Nadir
Casarme ni modo, no tenía opciones. Miraba a mi ahora prometida sonreír ante las cámaras, haciendo un espectáculo de grandezas, diciendo lo mucho que, según ella, estamos enamorados. ¡Estúpida mentira!
Negué una y otra vez sin deseos de estar aquí, pero estaba atrapado y no tenía salida .
—Primo ahora serás más famoso cuando te cases con ella —me susurró mi primo, levantando las cejas
—¿Eres famoso por casarte con una mujer a la que no amas? — le pregunté irritado.
Él negó con la cabeza.
—Creo que tengo más poder que la familia de ella.
—Obvio, tú tienes más poder... Creo que tienes más poder que yo incluso.
—Pero, tú eres un fiscal influyente, tienes que aprender a decir no cuando es no.
—Tú dijiste que no —lo reté y él negó nuevamente. —Entonces, ¿para qué hablas? No me estás ayudando.
—Nadir, mi amor, mi futuro esposo, vamos a tomarnos fotos ante las cámaras para que todos vean lo feliz que estoy a tu lado y que seré pronto tu reina —murmuró Itzel.
Solté un bufido de exasperación y me levanté para empezar a posar. Esto era demasiado incómodo; detestaba estos teatritos políticos, pero no podía hacer nada. Actué con rigidez y frialdad mientras ella sonreía una y otra vez para los reporteros.
Cuando terminó la dichosa velada de compromiso —después de hacer lo que para mí fue un completo ridículo al ponerle un anillo en el dedo a alguien que no amaba—, mi padre se acercó con una sonrisa triunfal, seguido por el padre de Itzel, el Primer Ministro.
—Tomaste la mejor decisión, hijo —dijo mi padre, palmeando la espalda.
—Casarse con mi princesita no lo hace cualquiera. Ella es demasiada mujer. — expresó él primer ministro. Que ridículo — Debes demostrar lo mucho qué la amas y verás qué todo irá bien.
Lo quedé viendo en silencio, con el rostro tensado. Mi padre me dio un codazo disimulado y luego gruñó entre dientes:
—Así es. Igualmente, mi hijo es un hombre de posición, fiscal y jeque.
Así que estamos a mano.
—Claro —respondió el Primer Ministro, ensanchando la sonrisa—. Pero en mi caso, mi hija es como una joya pura.
¿Será pura de verdad a como se viste? pensé para mí mismo, recordando sus ínfulas de grandeza. Sin embargo, ¿para qué seguir con esta estúpida conversación?
I
tzel se acercó de repente y me plantó un beso en la mejilla. Quería apartarla y decirle de frente:
"Basta, este espectáculo ya acabó. Yo no te amo y tú tampoco a mí; esto es solo un trato de familias". Pero me contuve y preferí tragarme la rabia.
—Bueno, querido prometido, pronto debemos ir a buscar nuestra lencería, los anillos, mi tiara y el vestido de novia que usaré para la boda —canturreó ella.
La miré con fastidio.
—En cuanto estés lista, avísame. Como esto ya acabó, creo que es hora de irme.
—Hijo, espéranos, ¿a dónde vas? —preguntó mi padre deteniéndome.
—¿Qué voy a esperar, padre? Es hora de irme, tengo que madrugar y la fiscalía me espera.
—¿Así nomás te vas? —dijo Itzel, bloqueándome el paso—. ¿Y no piensas despedirte de tu prometida con un abrazo?
Su padre observaba la escena con las cejas elevadas, cruzado de brazos. ¿Por qué mierdas tengo que hacer esta estupidez? Me acerqué a regañadientes, le di un beso rápido en la mejilla y la rodeé con los brazos sin una pizca de ganas. Sin embargo, antes de que pudiera alejarme, ella me agarró del cuello y me plantó un beso forzado en los labios.
Retrocedí de inmediato, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
—Así es como debes despedirte de mí de ahora en adelante, jeque —me siseó con una sonrisa venenosa en los labios—. Recuerde que soy su prometida, aunque sea por una estúpida alianza. Usted tiene que aprender a actuar frente a todos. ¿Quién sabe si hay cámaras o un montón de gente queriendo saber de nuestra vida? Aparentemente, esto es lo que hay. Además recuerde el trato de nuestros padres. — me recordó con audacia.
Reí con ironía y la miré fijamente.
—Entonces, querida prometida, aguántese, porque yo hago las cosas a mi manera. Con permiso.
Se quedó con cara de furia, pero no dijo nada más.
No iba permitir que ella y su estúpido padre me intimidan. Maldigo el día en qué mi padre firmó esos papeles.
Subí a mi automóvil y aceleré a prisa, saliendo de la majestuoso palacio de Al- Kater, estaba hecho una furia, rabioso por esta maldita situación.
¿Cómo es posible que me vea atado a una mujer que no amo?
¿Cómo es posible que ni siquiera haya recibido un correo electrónico de parte de Ximena?
Le había escrito un mensaje largo, pidiéndole explicaciones, y ella ni me había respondido ¿Acaso le importaba un bledo lo nuestro? Quise averiguar la verdad, saber si de verdad se había ido con ese imbécil de Donald... aunque las fotografías que había visto parecían confirmar esa duda.
Conduje a toda velocidad por las calles oscuras de la ciudad, con el pecho ardiendo.
De pronto, el teléfono vibró en el asiento del copiloto. Miré la pantalla y vi una notificación de correo electrónico; era de Donald.
Frené de golpe a un lado de la avenida, bloqueando por un segundo el carril, y abrí el mensaje:
"¿Cómo está, jeque? Felicidades por su boda. Espero que usted pronto nos felicite a mí y a Ximena, porque en poco tiempo será mi esposa y la madre de mis hijos. Así que sea feliz, entréguese a su destino y no la busque más, porque ella ya no desea ni verlo."
Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí que el aire se me agotaba y que la sangre hirviente estallaría en la cabeza.
—¡¿Cómo pudiste hacerme esto, Ximena?! ¡¿Cómo te vas a casar con él?! —grité a pleno pulmón, sintiendo que la garganta se me desgarraba.
Lancé el teléfono hacia la guantera como un loco desesperado.
—¡¿Por qué demonios no le dije que la amaba?! —golpeé el manubrio con los puños abiertos—.