones vacías? Recordé el consejo que mi hermano me había dado muchos años atrás, cuando apenas era una joven y él me sobreprotegía:

«Los hombres cuando quieren algo lo toman, y cuando van a desechar algo, lo hacen sin asco y sin lástima. Tienes que aprender a tener el corazón duro, Ximena».

Tenía razón. No iba a caer en la trampa de leer explicaciones de un hombre que hacía unos días había pedido la mano de otra mujer, una dama de la alta sociedad que lucía como una reina frente a las cámaras del mundo. Borré los correos de mi vista, me metí a la ducha con el agua fría para despejar el alma y me preparé para enfrentar el día.




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