El Heredero Secreto del Jeque.

5. Las huellas del engaño.

Ximena

Al llegar a mi país natal, lo primero que hice fue acudir a un centro médico para un control prenatal. Necesitaba la certeza de que la pequeña vida que crecía dentro de mí no hubiese sufrido secuelas por el estrés del viaje.

—Está de diez semanas —me informó la doctora con voz amable mientras deslizaba el transductor sobre mi vientre—. Es un feto en excelente desarrollo; los latidos de su corazón son completamente normales y el peso está en el rango ideal. Debe tomar sus vitaminas y asistir a su control médico cada mes sin falta.

Asentí en silencio, guardando la primera ecografía como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Con las recetas en mano y la mente hecha un torbellino, salí a la calle. Miré mi reloj y aceleré el paso hacia la delegación. Me sentía abatida, con una opresión amarga en el pecho. Creí que mi destino tomaría un rumbo distinto al lado de un hombre diferente a todo lo que conocía; pensé que al otro lado del mundo hallaría la felicidad.

Pero me enamoré perdidamente de un jeque engreído, un fiscal de alta gama que me prometió las estrellas y termina aplastándome contra la realidad. Caí desde lo más alto y el golpe fue devastador.

Sin embargo, me limpié con firmeza la lágrima rebelde que resbaló por mi mejilla. Ya no podía darme el lujo de ser frágil. Ahora tenía por quién luchar; mi retoño crecía sano en mi vientre. Él era mi único motivo para ponerme de pie y seguir adelante; lo demás había dejado de importar.

Descendí las escaleras del metro y caminé hasta la delegación. Al cruzar la entrada principal, me detuve en seco. Donald estaba allí, esperándome.

—¿Qué haces aquí, Donald? —pregunté sorprendida.

—¿Pues qué más iba a estar haciendo si mi querida amiga ya no estaba en Zafiria? —respondió, acortando la distancia y colocando una mano tibia sobre mi mejilla—. Te ves demacrada, Ximena. Sé que te dieron esta semana de vacaciones, pero me imaginé que estarías en tu apartamento. No me avisaste nada porque tú móvil está apagado... Me dejó preocupado el mensaje que mandaste antes de apagarlo. ¿Qué sucedió exactamente en Zafiria?

Negué suavemente con la cabeza. No tenía fuerzas para dar explicaciones.

—No quiero hablar de eso. Es asunto pasado.

—Está bien, no te presiones. Sabes que estoy aquí para ti en lo que necesites —dijo intentando brindarme calma, para luego añadir con un matiz amargo—: Aunque, sinceramente, quién diría que ese hombre se iba a casar tan rápido.

Lo miré fijamente, sintiendo un vuelco en el estómago.

—¿De qué hablas?

—Por favor, Ximena. Se la pasaba presumiendo todo el tiempo. Decía abiertamente a la prensa y a su círculo que amaba a su prometida. Las chicas de la embajada hablaban de eso todo el tiempo; decían que ese jeque era de lo más cursi con su prometida. Eres mucha mujer para ese tipo y no perteneces a su mundo. Aunque tengamos que viajar por trabajo, tienes que hacerte la dura. Él no vale la pena; nosotros no echamos raíces allá porque no somos de esa clase.

Sus palabras me incomodaron profundamente. Donald era mi amigo, pero en lugar de reconfortarme, sus comentarios solo echaban más sal a una herida abierta.

—Gracias por el consejo, Donald. Ahora mismo tengo que ponerme a trabajar —corté el tema fríamente.

Recogí mis carpetas y me senté frente a la computadora. Tenía que preparar una demanda urgente; el señor Miranda me había llamado apenas pisé el país para solicitar una audiencia con la fiscalía.

Trabajé de corrido hasta terminar el borrador. Cuando concluí, me escabullí rápidamente, abordé el metro de regreso y me encerré en mi apartamento.

El silencio del lugar me cayó encima como una losa pesada. La soledad avivó la tristeza que intentaba reprimir. De pronto, el timbre resonó en la puerta. Al abrir, una sombra imponente me envolvió.

—¡Hola, mi pequeña! —exclamó mi hermano, cargándome en sus brazos para estrecharme con una fuerza casi asfixiante—. ¡Cuánto tiempo sin verte! Te extrañé demasiado.

—Yo también te extrañé, hermano —murmuré, besando su mejilla mientras él pasaba al apartamento cargando varias bolsas de compras.

—Te traje comida de verdad —dijo dejando todo sobre la mesa—. Sé que siempre estás a base de agua y café por las prisas, y te veo demasiado delgada. Estás más flaca desde que regresaste de aquel país.

—Es solo la carga de trabajo... ¿Y tú cómo has estado?

—En la lucha diaria, como siempre. Mira lo que te traje: avena, cereales integrales, leche de almendras, huevos frescos... Nada de tocino ni embutidos procesados; necesitas nutrirte bien. Si quieres, te consigo la cita con un buen médico y un nutricionista.

Sonreí ante su lado protector, con el corazón apretado por la culpa.

—Gracias, hermano. Te quiero mucho.

—Y yo a ti. Anda, comamos algo.

Nos sentamos a la mesa, pero apenas el olor de la comida llegó a mi nariz, una marejada de náuseas violentas me revolvió el estómago. Me llevé una mano a la boca y la otra a la boca del estómago, sofocando un gemido.

Lysander me observó de inmediato Salí disparada hacia el baño de mi habitación, me hinque frente al retrete y vomité violentamente todo lo que tenía en el estómago. Con las manos temblorosas, me lavé la boca y me cepillé los dientes. Al salir, me encontré a Lysander parado en el marco de la puerta, cruzado de brazos y con la mandíbula apretada.

—¿Qué te pasa, Ximena? —exigió saber, dando un paso hacia mí—. Háblame claro... ¿Estás embarazada?

El aire se me escapó de los pulmones. Los labios me temblaron.

—Estoy... estoy embarazada.

—¿Qué? —su voz resonó dura, llena de incredulidad—. ¿Estás embarazada? ¿Y dónde demonios está el padre? ¿Quién es?

— apreté los puños con fuerza a los costados, incapaz de sostenerle la mirada. —¡Te pregunté dónde está el infeliz que te hizo esto! —alzó la voz, aproximándose—. ¿Es de Donald?

—¡No! Por Dios, Lysander, Donald solo es un amigo.




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